García Márquez, el Nóbel de literatura, escribió la novela de éxito planetario intitulada "El coronel no tiene quien le escriba". Parafraseando al insigne escritor, nuestro Rey no ha tenido quien le recibiera en Barcelona en la inauguración de Mobile 2021.

No es la primera vez que el Rey no tiene quien le reciba y las autoridades de la Generalidad, que no son otra cosa que las que representan al estado en la región catalana, le han dado plantón. Pero, no se trata de un hecho aislado sino que ya llueve sobre mojado y son conductas recurrentes y lo que es peor delictivas, en lo que supone una afrenta al estado en la persona de su máximo representante que es el Jefe del Estado.

Mire, Majestad, como decía mi catecismo de cuando era niño, los pecados pueden ser de tres tipos: de palabra, de obra y de omisión. Las autoridades catalanas y barcelonesas, entendiendo por ello la Generalidad y el Ayuntamiento han ofendido a su Majestad y a los españoles todos, por triplicado. De palabra, obra y omisión.

Pedro Aragonés, el presidente de la Generalidad, y Adelaida Colau, alcaldesa de Barcelona, le han dado plantón y no han recibido al Rey con motivo de la inauguración de la feria Mobile de 2021. O sea que han ofendido al Rey de obra y de omisión. De palabra, día sí y día también con sus reivindicaciones y las declaraciones de persona non grata cuando el Rey ha acudido en otras ocasiones, así como al querer revocarle el título de Príncipe de Gerona. No digamos ya, las constantes quemas de su efigie, con la aquiescencia de las autoridades regionales.

Leo, que hoy mismo cuando esto escribo, la ofensa se ha repetido en la entrega de premios Princesa de Gerona a la que ha asistido junto con su familia. Vuelta a lo mismo. Recurrentes y reincidentes.

A mi, me repugna sobremanera ver la imagen de su Majestad, compartiendo mesa y mantel con aquellos que quieren destruir la Nación Española, porque aunque sea un acto civil que excede el ámbito de los actos puramente institucionales, afecta directamente a la reputación del Rey.

El Rey, sentado con secesionistas y proto-secesionistas deja en un muy mal lugar al resto de catalanes que no son secesionistas y supone un desdén y abandono a una parte de españoles que se ven sometidos a una segregación política, incluso racial, pisoteando sus derechos cívicos.
Muchos, no hemos entendido como se pueden rubricar unos indultos que el gobierno le ha puesto a modo de trampa en contra de un dictamen contrario del Tribunal Supremo, cuando además es legalmente muy discutible que el gobierno le pueda arrebatar la única prerrogativa que su Majestad detenta según la Constitución. Antes de firmar podía su Majestad recabar al menos los correspondientes dictámenes al Supremo, el Consejo de Estado, etc.

A muchos, políticos sobre todo, les pareció poco menos que heroica la intervención televisada del Rey en Octubre de 2017. A mi, obligada e insuficiente. Entiendo que fue el detonante de una reacción españolista por la que muchos catalanes españoles se echaron a la calle enarbolando la bandera de España, pero tanto la acción del Rey, como el arropamiento del resto de España a estos españoles, pronto se esfumó.

Su Majestad debería tener algún gesto también para con los que viven en Cataluña y se sienten españoles y no contemporizar solamente con aquellos que quieren romper España, por más que éstos sean autoridades. La imagen que se percibe por la inmensa mayoría de los ciudadanos es que el Rey se sienta solo con los secesionistas. Y vuelvo a aclarar, que entendiendo la asistencia a estos actos por la naturaleza de su papel institucional, pero dado que las cosas están como están por el interés partidista y la dejadez de los partidos gobernantes de 1975 acá, el Rey no hace gesto alguno en favor de los catalanes oprimidos.

Quienes asesoran a su Majestad parecen desconocer con quienes se están jugando los cuartos, como suele decirse. Ni tampoco percatarse de las innumerables trampas que este deleznable gobierno le tienden día sí y día también. Debería su Majestad recapacitar sobre la historia de sus mayores. Su bisabuelo Alfonso XIII acabó en el exilio en Roma. Su abuelo, al que algunos antañones monárquicos llamaron Juan III siempre vivió en el exilio portugués y su padre D. Juan Carlos, exiliado también -no se sabe bien si voluntaria o forzosamente- vive su jubilación en tierras lejanas y extrañas.

Majestad, con la ralea imperante, por votación en el Congreso y por traición en el gobierno, no caben debilidades ni templar gaitas porque no hace falta acudir a grandes y sesudos estrategas para saber que lo que persigue la ralea es, en el mejor de los casos, ponerle en la frontera o en roman paladino, de patitas en la calle. En el peor, no quiero ni pensarlo, porque ya ha habido algún loco que lo ha verbalizado y otros que hacen hogueras con su retrato.