Los políticos, contra lo que se cree, no son todos iguales: los hay muchísimo peores. Y lo que define a estos políticos de la casta que llevamos padeciendo cuatro décadas largas, aparte de sus escándalos y delitos, es su ansia desesperada de poder. Ni el mal ni la bastarda ambición descansan, y ambas rápidamente se propagan cuando nacen en el seno de las instituciones.

Pero junto a estos especímenes, que prosperan gracias a la perversión y al crimen, existen otros sujetos tanto o más amenazadores: aquellos que conocedores de sus desafueros, los eligen y reeligen. Electores más o menos anónimos que se pasean entre nosotros, socavando furtivamente la convivencia, y en los que generalmente no reparamos ni, por lo tanto, los aislamos socialmente.

Unos y otros, políticos nocivos y sus votantes, son cofrades que desafían a la razón repartiéndose los distintos papeles en el elenco, y su carácter destructivo se viene manifestando, con más o menos rigor y transparencia, desde comienzos de la década de los ochenta del pasado siglo. Un deterioro no sólo envuelto en el engaño hedonista del consumismo -se suele gastar más de lo que se gana-, sino sobre todo en la farsa democrática, en la perversidad educativa, en la mistificación cultural o en la venalidad judicial e informativa.

 

Y con ese germen doctrinario socialfelipista, que los sucesores de la X en el Partido y en el Gobierno han ido cultivando, adaptando a los tiempos y ahondando en sus aspectos degradantes, a la que nadie ha querido o podido poner término, no existe organización familiar ni nacional que aguante mucho tiempo más, a pesar del ejemplar legado social, económico y político del período franquista.

Paradójicamente, que un partido «socialista» y «obrero» haya sido el origen de la destrucción de todo valor solidario y ético debiera extrañar a los incautos, pero todo aquel ciudadano capaz, y dispuesto a raspar la corteza del devenir histórico de dicho partido, llegará a la conclusión contraria, que es la rigurosamente auténtica: sólo el PSOE, dada la perversa naturaleza mostrada en su trayectoria, podía ejercer tan lamentable y trágico papel en la historia de España.

El PSOE ha sido siempre -salvo brevísimas y excepcionales ocasiones- el mayor enemigo de los trabajadores y el más fiel aliado de los poderes fácticos. En su odio a España, en ese empeño histórico para destrozar toda la esencia de nuestros valores culturales, todas nuestras raíces, que son las de la civilización occidental, no ha tenido empacho en aliarse, siempre que la coyuntura lo ha propiciado, con el resto de enemigos de la patria.

España estará siempre agonizante mientras la actividad de este corrupto y desleal partido y la de sus aliados no desaparezca. Cuando ello ocurra, que por el bien de la convivencia debiera ser más pronto que tarde, el período histórico con vigencia socialista quedará en nuestra historia como una de sus más nocivas y tenebrosas etapas.

Lo terrible es que el grueso de la sociedad no quiera ser consciente de ello ni de la penosa realidad que padecemos por culpa del marxismo cultural. El vulgo español se ha entregado al hedonismo, a un carpe diem zafio y, con ello, a la insensibilidad cívica y política, premiando a los demagogos y alentando su resentimiento hacia lo que nuestra gran nación representa históricamente.

Y si a esta incapacidad -moral o cultural, voluntaria o involuntaria- para conocer o interesarse por la verdad propia y ajena se une la facilidad del ser humano para engañarse a sí mismo y dejarse engañar por los poderosos, nos hallamos ante un panorama deprimente que, en cualquier caso, sitúa en muy mal lugar a la lucidez o a la ética de la mayoría ciudadana.

La humanidad, que ha avanzado sin pausa en el uso y abuso tecnológico, no ha caído en la cuenta de la dramática trampa que supone una tecnología en manos de los líderes globalistas, pues gracias a ello la manipulación mediática ejercida hoy sobre las multitudes es atroz. El interés del hombre común no consiste tanto en conocer la verdad de las cosas como en conseguir que le sirvan para su beneficio, sin importarle si lo hace abducido por el Sistema, ni si con ello está cavando su propia tumba.

De ahí que la agresiva cultura liberticida que sufrimos se lleve a cabo, primordialmente, a través de ese enorme desarrollo tecnológico, que ha dejado más indefensa aún a la rutinaria muchedumbre y, todo ello, ante el inconcebible y sorprendente silencio de las Iglesias del mundo, sobre todo de la Iglesia Católica, la cual, salvo unas pocas individualidades, se halla inclinada del lado de los poderes fácticos, para mayor desengaño y confusión.

Nuestra evolución social y, paralelamente, nuestro desarrollo económico lleva décadas en fase de liquidación, bajo el predominio de una filosofía teratológica, una doctrina disolvente cuyo objeto es lo aberrático y deforme. Y sobrevolando a la aceptación de lo corrupto y al placer insolidario, una ideología de la esterilidad, una escuela de pensamiento empeñada en empobrecer y mutilar a la naturaleza humana.

Una filosofía dañina y mugrienta que, con el homosexismo, el aborto, la pedofilia, el estrago familiar, el desconcierto juvenil, el paro, el sadismo, la inmigración ilegal, el exhibicionismo corruptor… está echando sal en las raíces de Occidente y obligándonos a vivir en un estercolero. ¿Adónde lleva ese camino? Al abismo, sin duda, aunque el vulgo se halle instalado cómodamente en el engaño y no lo quiera ver, consintiéndolo todo tras desprenderse de su conciencia.

Si ante una sucesión de actitudes y acontecimientos tan deleznables como los que vivimos día a día no se atisba ningún movimiento de rebeldía social ello sólo puede deberse a la ignorancia, a la indiferencia o a la insensibilidad de la ciudadanía y, más allá, al rencor soterrado que habita en el alma de una numerosa parte de ella

Con su embotamiento moral, la plebe facilita los siniestros designios de los déspotas, en tanto que impide el logro de un mundo limpio de necios, hipócritas y depravados. Su actitud en las urnas lleva años dificultando que los comprometidos con un ideal regenerador puedan desenredar la impostura, y denunciar a los que ocultan el pozo tenebroso donde según Demócrito suelen los asesinos de cuerpos y almas mantener aherrojada a la verdad.

No sólo es imperativo encarcelar a los políticos depravados y dementes, también es obligado aislar socialmente a sus electores.