Ruego me disculpe el lector por la aparente confusión del título-la regla es la regla-, mas ruego mayores disculpas por anteponer un artículo al nombre propio, pero lo cierto es que es harto difícil tratar la chabacanería y la estulticia de los parásitos surgidos con el esperpéntico sanchismo, trastocado nuestro país por la idiocia más delirante que nos invadió desde que se pagó con oro-ya saben, desde Barajas-la entrada del podemismo en el desgobierno circense. La culpable sin freno del genocidio del 8 de Marzo-no olvidamos a quienes sedaron, asesinando protocolariamente a nuestros padres-no pone límites a la enferma vanidad de la que se alimenta después de conseguir prebendas, no andemos con eufemismos, indecorosas y sobradamente conocidas que el sufrido pueblo español conoce como los únicos méritos de la cajera de Galapagar. 
La nueva manera de hacer política-o el imbécil malgastando los recursos estatales-solo podía devenir de la Complutense bajo dominio de zarrapastrosos ventajistas; mediocres pero ventajistas sin escrúpulos. España es culpable de tragar una ignorancia mantenida a base de costear la vida de zánganas, zánganos y zánganes para idear todo tipo de bodrios sectarios que pretenden justificar la poltrona y chiringuitos a tan numerosos inútiles mientras lo arruinan todo. Parece cuestión del Diablo que sus huestes más ridículas ejecuten tan repugnantes malignidades, desmesuradamente holísticas pero disfrazadas de la vulgar justificación política que con el reparto de dividendos partidistas hasta parecen, pese a la apariencia de mamarrachos, ministros de España. Porque bajo ha caído la loable intención de presidir un país desde que Pedro Sánchez culminó su ascenso en las vaporosas saunas del también único mérito conocido, siendo el resto de su carrera personal y política, como se sabe en el mundo entero, una despreciable mentira. 
 
El caso es que ora por malicia, ora por ignorancia, la Irene de Galapagar, antes la fresca del barrio, por el pan Bimbo se entiende que se zampaba en los recreos a la tierna edad en que debió empezar a ser un tanto cargante y resabiada, parece sacarse de los fondos más desastrosos del bajo cerebelo, ergo sótano pensante, inventivas que cuando no dejan al personal epatado, inspiran la más lógica aversión, como la baja por las diversas reglas: ahora se antojan tan distintas y figuran en nuevas normas laborales como un cartabón gravoso de nueva hornada feministoide. En pleno apogeo del neologismo una cafrada más no se notaría pero todo lo que lucubra esta panda de vagos a cuenta de los impuestos ajenos se convierte en noticiable porque a pesar de los continuados ridículos de la generación garrapata, sustentan en un hilo de Damocles los destinos de millones de ciudadanos hartos de caraduras, sinvergüenzas, dementes, maleantes y en todo caso criminales con la sombra de la sospecha del delito, solo sombra mientras lo encubran los organismos sectarios que tapan los trapos sucios de La Moncloa. 
 
Viene a estar afectada la cajera metida por arte de magia, será, a ministra del Reino, con el tema de la regla, que posiblemente rescate de su antológica carrera, corta, de verdadera trabajadora, algún desacuerdo con la empresa cuando asentó las posaderas como mileurista antes de encajarse en el trono galapareño. Y tal debió ser la ofuscación que solo le falta inventarse el cartabón para denominar a la menstruación de toda la vida, siendo la señora decidida para menesteres de oficio inconfundible y mezclarlos con los de la Naturaleza que la ha hecho hasta propia. Un monumento en el Olimpo debe de tener la incomprendida diosa Minerva y aún no nos hemos enterado, pobres mortales, que lo suyo es un cartabón. No me imagino el espectáculo estigmatizante vivido desde la vergüenza y la culpa... De psiquiatra y caso perdido.