Parafraseando la célebre frase "es la economía, estúpido", pronunciada por Bill Clinton contra George H. W. Bush (padre) que le llevó a ganar las elecciones americanas en 1992, la podemos traer a la actualidad aplicándola a los miles de billones de datos que circulan y se almacena en la red de redes.
 
Hoy día, los datos son dinero. Y si no que se lo digan a las grandes multinacionales tecnológicas que ganan miles de millones todos los años vendiendo los datos que nosotros les procuramos gratuitamente en las aplicaciones falsamente gratuitas que nos brindan.
 
Así es. Los humanos nos hemos desnudado en nuestra cotidianidad ante media docena de empresas que se apropian de todo lo que decimos, hacemos o pensamos a través de Google, Twitter, Facebook, Whatsapp, LinkedIn, así como de nuestras imagenes y fotografias que abundantemente colgamos en estas y otras aplicaciones como Instagram.
 
Todos nuestros datos se venden a multitud de compañías de todo tipo y pelaje. A las empresas publicitarias, a las compañías de seguros de todo tipo, a los bancos, a los departamentos de personal de las empresas y las administraciones, a los caza talentos, etc, etc. Aparte, los servicios secretos y de inteligencia tienen acceso a los mismos para sus investigaciones. No digamos ya para cometer toda una larga lista de delitos, incluidos los que llevan a cabo los depredadores sexuales.
 
Ello, tiene consecuencias sobre nuestros actos cotidianos, por ejemplo: al pedir un préstamo a un banco este puede acceder fácilmente a información sobre nuestra solvencia, o al suscribir un seguro médico sobre nuestra salud, o al solicitar un empleo visualizar ipso facto nuestro curriculum, o una gran superficie conocer nuestros gustos a través de los registros de nuestras tarjetas de crédito y débito, o nuestros tickets de compra. Así como nuestros gustos que luego se materializan en ese boom de anuncios que se pegan como lapas permanentemente a nuestro navegador.
 
Todo esto es dinero, se traduce en dinero. Pero, vamos ahora con la segunda derivada.
 
Estos datos, de los que los enumerados anteriormente son solo la punta de un gran iceberg, están también en las sedes de los partidos políticos y en base a ellos diseñan sus campañas y los contenidos y mensajes electorales. 
 
Están también en las sedes de los grandes institutos globalistas y en base a nuestras creencias, comportamientos, opiniones, etc elaboran los contenidos del pensamiento único que luego nos inoculan en la propia red y a través de los mass media que controlan y dirigen. Lo de Gran Hermano, de la novela 1984 de Orwell se queda corto.
 
De hecho, plataformas como Twitter o Facebook, ya se erigen en jueces internacionales y cierran o censuran mensajes y contenidos de aquellos partidos, periodistas, particulares, etc que no están de acuerdo con la ideología globalista y la dictadura del pensamiento único imperante.
 
Es el caso también de multimillonarios y grandes magnates y especuladores financieros que sufragan las ideologías dominantes a través de sus think-tank y toda una pléyade de falsas ong´s que no son otra cosa que sus apéndices a través de los que llevan a cabo y  tejen su telaraña ideológica mundial. 
 
Ponemos nuestros cerebros y nuestras emociones a su disposición a través de nuestras búsquedas y mensajes, cayendo en la trampa de una falsa gratuidad que a ellos les permite convertirse en nuestro gran hermano para destruir nuestra libertad y nuestro libre albedrío, que es de lo que se trata.
 
Pero, ojo, no caigamos en la trampa de demonizar internet. Internet es solo un instrumento de comunicación, el vehículo, el mensajero, el continente, pero el contenido lo hacemos nosotros mismos. Internet sirve para lo bueno y para lo malo. Y los malos son quienes se aprovechan de él. Seamos cautos y guardianes de lo nuestro para no tener que lamentarlo todavía más. 
 
José Enrique Villarino Valdivielso