Repugna que los denominados "estudiosos" de la Memoria Histórica omitan el sadismo de las checas en Madrid.  Miles de personas fueron torturadas con brutales y demoníacos métodos de infinito padecimiento. No se conformaban con asesinar siendo la sofisticación de la barbarie un instrumento de malignidad ilimitada. Tantas evidencias de esa memoria selectiva que olvida a conveniencia, parece ser inspirada por el mismo Satanás en este siglo XXI cuando algunos pretenden instaurar una discordia social muy arriesgada. En esa misma línea de sadismo ya han provocado un genocidio contemporáneo y no les basta para renunciar a un plan de odio desintegrador, contra la mitad de la España que unos carroñeros antepasados intentaron aniquilar bajo estandartes estalinistas. Retornan los demonios inseminados en aventajados parásitos de la política.

Generaciones que vivieron la guerra fueron las primeras en testimoniar una reconciliación que el propio gobierno de Franco quiso materializar con el Valle de los Caídos, monumento del perdón con enterramiento digno de contendientes de los dos bandos de la Guerra Civil. Hasta el escultor del PSOE, Juan de Ávalos, ya dijo que era una reconciliación de las dos españas. 

Pero cuarenta años de democracia no bastaron y los sembradores de cizaña retornaron para crear una división social cada vez más acrecentada.   Por ello es necesaria una ecuánime revisión de la Memoria Histórica en defensa de cuantos fueron vilmente masacrados por el frentepopulismo desatado que se mimetizó con la II República. Una revisión refrendada además por la Unión Europea que considera al comunismo de igual calaña que lo fueron otras lacras ideológicas, todas ellas de origen socialista.

 La Memoria Democrática está basada en un ventajismo hipócrita que busca beneficios más allá de la fingida justicia. El motor es la codicia, y el botín cuanto pueda aprovecharse de esta artimaña. Una excusa más para chupar de chiringuitos. Allanar el camino es primordial para lucrarse del artificio moralista. Porque la injusticia importa poco cuando se trata de apoltronarse en el poder al precio que dicte el Demonio, no es extraño que los partidarios de tan subjetiva memoria simpaticen con el terrorismo etarra y las narcodictaduras despreciando a sus víctimas. No es raro que los asesinos de la democracia pretendan ampliar los efectos franquistas hasta 1983. Y no es extraño porque las deformidades del alma no son cuestiones de ideología, aunque la radicalidad las caracterice inequívocamente como la malignidad que la inspira. Pedro Sánchez, el traidor, el guarro Sánchez, se ha retratado con los cómplices de su crimen gregario.

El 18 de julio de 1936, el denominado Alzamiento Nacional, es narrado por los verdaderos historiadores como la reacción inevitable ante un depredador criminal que ya había intentado un golpe de estado violento en 1934 contra la propia República. Miles de inocentes, niños, ancianos, sacerdotes, monjas, civiles, fueron exterminados con una crueldad propia del Infierno de Dante.  Aniquilados por el Frente Popular, no por la República que se vio desbordada por una marea de asesinos y criminales que se mezclaron con ella, después de que el intento de instaurar el estalinismo provocara la guerra. Sin salida, media España estaba expuesta a la exterminación y se vio obligada a rebelarse para evitar una impune extinción. Los libros de Historia contradicen la nueva doctrina de una memoria selectiva que santifica a los causantes de todos los problemas que llevaron a una contienda civil inevitable. 

Rodríguez Zapatero, el embajador de narco criminales, fue el miserable que abrió la caja de Pandora para reverdecer los odios guerra civilistas. Imponer un criterio victimista contra el otro bando que no tuvo más remedio que defenderse ante la aniquilación que el Frente Popular empezó a practicar con toda impunidad incluso contra la propia II República, era el objetivo basado en una estrategia de división para facilitar un juego marrullero de poder bañado en sangre con la matanza del 11-M. Las oscurantistas intenciones de entonces han tenido su continuidad hasta la España del 2022, tomado el poder por Pedro Sánchez a espaldas de la soberanía popular, primero, trampeando resultados electorales para eternizarse dando un golpe de estado por implosión, después. Si mal fue desenterrar los rencores olvidados, peor fue secundar la trampa por parte de un gobierno de Mariano Rajoy entregado acomplejadamente a las mentiras sectarias que santificaban a los causantes de la Guerra Civil de 1936.

 Aprobada la  malignidad urge una Ley de Concordia, plantear una revisión de la ley de Memoria Democrática que defienda a las víctimas del Frente Popular y de paso a las más recientes del terrorismo etarra. Acudir al Tribunal Constitucional y a Europa para denunciar la maniobra arbitraria y el incumplimiento de sentencias. Y a la denuncia se debería añadir el genocidio protocolario de estos criminales protegidos por la prostitución de una Fiscalía al servicio del crimen. Una cuestión de dignidad y verdad de la que carece esta memoria tóxica que permite prolongar los males, antes restañados, de la España hoy secuestrada: primeramente con la excusa de una plandemia para después quitarse las máscaras, no nos engañemos, con las mismas intenciones de antaño que fueron frenadas por un inevitable 18 de Julio, histórico referente de Justicia contra la torva mirada, esos ojos que reflejan el alma, de los herederos del odio.