Como actor político y parlamentario dotado de 52 escaños erigidos en luchadores de la batalla cultural y moral contra la hegemonía izquierdista, en las manos de Vox está bregar contra la infame y comunista “ley de memoria democrática” que pretende robar la conciencia de los jóvenes, secuestrar el pensamiento de los mayores e imponer el antifranquismo oficial como pensamiento único bajo penas de multa o cárcel. 

Las valientes diputadas de Vox Macarena Olona y Rocío de Meer han exaltado recientemente en sus redes sociales la Cruz del Valle de los Caídos y prometido dar la batalla contra le ley totalitaria en todos los frentes. Olona se distingue por su afilado verbo solvente, siempre victorioso ante la inquina y la impericia de sus rivales salteadores y truhanes del gobierno social-comunista. Rocio de Meer brilla no menos por su solvencia, pero sobre todo y muy especialmente por su certera defensa de las fronteras españolas y de la identidad cultural de nuestra Patria y de Europa contra la invasión migratoria tercermundista que nos somete a una vergonzosa extorsión por parte de las ONGs, los poderes fácticos y los gobiernos progres decididos a sustituir étnica y culturalmente a la civilización occidental.

Los mecanismos judiciales españoles están cooptados por la mafia izquierdista de la cloaca de Dolores Delgado y por el corporativismo de altos magistrados domeñados por un Consejo General del Poder Judicial politizado. Servidor no tiene confianza en que los Jueces vayan a garantizar la defensa de la libertad ideológica, religiosa, de opinión e información teóricamente amparadas bajo el marco constitucional, y que serán definitivamente aplastadas por la infecta “ley de memoria democrática” que representa el paso a un nuevo régimen de terror político y social. Ese mismo aparataje judicial de la jurisdicción ordinaria, así como el Tribunal Constitucional, fueron los que permitieron y blanquearon el pasado año la profanación del cadáver del general Franco, lesionando un Tratado internacional de 1979 y todos los derechos fundamentales de la familia Franco así como el concepto supremo y magno que diferencia a una civilización del salvajismo: la dignidad de los muertos y su eterno descanso.

La batalla judicial y política contra la infame “ley de memoria democrática” en ciernes será compleja y sus resultados, probablemente desesperanzadores. Pero dando esta batalla Vox estará representando los anhelos de los millones de españoles que se han encontrado huérfanos y discriminados por una clase política cretinizada en el envoltorio de sus traiciones sempiternas y de sus cobardías antológicas: me refiero a la derecha acomodaticia y acomplejada, que con las marcas Unión de Centro Democrático y Alianza Popular/Partido Popular convirtieron a sus votantes en cheque en blanco para inflar a la izquierda de la repugnante hegemonía política y cultural ejercida desde la tribuna de oradores pero también –y muy especialmente- desde las terminales mediáticas y académicas convertidas en tentáculos del entrismo “gramsciano” adoctrinador y propagandístico.

La verdad histórica de España existe y es una: señala de forma irrefutable la legitimidad de poder y de gobierno del general Franco durante 36 años al haber impedido la invasión de un régimen extranjero –el bolchevique de Stalin- que ya controlaba como protectorado al gobierno frentepopulista y a los grandes partidos políticos adueñados del bando rojo desde 1936, a la sazón PSOE y PCE los cuales, y como dádiva de gratitud y pago de favores habían entregado al tirano ruso 500 toneladas del oro del Banco de España, más del 70 por cien de nuestras reservas de metales preciosos –las terceras más importantes del mundo-. De haber ganado la guerra civil que desencadenaron por su violencia y golpes de Estado (el último de ellos en febrero de 1936, con el pucherazo electoral y el subsiguiente “estado de alarma” que protegió al pistolerismo de comunistas, socialistas y anarquistas) las izquierdas hubieran impuesto un régimen comunista que nos habría lanzado a sufrir la devastadora II Guerra mundial así como la agonía de un gobierno soviético prolongado muy posiblemente hasta 1989 –año en que comenzaron a caer los estados comunistas del Este europeo-.

Ganada la guerra al comunismo, la apertura de España hacia una nueva “democracia” –aunque ese concepto no sea aplicable a la fracasada, liberticida y revolucionaria II república- era imposible. El invicto general Franco no abrió un proceso de “transición democrática” en la posguerra ni después sabedor de que los derrotados eran los peligrosos totalitarios deseosos de sumergir España en los ardores del conflicto civil, la satelización soviética y los separatismos intestinos. No en vano el violento “maquis” y el estalinismo entusiasta de Santiago Carrillo que intentaron –y fracasaron- derribar el régimen franquista en los años 40 y primeros 50, demostraron la nula “ansia” democratizadora de la oposición antifranquista, como tampoco la tenían los nacionalismos periféricos creadores de la banda marxista leninista llamada ETA, hermana ideológica terrorista de otros entes sanguinarios y comunistas como las organizaciones FRAP o GRAPO, ramificaciones del comunismo cuya apuesta “democrática” se basaba en el reguero de muertos y heridos en número de centenares.

El régimen del general Franco, aupado sobre una sociedad ya reconciliada y anhelante de paz gracias al desarrollo económico y social, anduvo en un proceso histórico y vanguardista de modernización y progreso industrial que configuró a la clase media (56 por cien de la población en 1975) y erigió a España, con el parque industrial estatal y privado más desarrollado de su historia, en octava potencia industrial mundial favorecida, además, por el jugoso superávit comercial de nuestra balanza de pagos.

En definitiva: la legitimidad del franquismo y de su prolongación temporal fue justa, necesaria y asentada por la evidencia de su razón histórica y moral contra sus enemigos. 

Que Vox batalle parlamentaria, cultural y judicialmente contra la “ley de memoria democrática” y la mentira de la izquierda es un hito en el régimen de 1978, donde la derecha se cruzó de brazos y protagonizó las mayores cesiones y cobardías indómitas, entre ellas: el PP de Aznar se sumo al homenaje del Congreso a las criminales “brigadas internacionales” estalinistas (1995); con su mayoría absoluta, el PP condenó junto a la izquierda el franquismo así como el alzamiento anticomunista del 18 de julio de 1936 (fue, además, un 20 de noviembre de 2002); Rajoy prometió  a lo largo de 2007-11 derogar la ley de memoria histórica 52/2007 ante cuya aprobación se abstuvo y luego, ya en el gobierno y con mayoría absoluta la mantuvo e incluso la exaltó (Rafael Catalá, a la sazón ministro de Justicia, declaró en diciembre de 2016: “estoy orgulloso de la ley de memoria histórica”); el PP reivindicó como suyo el antifranquismo y lo elogió, defendiendo la profanación del cadáver de Franco ( Fernando Martínez Maillo afirmó, en septiembre de 2018: “Franco fue un dictador como Hitler o Stalin (…). Si lo tienen que sacar, que lo saquen(…)”; Pablo Casado atacó el Valle de los Caídos y ninguneó el carácter sagrado y conciliador del monumento (el líder del PP dijo, en julio de 2018: “ No me importa ese edificio ni quién está dentro”); los líderes populares prometieron recurrir en inconstitucionalidad el decreto de exhumación del general Franco y luego no lo hicieron (Teodoro García Egea y Pablo Casado afirmaron su pretensión de recurrirlo al no ser “de extraordinaria y urgente necesidad”).

Vox puede y debe suplir el hueco donde la valentía y la defensa de la verdad y la libertad han sido puestas en orfandad por quiénes sólo se mueven a golpe de matemática electoral, de rédito oportunista y de una perenne voluntad de contentar a la izquierda mediática para hacerse perdonar e intentar ganarse a una progresía sociológica que jamás los legitimará. Cuando la izquierda gobierna, lo hace para la izquierda y cuando gobierna el PP también lo hace…para la izquierda.

El PP ha quedado sobradamente retratado en su sumisión a la izquierda. La media España que no se resigna a morir hoy, como no se resignó en 1936, tiene en Vox la esperanza de ver reflejada su voz y sus anhelos en una batalla que será dada  también en sus respectivas trincheras por la Fundación Nacional Francisco Franco o la Asociación para la defensa del Valle de los Caídos, como directos damnificados por la acción perseguidora y opresora de la comunista “ley de memoria democrática”.

Macarena Olona y Rocio de Meer están siendo señaladas por la izquierda mediática y la derecha cobarde por haber manifestado sin complejos que el Valle de los Caídos y la catolicidad serán defendidos. Dos mujeres valientes y comprometidas, portavoces de un partido cuyo líder, Santiago Abascal se ha convertido en el abanderado de una consigna clara y sin ambages: “son preferibles las cicatrices del combate por haber dado la batalla, que la piel intacta por no haberla librado”. Adelante, Vox.