Este lunes 6 de diciembre, jornada en que España conmemora el Día de la Constitución, sería un buen momento para detenerse a reflexionar si el texto de 1978 no es algo que, pasados los años y a la vista de los resultados, se deba celebrar con más penas que gloria. Incluso, como mis camaradas Manuel Andrino y todos los que se verán privados de su libertad por defender una España unida, grande y libre quizá no puedan menos que preguntarse, si hay todavía algún motivo para seguir celebrando el Día de la Constitución o, viendo los frutos de la misma, aprovechar la jornada para afirmar de nuestra incumplida y burlada Constitución de 1978, lo que en su día ya dijera Edmund Burke: “Las malas leyes son la peor especie de tiranía”.

Y lo mismo podríamos preguntarnos los millones de españoles que nos hemos visto confinados ilegalmente o hemos visto perderse o ponerse en serio peligro nuestros trabajos por culpa de la inutilidad del gobierno frentepopulista, separatista y terrorista que, estos dos últimos no ha dudado de usar todos los medios a su alcance para amordazarnos, coaccionarnos, mentirnos y confinarnos y poner nuestras vidas en peligro.

Quizá bajo esta excusa se quiera ocultar que la Monarquía está pasando sus horas más bajas desde su restauración en 1975, con un rey cuya investigación se acaba de prolongar y va a pasar sus segundas navidades fuera de España.

Tampoco deberían olvidarse los recientes pronunciamientos y las actuaciones arbitrarias que ponen en evidencia lo que la Constitución que  se celebra establece en su artículo 3 en relación con que “El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”.

De otro lado está el plante de la denominada “clase política”, de la que no pocos de sus  representantes electos van a boicotear la jornada con su ausencia. Se podría interpretar que las encuestas del CIS tienen razón al afirmar que, para los españoles, los políticos son otro problema y no una solución.

Dicho esto, repasemos un poco la actual situación de España y el contenido de la Constitución, donde se consagra (Artículo 14) que “Los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”; o el (Artículo 15) “Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes” que parece no incluir entre los españoles a las víctimas del terrorismo, cuyos líderes de antaño se sientan hoy en los parlamentos –aunque se acabe de conmemorar no sé bien qué triunfo sobre ETA- o del aborto; (Artículo 16) que “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la Ley”, pero existe una Ley de Memoria Histórica y todo un proceso de represión a la Iglesia, quien, por otro lado y duro se me hace decirlo, se lo ha ganado a pulso con su eclecticismo disfrazado de contemporización; (Artículo 19) “Los españoles tienen derecho a elegir libremente su residencia y a circular por el territorio nacional”, pero son miles los vascos que tuvieron que abandonar su tierra y no van a regresar porque el Estado no quiere enfrentarse a larealidad y prefiere esconderla con memorias democráticas; (Artículo 20) “Se reconocen y protegen los derechos: A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”, pero ahí están los arriba mencionados mártires de Blanquerna; (Artículo 31) “Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”, pero el Rey Juan Carlos acaba regularizar millones defraudados y no prescritos, en su desesperado intento por salir del desierto;  (artículo 35) “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo”, artículo que no voy a perder el tiempo en comentar, aunque invito a que la gente se asome a las ventanas y vea a los sintecho hurgando y rebuscando en los contenedores. Muchas más cuestiones se podrían sacar a relucir, pero sobre su utililidad…

En relación con lo anterior, aunque no se hayan citado textualmente, no vamos, por ejemplo, a olvidar otros artículos como el 43, que reconoce el derecho a la protección de la salud;  el 44 que obliga a los poderes públicos a promover y tutelar el acceso a la cultura; el 47, que habla del derecho de todos los españoles a disfrutar de una vivienda digna y adecuada; el 50, que obliga a los poderes públicos a garantizar mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad., y con independencia de las obligaciones familiares, promover su bienestar mediante un sistema de servicios sociales que atenderán sus problemas específicos de salud, vivienda, cultura y ocio…

Cada vez, sea entre los políticos, sea entre la prensa, sea Íñigo Errejón, sea Modesto Apolo en su artículo “Ley de transparencia papel higiénico”… están estableciendo parangones entre este elemento tan útil como cotidiano y nuestra, no me importa reiterarlo, incumplida y burlada Constitución de 1978.

Quizá porque resume muy bien lo que deber ser y buscar una verdadera constitución,  deseo concluir con las palabras que el 29 de octubre de 1933, en el acto de fundación de Falange Española, pronunciara José Antonio Primo de Rivera: “Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre. Porque sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse. Sólo cuando al hombre se le considera así, se puede decir que se respeta de veras su libertad, y más todavía si esa libertad se conjuga, como nosotros pretendemos, en un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden.

Queremos que todos se sientan miembros de una comunidad seria y completa; es decir, que las funciones a realizar son muchas: unos, con el trabajo manual; otros, con el trabajo del espíritu; algunos, con un magisterio de costumbres y refinamientos. Pero que en una comunidad tal como la que nosotros apetecernos, sépase desde ahora, no debe haber convidados ni debe haber zánganos.

Queremos que no se canten derechos individuales de los que no pueden cumplirse nunca en casa de los famélicos, sino que se dé a todo hombre, a todo miembro de la comunidad política, por el hecho de serio, la manera de ganarse con su trabajo una vida humana, justa y digna”.