La foto es injusta. Faltan muchos otros tan responsables…

 

Sras. Y Sres. Gobernantes:

            Gracias. Lo lograron. Llevó décadas, más de una generación, ingentes sumas y una propaganda que fue minando todo lo real para instalar el sueño que habían alimentado en sus mentes, para nosotros. Gracias. Han cumplido sus agendas, sus programas, sus recursos han dado frutos. Ya no hay más raíz para arrancar, y el árbol reseco los obedece en el aserradero al que lo condujeron ustedes. Ya no hay pasado – que siempre fue el atraso y el primitivismo – y el futuro es hoy, como lo deseado es realidad. Gracias. Porque ustedes hicieron de la educación un trámite que nos igualó y nos bendijo a todos con títulos, aunque de poco sirvan. Gracias. Porque si bien no sabemos que estamos secos – continúo la metáfora vegetal – tampoco sabemos qué somos, y menos quiénes éramos. Gracias. Porque a los abuelos olvidados en los geriátricos ya no se les escucha la retahíla o cantilena de sus años felices, que siempre pueden producir alguna insatisfacción con el presente. Gracias. Porque a los niños ya no se los ve jugar – a veces, jugaban el mismo juego que sus abuelos – sino que se enmudecieron ante los celulares, ese chupete electrónico ideal, que nos libra de sus gritos. Gracias. Porque nos dicen que somos conscientes del valor de la ecología, aunque produzcamos más chatarra en un mes que toda la producida en siglos. Hemos sido obedientes y pacientes, por eso los votamos y hasta los reelegimos o, en algunos casos los reemplazamos por sus amigos para que nada cambie, y la feliz realidad de esta vida maravillosa, sumida en cambios constantes y en progreso indefinido, nos niega afirmarnos en algo, para fluir en una deriva de narcótica atracción. Gracias. Porque nos endeudaron con anónimos roedores – perdón, acreedores quise decir. Aún no estoy del todo modernizado -  decía, con acreedores por generaciones, para vendernos el paraíso artificial que, si no lo vemos, es porque nos hemos quedado ciegos. Gracias. Aunque no sepamos qué es agradecer – o lo hayamos olvidado – aunque el paraíso al que nos trajeron se reduzca a unos pocos metros a nuestro alrededor, hasta rozarnos el cuerpo.

Y ahora, cada vez más solos ante una pantalla, quizás podamos aceptar que el Apokalipsis no será con bombas o estallidos, sino con el silencio que la soledad impone a quien está despojado de relaciones y afectos, aunque quiera convencerse de que las virtuales llenan el vacío.