¿Se sentiría usted tranquilo y confiado en su casa si tuviera un vecino musulmán? ¿Se recata de manifestar lo que piensa si tiene un compañero de trabajo musulmán? Pues he aquí el problema. 

    De sobra sabemos que los servicios de inteligencia y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de los países europeos tienen a todos ellos en su punto de mira. Que las mezquitas y los barrios de nuestras ciudades que han convertido en sus guetos están permanentemente vigilados. Que la lista de sospechosos de radicalizarse crece, porque todos ellos, sin excepción, aunque aparentemente no den el perfil, son susceptibles de convertirse en terroristas. Y que gastamos una buena parte de nuestro presupuesto anual en controlar sus impulsos criminales. Siendo esta la realidad, y no otra, resulta absolutamente incomprensible y fuera de toda lógica de razón que sigamos consintiendo su entrada en Europa. Porqué vamos a ver, ¿cuántos muertos por parte de esta étnica migratoria tiene que soportar Europa para empezar a tomar medidas? ¿Acaso la lista no es suficiente? Estamos hablando de una étnica migratoria peligrosa.

    Peligrosa por una serie de factores que deberían contemplarse con toda objetividad y proporción en relación al peligro que representan. 

    En primer lugar, por el atributo estricto y carácter universalista de su religión, el islam, que llega al extremo de la intolerancia y agresividad contra toda forma de religiosidad contraria a su fe, al considerar que es la verdadera religión que hay que imponer a todos los hombres por mandato imperativo del Corán, cuya finalidad última es que todos los hombres se conviertan y pueda crearse una sociedad perfecta regida por la ley divina musulmana, que desempeñe el papel de constitución política. Ley que establece el islam, y que incluye todos los aspectos de la realidad, la vida individual, familiar y social de los musulmanes, estén donde estén. Cuyo fin último es la sociedad teocrática, consecuencia de la inspiración del Corán, su libro sagrado y guía de comportamiento. Ley que es de obligado cumplimiento en las cinco escuelas o  ritos que existen en el islam. Esto es, ley de obligado cumplimiento para todos los musulmanes, sean del país que sean. 

    En este primer factor de radicalización juega un papel fundamental la conciencia del mundo musulmán, su imaginario colectivo, a tenor de la experiencia de la expansión rápida y fulgurante del islam en su desarrollo por medio de la guerra “santa contra los no creyentes”. Guerra santa que ordena llevar a cabo el Corán y está en la Ley musulmana. 

    En segundo lugar, por el resentimiento de los musulmanes hacia el mundo occidental-cristiano en cuanto a la idealización que hacen de su pasado, de cuyo atraso y subdesarrollo actual nos responsabilizan. Llegando al extremo de retrotraerse a la expulsión de España y al colonialismo europeo de comienzos del siglo XIX. De ahí la reivindicación musulmana de exigir a los occidentales-cristianos la deuda impagada hacia ellos. Que es lo que parece que hacen mandándonos a sus hijos para que les alimentemos, eduquemos y proporcionemos un medio de vida. 

    Y en tercer lugar, por las contradicciones que tienen que asumir en un mundo que no es el suyo respecto a su forma de pensar y conducirse, que es lo que explica que aun pasando muchos años entre nosotros se radicalicen cuando vuelven a su conciencia musulmana. 

    Contradicciones que se dan respecto a muchos aspectos y cuestiones, pero que no es menor respecto a la arbitrariedad del varón sobre la mujer en la cosmovisión musulmana, normada en el Corán (2, 228), ya que la mujer: “está un grado por debajo del varón”. Factor que se perfila como un elemento de repercusión fundamental en el radicalismo de muchos musulmanes varones. Factor de gran peso e importancia en el desarrollo de las sociedades europeas-cristianas. 

    Nos referimos a cuestiones perfectamente asumidas en las sociedades musulmanas, pero absolutamente intolerables en las nuestras. Por ejemplo: la poligamia, disolver el matrimonio unilateralmente mediante el repudio de la mujer, que los hijos sean exclusivamente del padre, que la mujer reciba la mitad de herencia que le corresponde, que no se permitan los matrimonio impuestos a las niñas, que no exista desigualdad laboral entre hombres y mujeres, etc. Así pues, la arbitrariedad del varón respecto a la mujer no consentida en nuestras sociedades europeas-cristianas, es un elemento  de enorme perturbación para la mentalidad del varón musulmán; causa importante de su radicalismo, pues ya no sólo está en un mundo que no es el suyo, que le es hostil, sino que ni siquiera manda sobre lo que considera de su propiedad: su mujer y sus hijos.   

    El mundo del islam ha quedado anclado en el siglo X, y los esfuerzos para renovar el texto del Corán han sido inútiles porque la mayoría del mundo musulmán se sigue aferrado a una idea fija: que es imposible que el mensajero (Mahoma) desviara la palabra descendida y dictada letra a letra por Dios. 

    De todo lo dicho se desprende que el islam es un problema teológico, histórico y cultural absolutamente incompatible con el mundo occidental- cristiano. Lo lógico y racional sería no tener que emplearnos en otra Reconquista. ¡Sobran!