Durante los últimos años estamos asistiendo a la vertiginosa propagación de un virus ideológico, conocido como “Pensamiento Políticamente Correcto” (PPC), el cual amenaza con destruir los principios y valores sobre los que se asienta la Civilización Occidental. En el trasfondo de esta pandemia cultural subyace el indisimulado deseo de las élites plutocráticas y de la izquierda postmarxista de desarrollar un nuevo paradigma sociocultural, cuya implantación hegemónica es condición necesaria para el establecimiento de un Nuevo Orden Mundial, en el cual el librepensamiento será tan solo una reliquia del pasado.

El PPC tiene su origen en dos movimientos ideológicos de carácter identitario, como son el “pensamiento woke” y el “marxismo cultural”.

El “pensamiento woke” surgió en algunas de las más prestigiosas universidades norteamericanas, allá por la década de los sesenta del siglo XX, y pronto se extendió no solo por los EE.UU. sino también por Europa. Inicialmente el wokismo estuvo ligado al movimiento antirracista y, de hecho, la palabra “woke” es de origen afroamericano y significa “estar despierto”, refiriéndose con ello a la necesidad de mantener una posición de alerta para evitar las injusticias que sufrían las personas negras simplemente por el color de su piel. Sin embargo, el pensamiento woke, lejos de quedarse en un movimiento ideológico de lucha contra el racismo, pronto asumió como propios los postulados del feminismo radical, del conglomerado LGTBI e, incluso, del indigenismo, convirtiéndose así en un movimiento identitario. En la práctica, los postulados y planteamientos identitarios suponen la fragmentación social, ya que divide a la sociedad, de forma maniqueamente sectaria, en una clase dominante y opresora enfrentada a unas minorías permanentemente discriminadas por sus particulares señas de identidad, construyendo así dos bandos irreconciliables y sin posibilidad alguna de punto de encuentro. Sin negar que en tiempos pretéritos el mundo en general y las naciones occidentales en particular no eran precisamente idílicos paraísos igualitarios, lo cierto es que, en su proceso evolutivo, particularmente en el último siglo, la civilización occidental ha ido progresivamente eliminando todo tipo de discriminaciones, hasta conseguir que todos las personas, independientemente de su condición y peculiaridades, gocen de unos derechos, oportunidades de ascenso social y grado de bienestar jamás alcanzados en la historia de la humanidad, como ha puesto de manifiesto Steven Pinker en su obra “En defensa de la Ilustración”. De hecho, la promulgación en 1948 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) supuso un punto de inflexión, ya que suponía la culminación de un proceso que, iniciado en la Grecia clásica, consagraba la libertad y la igualdad como los valores estructurales fundamentales del paradigma occidental. Así, la DUDH recoge en su artículo 1 que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”, abundando en esta idea en el artículo 2, en el cual se señala que “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamadas en esta Declaración, sin distinción alguna de económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

Sin embargo, el movimiento woke, ajeno por completo a los logros políticos, culturales, jurídicos y socioeconómicos de las naciones occidentales, rápidamente mostró, bajo un aparente adanismo, su intolerante idiosincrasia, convirtiendo, desde el victimismo revanchista y ramplón, las afrentas del pasado en ofensas del presente, para así justificar su absoluto rechazo a los principios y valores que fundamentan a la civilización occidental. En consecuencia, el wokismo, lejos de pretender acabar con las discriminaciones por razones de origen, raza, sexo u orientación sexual, lo que realmente persigue es dinamitar el constructo sociocultural occidental y borrar toda huella del mismo, desde la creencia de que el paradigma que la sustenta es ab initio esencialmente perverso. Con ello, los prebostes de este discurso falsario y perturbador solo demuestran que son incapaces de entender que, como dijo Winston Churchill, “Si el presente trata de juzgar el pasado, perderá el futuro”, lo cual es precisamente lo que, con notable éxito, está llevando a cabo el movimiento woke, por medio de las políticas identitarias que, bajo su influjo, se están implementando en la actualidad en Occidente, amparadas por unas élites plutocráticas ávidas de poder. Evidentemente, las consecuencias negativas de este proceso de deconstrucción de la sociedad occidental son de una enorme magnitud, ya que, como señala en su blog el filósofo José Antonio Marina, “El problema de la descalificación en bloque de la cultura occidental (…) es que al cancelarla se cancelan también sus grandes creaciones, la universalidad de los derechos, la razón como modo de verificar los conocimientos, la objetividad como esencia de la justicia y el pensamiento crítico”.

Por su parte, la “izquierda postmarxista”, debido a los incuestionables logros de la democracia liberal y a los indisimulables fracasos del socialcomunismo, no solo ha sido incapaz de seguir sosteniendo que la “lucha de clases” constituye el auténtico motor de la historia, sino que también ha quedado inhabilitada para elaborar con dicho argumento como elemento central un discurso pretendidamente movilizador y revolucionario. Por ello, el neomarxismo cultural -bajo el influjo de las corrientes de pensamiento postmoderno que con inusitada fuerza se abrían paso en Occidente y fundamentalmente de la mano de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe- se vio en la obligación de modificar sus fundamentos teóricos, sustituyendo la “lucha de clases” por la “lucha de identidades”

Con este planteamiento de base, la izquierda se arrogó en exclusiva la defensa de los colectivos identitarios frente a lo que pomposamente ha denominado patriarcado heteronormativo y capitalista, sin caer en la consideración de que la modernidad ilustrada surgida en el seno de la civilización occidental trajo consigo los vientos de la renovación y el progreso, para ofrecer al ser humano la posibilidad de desarrollarse en un entorno de libertad, seguridad y prosperidad, bajo el imperio del constitucionalismo. Esencialmente, con su planteamiento identitario, la izquierda lo que principalmente ha pretendido es mantener viva la llama del enfrentamiento social, ya que si algo tienen claro las élites postmarxistas es que el caos social constituye el caldo de cultivo necesario para el triunfo del socialcomunismo.

La problemática inherente a este planteamiento frentista presenta una triple vertiente. Así, en primer lugar, nos encontramos con que en las sociedades occidentales una gran mayoría de la población goza de un alto grado de bienestar debido a que los avances socioeconómico acontecidos en su seno han propiciado la emergencia de una numerosa clase media, la cual incluye a buena parte de las personas pertenecientes a los colectivos identitarios definidos como tales. Asimismo, las distintas minorías identitarias tienen los mismos derechos y libertades que el resto de la población y, de hecho, sus exigencias están en gran medida satisfechas, por lo que sus demandas las más de las veces resultan desmesuradas, demostrando con ello que lo que realmente pretenden es recibir un trato de favor en detrimento del resto. Por último, resulta evidente que los distintos colectivos identitarios presentan objetivos diferenciales ligados a su propia naturaleza y planteamientos, lo cual determina que las exigencias de distintos colectivos sean incompatibles entre sí. Para solucionar este tipo de problemas prácticos nada como recurrir a supuestos teóricos, por más que estos sean lógica y racionalmente inconsistentes, así como empíricamente falsos. Así, se ha desarrollado el concepto de “interseccionalidad”, aludiendo con ello a la superposición de las discriminaciones, para formar un todo armónico con un objetivo común, lo cual resulta a todas luces ilusorio, dadas las discrepancias, tanto teóricas como fácticas, que mantienen entre sí determinadas minorías identitarias. De esta forma, el movimiento identitario no hace sino incumplir el “Principio lógico de no contradicción”, el cual señala que es imposible que algo sea y no sea al mismo tiempo y en el mismo sentido. Por todo ello, cabe afirmar que, tras un discurso intelectualmente insostenible sin por ello dejar de ser arrogantemente salvífico, lo que subyace, como demuestran los hechos más allá de toda parafernalia dialéctica, es que el socialcomunismo no pretende otra cosa que la implantación de lo que, con una espuria utilización del lenguaje, denomina democracias populares, las cuales, tanto en el fondo como en la forma, no son otra cosa que regímenes totalitarios, genocidas y corruptos, aderezados además con una enorme capacidad para la redistribución de la miseria.

A la luz de todo lo expuesto, deja de resultar paradójico el hecho de que las élites plutocráticas y la izquierda postmarxista hayan confluido estratégicamente, desencadenando al unísono una batalla cultural que pasa por la implementación de unas políticas identitarias que amenazan los cimientos de la civilización occidental, con la exclusiva finalidad de someter al mundo libre a sus oscuros y perversos intereses.

Decía el filósofo estadounidense Will Durant que “Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro”. Desde esta perspectiva, frente a la conjura de los malvados, hoy más que nunca resulta vital afrontar con entereza la batalla de las ideas, en defensa de las raíces de esa milenaria obra espiritual, cultural y política que es la civilización occidental, secularmente inmersa en un proceso de continuo progreso, regido por la incesante búsqueda de la libertad y el conocimiento.