Los acontecimientos que siguieron a las Amnistías que el Gobierno Suárez concedió a ETA fueron tan espeluznantes, que la palabra se ha convertido en un término peyorativo, evocando una nefasta combinación de inconsciencia y aquiescencia cobarde. Suárez, que era un incapaz, presumía de “grandes planes” para el apaciguamiento: todo era cuestión de tender la mano.

    Hoy en día esa política que siguió el Estado ininterrumpidamente hasta que ETA se cansó de matar parece una locura, y eso fue lo que resultó ser entonces. Sin embargo, no era tan inexplicable como lo es hoy retrospectivamente. El deseo de evitar un enfrentamiento tanto con el nacionalismo vasco como con la izquierda (PSOE, PCE), que apoyaron la lucha de ETA antes y bastante después del fallecimiento de Franco, fue el anhelo más evidente y general en la clase política de entonces, que además entendía que la lucha de ETA era el desdichado producto del sufrimiento del pueblo vasco. De esta forma, el objetivo político del Estado debía ser el apaciguamiento a fin de reparar los agravios sobre los que había prosperado. 

    Adolfo Suárez, un político trágico y patético, sin formación intelectual ni política suficiente y corroído de una ambición desmedida, al que el Rey Emérito llamó “imbécil” cuando enfermó, deseoso de conectar con la cara buena de los terroristas, pero con un entendimiento demasiado limitado, porque nunca hubiera estado mentalmente bien, respondió al terror más descarnado con una ecuanimidad beatífica y, a fin de cuentas, delirante. Ello se debió, en parte, a la presión de la izquierda y a la pusilanimidad que demostraron las Fuerzas Armadas, algunos de cuyos miembros más destacados se salían de vez en cuando de madre con algunos “comportamientos de salón” sin que aquél “postureo” tuviera mayor transcendencia. Mientras los terroristas de ETA iban poco a poco más allá, volviéndose cada vez más desafiantes e insolentes, a la vez de preguntarse si el Estado, tras la última transgresión (el último asesinato), respondería con la conciencia y los medios de estar enfrentándose a una “guerra preventiva”. 

    Corría el año 1997, y el asesinato de Miguel Ángel Blanco, político vasco afiliado al Partido Popular causa una honda impresión en el pueblo “soberano”, que hace que se enciendan las luces rojas contra ETA. Pero tan sólo fue una ilusión, porque los destellos de aquellas luces pronto se apagaron. 

    Se apagaron, porque la exposición cronológica de la lucha contra ETA siguió siendo una actitud temerosa de contención sin proyecto de liquidar a ETA con todos los medios al alcance del Estado de Derecho: ajusticiando a los terroristas, sin descartar la acción penal contra el llamado “nacionalismo vasco democrático” que actuaba como instigador, cooperador, cómplice e inductor de la banda. En definitiva, el mismo agotador ejercicio de apaciguamiento frente al terror, a cuyo mundo siempre se reconoció parte de razón. 

    Así actuaron todos los gobiernos que se fueron sucediendo…. Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González -que creyó redimirse con la política de la “guerra sucia o crimen de Estado”-, José Mª Aznar -que llamaba a ETA “Movimiento de Liberación Vasco” y que concedió la Medalla al Mérito Constitucional a los terroristas que se cansaron de matar: Mario Onaendia y Teodoro Uriarte- y José Luis Rodríguez Zapatero. Todos presentándose como hombres de paz, negociando y cediendo.

    Fue todo un fracaso espectacular, cuyo resultado son las 800 y pico víctimas mortales. Un fracaso espectacular tanto desde el punto de vista estratégico como moral, porque, incluso cuando la insaciabilidad de ETA por matar se hizo evidente, la respuesta correcta del Estado siguió sin aparecer, un hecho que se evidenció y hoy evidenciamos más allá de toda duda.

    Por eso hoy, después de todo y de tanto, lo que más sorprendes es que ningún terrorista supuestamente arrepentido se haya suicidado, y todavía sorprende más que del lado de las víctimas no haya surgido ningún vengador.

    Dejen de seguir jodiendo con ETA, porque a veces esta historia que sangra se convierte en nebulosa lejanía, ocultando el laberinto de los regresos para que la memoria fugitiva no se estremezca con el recuerdo. Dejen de joder con ETA, y mantengamos, que menos, el temblor de la ternura hacia los que se fueron de la vida. Dejen de joder.