La maldita pandemia ocasionada por el Covid-19, el Estado de Alarma decretado de modo abusivo e injustificado por los “Picapiedra” y la crisis económica consecuente, agravada como es sabido por la calamitosa gestión del gobierno, se ha convertido en la excusa perfecta para que esta canalla nos lleve, definitivamente, a un Estado Bolivariano.

Este proceso no es nuevo, pues se inició -si bien que entonces todavía tímidamente- con el infame Rodríguez Zapatero y se aceleró tras el asalto al poder de Sánchez en 2018 y especialmente desde enero de este año cuando los comunistas entraron en el gobierno. Y, por supuesto, el indolente de Rajoy y su medroso PP no hicieron nada para cambiar las cosas cuando pudieron con su mayoría absoluta.

Hay una lista interminable de señales de que nos estamos moviendo a toda velocidad en esa dirección: el ataque a las libertades individuales de todo tipo; la conculcación de los derechos más fundamentales; el uso permanente e indisimulado de la mentira; la censura; la creación de un estado policial donde la Guardia Civil (… la antigua Benemérita) se dedica a “minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno”; el ataque constante a la propiedad privada (“Toda la riqueza del país está subordinada al interés general”); el acoso continuado a la libertad de culto (de los católicos, claro está, el resto son bienvenidos y aplaudidos), etc., etc. Todo ello inimaginable hace seis meses, pero que está pasando en España. Pero hoy me quiero referir a un aspecto concreto de este proceso de ‘bolivarización’ que nos está ocurriendo casi sin darnos cuenta.

Según una información publicada en el diario “El Mundo”, a fecha de hoy hay 21 millones de españoles que cobran directamente del Estado; incluye a los pensionistas (8,9 millones), a los empleados públicos (3,2 millones), a los desempleados (3,7 millones) y, aunque sea temporalmente, a todos los afectados por los ERTEs (4,1 millones) y a los autónomos que están cobrando la prestación extraordinaria (0,9 millones). Teniendo en cuenta que hay casi 15 millones de ciudadanos que no tienen ingresos de modo recurrente (incluyendo a los 9 millones de menores de edad, a los 3,3 millones de “amas de casa” y a otros 2,7 millones que, por la razón que sea, no tienen ingresos), significa que el número de personas que hoy viven del sector privado (trabajadores, autónomos, empresarios, etc) es solo de 11,2 millones; dicho de otro modo, hoy día prácticamente DOS de CADA TRES personas que reciben un ingreso mensual dependen del Estado.

Me dirán que esto es una situación excepcional, que los ERTEs y la ayuda a los autónomos desaparecerá en cuestión de semanas o de pocos meses. Es verdad, pero como ya nos están avisando, muchos de ellos no volverán al trabajo, irán directamente a engrosar las listas del paro o serán prejubilados o serán colocados en cualquiera de las varias administraciones o de las múltiples empresas públicas para maquillar la cifra de desempleados; es decir, seguirán cobrando del Estado.

Con las estimaciones de desempleo post-Covid (al menos 5 millones de parados) y a pocas prejubilaciones y nuevos empleos públicos que haya el número de personas que cobran del Estado no bajará de 17,5 o 18 millones, de modo que, aun después de que se termine la emergencia sanitaria, MÁS DE LA MITAD de los ciudadanos que ingresan una cantidad mensual la recibirán del Estado.

¿A dónde quiero llegar?

Una de las herramientas más eficaces para controlar a la población y perpetuarse en el poder, utilizada por todos los regímenes socialistas, comunistas y populistas, desde la antigua URSS y todos sus satélites a Corea del Norte pasando, por supuesto, por la actual Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina, etc. es conseguir que la gente sea lo más pobre posible, llevándola prácticamente al nivel de pura subsistencia y, sobre todo, que su único medio de vida sean las cantidades que, de un modo u otro, reciben del Estado. Sin irse tan lejos, esto es lo que intentó hacer el PSOE en Andalucia durante cuatro décadas. ¿Por qué creen Uds. que todavía aguantan Maduro y sus secuaces en Venezuela, a pesar de la miserable situación en la que se encuentran y de los esfuerzos de la oposición y de una gran parte de la comunidad internacional? Porque tienen a un porcentaje altísimo de la población en condiciones de absoluta dependencia de los fondos del Estado, que reparten ellos como les parece, y sin alternativas ni perspectivas de encontrar otro medio de vida dada la situación a la que han llevado al país. Además, claro está, de la coacción y de las amenazas, como ya está empezando a pasar en España.

Nosotros ya estamos en ese camino: ya tienen atrapada a bastante más de la mitad de la población, que cobra de ellos, pues obviamente el porcentaje que se aplica a los que tienen ingresos se extiende al total de la población, dado que esos 15 millones de españoles que no tienen ingresos recurrentes viven, de un modo u otro, de los que si los tienen (los hijos que dependen de los padres, las esposas o maridos que dependen del cónyuge, los ancianos que dependen de los hijos, etc., etc.).

El siguiente paso, y ya están en ello, es la famosa “renta mínima universal”, una de las promesas electorales del “Chepas” que va a conseguir implantar aprovechando el cataclismo causado por el virus.

La “renta mínima universal” (que como concepto no me parece una aberración en una nación entre las más ricas del mundo, como es todavía la nuestra) en manos de estos forajidos es un arma de destrucción masiva. Naturalmente establecerán unos “requisitos” para ser elegible para recibir esa ayuda del Estado que ya se ocuparán de que solo cumplan “los suyos”, o dicho de otro modo, ya se ocuparán de que para obtenerla y para conservarla haya que hacerse “de los suyos”, con lo que el número de cautivos (y desarmados) del Sistema será cada día mayor. Como además esa desastrosa política económica está archicomprobado que lleva a la ruina a cualquier nación, por muy rica que sea (Venezuela, Argentina, etc.), cada día inevitablemente habrá más pobres, entrando definitivamente en un círculo vicioso: más pobres, más personas necesitadas de la ayuda del Estado, más personas cautivas de esta canalla.

Y otro paso en esa estrategia de ‘bolivarización’, donde también ya han “enseñado la patita” es volver a la nefasta nacionalización de empresas. Por un lado, dirán que hay “sectores estratégicos” ante una nueva pandemia, real o imaginaria (¡que bien les vienen las pandemias!), que conviene que estén controlados por el Estado. Por otro lado, con la megacrisis que ellos han provocado habrá muchas empresas que se tendrán dificultades y usarán la excusa de salvar los puestos de trabajo para intervenirlas. Cualquier cosa para estatalizar más y más la economía, para empobrecer más y más a la población y para esclavizarnos más y mejor a todos los que puedan: más empresas públicas, más gente cobrando (directa o indirectamente) del Estado, más personas cautivas de sus limosnas y, por supuesto, más oportunidades para colocar a amigos y parientes, estos -claro está- en los puestos mejor remunerados y en los que tengan oportunidad de “trincar” algo.

Y, seguramente no haga falta aclararlo, cuando me refiero a tener a la población atrapada no me refiero al conocido como “voto cautivo”, pues a estos totalitarios de manual el voto solo les sirve para llegar al poder, y a partir de ese momento el voto, la democracia, el sufragio universal y la libertad del individuo les importa un comino; me refiero a tener a la gente “enganchada” a la ubre del Estado, sin alternativas, como un pobre toxicómano enganchado a la droga, que aunque se da cuenta de que le acabará por matar no se puede separar de ella y aunque sabe que el canalla que se la está vendiendo le está destruyendo, no se rebela contra él. Cuando hayan conseguido su propósito, si les dejamos, les odiaremos, echaremos pestes contra ellos, pero no levantaremos la mano contra los que nos dan de comer, aunque sea basura: esto es hoy Venezuela.

No, la manía enfermiza e injustificada de prolongar más y más, innecesariamente, el Estado de Alarma no es solo una muestra de incompetencia y de cobardía para asumir las consecuencias de decisiones difíciles. Es una estrategia bastarda para avanzar a toda velocidad en sus planes de ‘bolivarización’ aprovechando el shock que ha originado el Covid.

¿Cuál es la salida de todo esto?

Como se ha demostrado en todos los regímenes marxistas, este esquema diabólico no se sostiene nunca a largo plazo, pues el Estado acaba siendo incapaz de cubrir las necesidades mínimas de los ciudadanos, por lo que el día que la ubre deja de dar leche la gente acaba por echar al tirano. Pero para entonces el sistema productivo está aniquilado, la sociedad ha perdido el habito de ganarse el pan con el sudor de su frente, no existen profesionales de casi nada, no hay empresas ni empresarios, no hay más que miseria y desolación. Recuperarse de una enfermedad así es mucho más difícil que recuperarse del Covid, tienen que pasar no años, sino generaciones: que se lo digan a los alemanes de la antigua Alemania del Este, que todavía, 40 años después de la reunificación, tienen una renta per cápita del orden de un 40% inferior a la de los alemanes de la antigua República Federal.

Esto es lo que nos espera si no hacemos nada y si no lo hacemos pronto. Esto es lo que llaman la “nueva normalidad”, la normalidad de la pobreza y la desesperación, la normalidad criminal del comunismo. Y mientras tanto, el bobo de Casado diciendo que “no se cambia al cirujano en mitad de una operación”: no es un cirujano, estúpido, es un MATARIFE.