En mi artículo anterior calificaba al capitalismo como un sistema inhumano, justo lo contrario de lo que es hoy el pensamiento dominante. Pensamiento fomentado por los grandes medios de comunicación, que están todos en manos de poderosos grupos económicos y son unas incansables máquinas de difusión de la ideología y la mentalidad capitalista. De tal manera que han conseguido que la gran mayoría de la sociedad considere al capitalismo como algo natural e inevitable.

Hace unos pocos años se llegó incluso a publicar un libro titulado “El fin de la Historia”. Su autor Francis Fukuyama sostenía que la evolución de los sistemas socioeconómicos y políticos había llegado a su máxima perfección con el capitalismo liberal. Este sistema era lo mejor que la humanidad podía conseguir, y por lo tanto, lo único que se podía hacer era sacarle el mayor partido posible a este sistema.

La tremenda crisis económica que estamos padeciendo (es verdad que unos mucho más que otros) pone muy claramente de manifiesto lo falso de estas teorías y muestra los tremendos fallos del sistema capitalista. Pero esto todavía no ha penetrado suficientemente en la conciencia de la humanidad. Los grandes medios de atontamiento del sistema han conseguido que olvidemos donde se ha originado la crisis, quienes se han beneficiado de ella mientras que otros se quedaban con sus hijos y sus muebles en la puta calle, y cuántos y cuántas han preferido tirarse por la ventana antes de verse en esa situación. De eso no se habla y nos empujan a que busquemos un chivo expiatorio: sean los políticos, los emigrantes, el terrorismo, o cualquier fantasma que la propaganda capitalista quiera presentarnos como la causa de todos nuestros males y la gran amenaza para nuestro bienestar.

Este lavado de cerebro ha sido tan eficaz que todos los grandes partidos políticos, incluso los que se autocalifican de izquierda, han aceptado de una manera explícita o implícita, el sistema capitalista. El espectáculo que presenta un mundo dominado por el capitalismo parece no hacer mella en sus convicciones. El que este sistema nos haya llevado a la brutal desigualdad actual (el 1% de la humanidad posee tanta riqueza como el 99% restante) no parece suficiente razón para poner en cuestión los dogmas de la economía capitalista.

Las mismas organizaciones internacionales como unicef hablan de los miles de niños que cada día mueren de hambre en el mundo. No voy a intentar precisar cuántos miles son. El que un solo niño muera de hambre cuando en el mundo hay miles de restaurantes de superlujo, y que una persona que huye de la guerra se ahogue en el Mediterráneo, cuando ese mar lo surcan yates de doscientos millones de dólares, es un escándalo que clama al cielo. Si no es un solo niño y una sola persona, sino miles y miles, el grado de deshumanización del sistema que provoca esas situaciones es estremecedor.

Ciertamente un sistema inhumano no es algo nuevo en la humanidad. La esclavitud, por ejemplo, era un sistema tremendamente bárbaro e inhumano. Pero hoy estamos en otra etapa de la evolución humana. Hoy nos proclamamos todos muy defensores de los derechos humanos, pero los más elementales derechos de millones de personas son pisoteados bárbaramente ante nuestros ojos, y la mayoría nos encogemos de hombros.

Y es que en esta etapa de su evolución a la humanidad le ha salido un cáncer maligno, el sistema capitalista, que lleva a la adoración del beneficio económico y al desprecio brutal de los seres humanos. Pues si no queremos seguir por una senda que nos puede llevar a que un día seamos notros los pisoteados, pero, sobre todo, si queremos acostarnos y dormir con la conciencia tranquila, si queremos ir con la cabeza alta sin avergonzarnos de nuestro egoísmo, de nuestra hipocresía o nuestra cobardía, tenemos que luchar contra este cáncer.