Existir es, en esencia, permanecer en permanente estado de combate: contra todo enemigo, empezando por uno mismo, y contra cada uno de nuestros adversarios, comenzando por los interiores; en todo momento, lugar y circunstancia. La paz es un privilegio exclusivo de los muertos; y la lucha es, por contra, el sino existencial de los vivos. Homero escribió: “Sólo existe un buen presagio: el de combatir por tu patria”. Y Horacio dejó dicho: “Dulce y honorable es morir por la patria”.

Para Ernst Jünger, sin embargo, la guerra es un evento cósmico sujeto a realidades superiores: “La guerra es un acontecimiento espiritual, un encuentro de fuerzas físicas”. Lo mismo puede decirse siguiendo la “metafísica de la guerra” de Julius Evola: “Las situaciones, los riesgos, las pruebas inherentes a las hazañas guerreras provocan la aparición del enemigo interior, el cual, en calidad de instinto de conservación, cobardía o crueldad, lástima o furor ciego, se considera que es lo que hay que vencer en el acto mismo de combatir al enemigo exterior”. Europa, al fin y a la postre, se fundó sobre un incomparable texto homérico referente a la Guerra de Troya. El concepto griego relativo a la palabra guerra, pólemos, resulta fundamental para entender la filosofía occidental: de Heráclito de Éfeso, que la consideraba “padre de todas las cosas” a Julien Freund, que la distinguía del término agón, relativo a las disputas puramente dialécticas.

Recuerdo ver entusiasmado, en mi infancia, una película llamada El último samurai (2003). Formaba parte de una oleada difícilmente recuperable de cine que, más allá de su muy cuestionable categoría artística, fue capaz de hacer retornar para toda una generación de niños (algunos de ellos, como quien esto escribe, muy jóvenes entonces) el arquetipo del héroe. Me refiero a títulos inolvidables como Gladiator (2000), Braveheart (1995), El último mohicano (1992) o El reino de los cielos (2005). Películas de ambientación histórica que pude ver en el cine, gracias a la permisividad de mis padres, o en la televisión, dada la buena selección gratuita de antaño. Y, sobre todo, al grado explícito de humanidad todavía existente entre el sujeto contemporáneo.

La película antes mencionada, protagonizada por Tom Cruise, tiene ecos evidentes que remiten a la excelente novela de Michael Blake, posteriormente adaptada por Kevin Costner, Bailando con lobos (1990); o incluso con la célebre película de Roland Joffé, La misión (1986), donde por cierto se incluyen las dos formas canónicas de entender la religiosidad: la pasiva en el sacerdote interpretado por Jeremy Irons y la activa en el soldado interpretado por Robert De Niro. La novela de Blake narra la historia de un soldado estadounidense en la Guerra de Sucesión que se encuentra sumido en plena crisis existencial y que, finalmente, acaba siendo cautivado por la cultura tradicional (sean los nativos norteamericanos, sean los samurais japoneses) con los que entra en contacto. Y por eso es que el occidental termina convertido en el último samurai cuando el resto del grupo es aniquilado a manos de la cultura foránea.

Ocurrió el 21 de mayo de 2013. La Catedral de Notre Dame estaba llena ese día. Más de 1.500 personas vieron como un anciano de 78 años subía al altar, a continuación depositó cuidadosamente un sobre sellado en el suelo y se descerrajó un tiro en la boca. Rindiendo un homenaje a su admirado Yukio Mishima y, al tiempo, representando ritualmente el suicidio de Occidente ante el empuje cultural de la posmodernidad, el islam y el liberalismo que han terminado por destruir los valores de la Tradición Sapiencial. Escribe Dominique Venner en su nota póstuma: “Me doy la muerte con el fin de despertar las conciencias adormecidas. Me sublevo contra la fatalidad. Me sublevo contra los venenos del alma y contra los deseos individuales que, invadiéndolo todo, destruyen nuestros anclajes identitarios y especialmente la familia, base íntima de nuestra civilización milenaria. Al tiempo que defiendo la identidad de todos los pueblos en su propia patria, me sublevo también contra el crimen encaminado a reemplazar nuestras poblaciones”. Se trata del último samurai oficiando el ritual del seppuku. Y nosotros, los europeos que desistimos de atender su llamada, somos los traidores que han transigido con el enemigo al devenir también bárbaros.

En la novela antes aludida, Baila con lobos, su autor, Michael Blake, postula para su protagonista un trayecto análogo al que debemos recorrer nosotros ahora. Lo hace partiendo de una experiencia religiosa de metanoia que acabará desembocando en un despertar espiritual tras superar una experiencia cercana a la muerte. John Dunbar es un soldado que se encuentra gravemente herido de la pierna (a la manera del talón de Aquiles), ha perdido el sentido de la vida, se siente desarraigado, y trata de suicidarse acercándose a la trinchera enemiga en plena Guerra de Sucesión: una acción que finalmente se convertirá en heroica al facilitar el paso de los suyos y, con ello, la victoria de su ejército. Después de eso, podrá elegir destino decidiendo marchar hacia la frontera donde se quedará en un fuerte abandonado que tendrá que reformar después del mal uso que le habían dado sus últimos habitantes. Allí establecerá una relación profunda con la naturaleza, con su caballo y con un lobo de la zona. Pronto conocerá también a los indios, en cuya cultura se integrará para volver a encontrar el sentido de la existencia, la experiencia de la comunidad y finalmente también el amor. El trayecto de Dunbar es el de la reintegración en la existencia por medio de la profundización en las raíces culturales identitarias de su tierra: aquellas que la sociedad de su tiempo en principio consideraban un enemigo.

Con 18 años, Venner se alistó en el ejército. Quiso seguir los pasos de su admirado Ernst Jünger. Coincidió con su contemporáneo Alain de Benoist (otro discípulo aventajado y amigo de Jünger) en el interés por la Historia al margen de los parámetros académicos. Y con otro gran defensor francés de Europa, Guillaume Faye, en la defensa del neopaganismo homérico como verdadera identidad cultural. Fue encarcelado durante 18 meses en los años 60 por ser miembro del grupo nacionalista Jeune Nation en tiempos de conflicto en Argelia y en prisión descubrió su pasión por la escritura. Participó en distintos grupos orientados hacia la acción como GRECE junto a algunos jóvenes de lo que se considera “extrema derecha” como Pierre Vial. Sin embargo, siempre desconfió de la política y por eso prefirió dedicarse al pensamiento en páginas tales como las publicadas en la revista Europe-Action, fundada en 1963 y finalizada en 1967. A pesar del paso del tiempo, Venner se mantuvo en esencia fiel a los principios que cristalizaron en dicha publicación. Precisamente por eso, nunca adquirió una postura fatalista frente a la decadencia Europea. Su suicidio a la edad de 78 años no fue una huida sino una invitación a la resistencia, a la reacción, a la revolución-conservadora.

Hay dos odios cervales que en estos momentos están siendo implementados en Occidente: uno contra el hombre heterosexual y otro contra el hombre blanco. Al hombre blanco se le acusa de descender de esclavizadores desde postulados colonialistas. Y al hombre heterosexual se le acusa de machista desde postulados feminsitas. Son dos ideologías del odio, el colonialismo y el feminismo de tercera ola, creadas a la contra: partiendo de una definición positiva que se diferencia del enemigo natural contra el que pretenden luchar. Ambas ideologías, pues eso es lo que son, parten de un doble interés: los pueblos colonizados que ahora pretenden expandirse geográficamente en venganza por el oprobio sufrido; y unas élites globalistas que promueven el feminismo para enfrentar a las mujeres con los hombres y así poder reducir la población mundial. Este segundo grupo remonta su argumentario a Charles Darwin y Francis Galton; antes que ellos, a Thomas Malthus y Adam Smith; para remontarse, en último término, a Juan Calvino, para el que la salvación estaba ligada a la creación de riqueza. Esta recua de pensadores tiene en común un determinismo de corte económico sustentado en los recursos existentes y su distribución en función de la población. Para ellos, la vida sería una lucha por esos recursos. Las élites globalistas asumen dichos postulados temerosos de que no haya recursos suficientes para grandes capas de la población y se creen, en cuanto que minoría selecta poseedora de la riqueza, habilitados para tratar de revertir la situación evitando el crecimiento de la población mundial y la reproducción de aquellos a los que consideran perdedores en la selección de la “mano invisible” del mercado.

Incluso Karl Marx comparte una visión del mundo malthusiana, es decir, proveniente del calvinismo, puesto que comprende, mediante su famoso concepto de “plusvalía”, que el bienestar de unos siempre conlleva la explotación de los otros puesto que los recursos son limitados. De ahí se extrae una noción básica del socialismo: el culto a la igualdad. Que en la práctica lleva a la extinción del mérito, algo que los liberales quieren denunciar promoviendo un discurso del hombre hecho a sí mismo que es falso e impostado. Socialismo y liberalismo, el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial con una Europa debilitada y atrapada entre el Comunismo y el Libre Mercado, son hermanos, como ha sabido ver Juan Bautista Fuentes: “todos los marxismos de los más diversos pelajes como todos los liberalismos económicos de las más diversas cataduras son engendros hermanos ambos a la postre de una misma modernidad”. Contra las fantasías libertarias solo cabe oponer la realidad: nunca ha existido Mercado sin Estado; y el Estado secularizado derivado del nacionalismo luterano, sólo es posible en una cosmovisión güelfa que anteponga la figura del mercader a la del guerrero. En definitiva, ambas ideologías comparten una raíz común y también un enemigo común: la aristocracia de espíritu a la que quieren opone una cultura de masas, sea en versión colectivista, sea en versión consumista. Los comunistas fusilan a los aristócratas; los liberales tratan de llevarlos a la ruina; en ambos casos se les desea la muerte: la dictadura comunista destruye sus cuerpos pero la democracia social destruye sus almas.

Otro pensador del grupo de estas ideologías es Jean-Jacques Rousseau. Para él, los sujetos eran producto de la cultura y no de la naturaleza; de forma que las personas serían como folios en blanco rellenados por una serie de factores culturales de entre los que prima la educación. En vez del determinismo biológico y hasta genético que, posteriormente, definirán autores como Pinker o Dawkins, Rousseau propone un determinismo cultural. Las feministas de los años 60 con Kate Millet y Simone De Beauvoir a la cabeza, continuarán dicha tesis al defender que “no se nace mujer, se llega a ser”; un lema que la ideología de género llegará mucho más lejos: los sujetos podrán determinar su sexo despues de “deconstruir” las imposiciones genéricas (puesto que niegan la existencia de una categoría biológica como el sexo) que la sociedad les ha impuesto. La diferenciación sexo/género realizada por la ideología de género es irreal: pero desde que existe el sujeto kantiano, el conocimiento ya no viene determinado por la realidad del objeto estudiado sino por la percepción del sujeto que lo estudia.

Las ideologías son peligrosas, al decir de Roger Scruton, puesto que ocupan el espacio que ha dejado vacío la religión y proporcionan el propósito último de la existencia”.Las élites que promueven, mediante su poder y su capacidad económica, la expansión del feminismo y el colonialismo, puestos en común con la ideología de género, buscan la reducción de la población mundial. Dado que la crecida de nacimientos en algunos países africanos como Nigeria resulta imparable, estas élites buscan reducir la población europea para fomentar el traslado de grandes masas de población africana a dicho continente: una sustitución que equilibre la situación. La proliferación de técnicas anticonceptivas, la incorporación de la mujer al mundo laboral y la expansión mediática del feminismo serían técnicas empleadas para garantizar la congelación de la natalidad en Europa.

El relato culpabilizador del colonialismo ha sido desmentido dados los avances de todo signo llevados por occidente a las tierras conquistadas; y el odio hacia el hombre promovido por la culpabilización de una supuesta opresión histórica a la mujer también ha quedado desmentido puesto que la situación de la mujer nunca ha sido idéntica en todas las épocas y porque su papel social era relevante, sólo que no desde unos estándares modernos. Pero la realidad es indiferente para dos ideologías que son utilizadas como vehículos para debilitar al hombre blanco heterosexual: aquel que no debe reproducirse y que en ningún caso tendrá voz ni voto en el grado último de odio demostrado por la mujer hacia el hombre: el aborto. Recordemos, a este respecto, que el aborto ha sido promovido históricamente por fundaciones millonarias como la perteneciente a la familia Rockefeller; y por personajes siniestros favorables a asuntos aberrantes tales como la eugenesia: así lo demuestra el estudio biográfico de personajes fundamentales en la historia de su implementación, de entre los que podemos destacar a Margaret Sanger. Sin embargo, a ninguno de los izquierdistas que identifica el aborto con una conquista social parece importalre la verdad en torno a dicha cuestión. También habría que añadir un relato culpabilizador más: el del ecologismo que nos acusa de estar dañando el planeta simplemente por respirar, por trasladarnos al trabajo o por encender una lámpara para leer. Es mejor para el planeta, dicen los ecologistas, que no haya seres humanos. Otra razón más para dejar de tener hijos: la culpa por el así llamado “cambio climático”.

En el mundo de la moda, de la publicidad y de la ficción, poco a poco se va imponiendo la imagen desvirilizadora del andrógino. Algo que tiene su correlato en la así llamada “deconstrucción masculina”. El objetivo es erradicar de nuestra Cultura toda concepción castrense de la vida, cualquier atisbo de épica y de heroicidad en nuestros ideales, para que no haya ninguna exaltación posible de aquello que tradicionalmente se consideraba virtuoso. Ariadna y Medea, dos mujeres de la mitología abandonadas respectivamente por Teseo y Jasón, son las inspiradoras, en cuanto que arquetipos (como ha analizado Lucas Carena), de la mujer del siglo XXI: resentidas contra el hombre. Pura misandria que considera toda relación sexual una violación y cualquier atisbo de la actitud tradicional del hombre como “machista”, “cosificadora” o “patriarcal”. Como ocurriera con la figura igualmente maniquea del colonizador, se hace necesario crear un supuesto relato histórico de atrocidades que legitime dicha actitud en el presente. A pesar de la imposición mediática y hasta educativa de dicho relato, sin embargo, no ha calado del todo puesto que su fondo es del todo antinatural: está en la naturaleza de la mujer emparejarse con el hombre y formar una familia.

La homofilia y la xenofilia también son alentadas mediáticamente para acabar con la natalidad europea y, así, poder reducir la población mundial mandando sucesivas oleadas de inmigrantes a Europa. Son dos estrategias culturales sustentadas por amplios capitales que favorecen su integración en los grandes focos de control del imaginario de nuestra sociedad: la educación, los medios de comunicación y la ficción. Su propósito es cambiar la propia faz de Europa desde dentro: creando una anti-Europa que la sustituya poblada por unos así llamados “nuevos europeos” representantes de unos valores opuestos por completo a los que por costumbre se han defendido en suelo culturalmente grecolatino. La Unión Europea no es Europa, aunque algunos de sus fundadores así lo quisieran, porque dicha organización pretende en la actualidad vaciar de contenido a los Estados-Nación que en la Modernidad han protagonizado la Historia europea. La realidad es que, políticamente hablando, dicha organización ha terminado siendo colonizada por viejos pensadores del 68 francés que nada tienen que ver con las ideas cristianas fundacionales expresadas por Otto de Habsburgo, Jean Monnet, Konrad Adenauer o Robert Schuman. Sin una religión común aglutinante, el centro hermanador de las sociedades y de los hombres desaparece, expulsando a los pueblos y a las personas a un flujo que no descansa sobre eje sólido alguno.

La Historia del Mundo Moderno en Occidente es la historia de la progresiva disolución de la sociedad tradicional europea. Hechos tan relevantes como la Revolución Francesa, la Independencia norteamericana y su posterior Guerra de Secesión, la unificación italiana realizada por el Norte o los procesos de independencia en Hispanoamérica durante el siglo XIX son fruto, en buena medida, de la acción de una misma organización “discreta”: la Masonería en su vertiente especulativa. Sus valores son los mismos de los enemigos de Europa porque en buena medida ellos han elegido representar ese papel. Sin el fin de la Cristiandad no habría existido el anglicanismo y sin éste no existiría la Masonería especulativa. El Gran Oriente de Francia ahondó, al fundamentar sus principios, en la secularización desacralizada. Lo cual tenía, a su vez, un correlato político: la necesidad de crear una Sociedad de las Naciones, proyecto posteriormente rebautizado como Naciones Unidas.

La Ilustración ha pretendido imponer una moral única universal desacralizada. La Masonería especulativa abandonó cualquier atisbo de principio sagrado para entregarse, a cambio, a la ideología liberal de los Derechos Humanos postulada, principalmente, por dos pensadores: John Locke (1602-1734) e Immanuel Kant (1724-1804). Reducir la sociedad a un Contrato Social, en la línea rousseauniana de los derechos y deberes, supone disolver todos los vínculos comunes, así como cualquier atisbo de preservación de la tradición. Asimismo, conlleva la erradicación del amor como afecto básico de toda comunidad y del sacrificio como principio rector de la convivencia común; para imponer, a cambio, una lógica mercantilista, sustentada en el egoísmo y en el hedonismo, que reduce cualquier acción conjunta a una sencilla lógica de gélida “razón instrumental”: calculando costes y beneficios, en el plano individual. La versión secularizada de la salvación humana sería el ideal gaseoso de felicidad que más adelante encontraría en el consumo su vehículo perfecto de transmisión entre los sujetos. También lleva aparejada consigo una visión panteísta de la Naturaleza que, según la obra de pensadores como Baruch Spinoza (1632-1677) o Henry David Thoreau (1817-1862), sería equivalente directo a Dios, ese “Gran Arquitecto Universal”. Sin embargo, ese culto a la Naturaleza no ha llevado consigo como correlato un conservadurismo de los recursos sino que ha fomentado, paradójicamente, su expolio más irresponsable hasta fechas muy recientes. No podemos olvidar, en ese sentido, cómo algunos de los masones que más han influido en la política mundial, tales como Theodore Roosevelt o Al Gore, han sido adalides declarados del ecologismo.

Juan Calvino (1509-1564) es el inventor del Homo œconomicus que sustituyó al  Zoon politikón. Con él se inaugura una antropología del hombre nuevo que, a pesar de los matices que se le quieran añadir, comparten el socialismo y el liberalismo. Los comunistas, al fin y a la postre, odiaban a los kulaks exactamente igual que los liberales detestan hoy a los rednecks. Su fin es la felicidad universal por medio de un progreso tecno-económico que nos conducirá al fin de la historia. La humanidad es una categoría que el hombre se confiere a sí mismo en un mundo secularizado para distanciarse del resto de los seres vivos. En el culto, por medio de la entronización de la cultura como red de significados creados artificialmente por el hombre, se encuentra una supuesta superación de la naturaleza a través del desarrollo de la técnica. Esa diferenciación entre naturaleza y cultura; e incluso entre naturaleza y técnica ha acabado derivando en una destrucción terrible de nuestros recursos, en una servidumbre suicida hacia nuestra técnica y en un sincretismo cultural que ha sido bautizado por sus profetas como “multiculturalismo”.

Joseph De Maistre (1753-1821) acusó a Francis Bacon (1521-1626) de inspirar la Revolución Francesa con sus ideas puesto que su filosofía subvierte el fin del conocimiento, esto es, la contemplación; en su lugar, pretende poner el saber al servicio de la utilidad humana y de los fines; y no a disposición de la Verdad. Más tarde, con Locke, se pasa de la idea de bien a la idea del valor como eje de la acción humana. Para él, es el hombre quien determina y, sobre todo, quien se autodetermina trabajando y escogiendo a qué merece la pena dedicarle la existencia. Posteriormente, Kant establecerá que la cultura es lo que domina la naturaleza, cuyo último estadio es la autodeterminación que el sujeto usa para dominar su propia naturaleza humana, que es imperfecta puesto que sufrió la “caída” al ser expulsada del Paraíso o Edad de Oro, como nos enseña la mitología.

El relativismo es una postfilosofía nacida del oscurecimiento de la metafísica, de la verdad y de la belleza. Para Rémi Brague, “La renuncia a la verdad es el precio que hay que pagar para obtener la democracia”. El proceso, sin embargo, comienza mucho antes: a partir del desmoronamiento de la Cristiandad con la llegada de la Reforma, desaparece cualquier atisbo de sociedad tradicional en Europa junto con la noción de Verdad revelada. En su lugar, el sujeto ya no cumple los mandatos divinos, que considera viejas costumbres humanas que se quieren hacer pasar por sobrenaturales, y ni siquiera puede confiar ciegamente en el magisterio terrenal otorgado por un sacerdote a modo de representante terrenal de la sacralidad, sino que se basa únicamente en la fe y en la relación personal con Dios. La noción de predestinación y la noción de conciencia terminan de cerrar el círculo.

El intelectual, entendido como clérigo laico, tratará de crear sistemas de pensamiento coherentes;  más tarde llegarán los psicólogos, coach e incluso los celebérrimos influencers como modelos a imitar semejantes a los santos y los héroes de otros tiempos. Aquellos que niegan la categoría teológica de la Verdad afirman dicho aserto con la firme creencia de que, en efecto, constituye una verdad. Roger Scruton lo escribe así: “El derrocamiento de la razón va de la mano de un escepticismo sobre la verdad objetiva. Las autoridades cuyas obras se citan con mayor frecuencia para desacreditar la cultura occidental son todos endurecidos escépticos. Ningún argumento puede esgrimirse frente a su desprecio por la misma cultura que hace posible la argumentación. Como descubre rápidamente el escéptico, las leyes de la verdad y la deducción racional son imposibles de defender sin darlas por supuesto al mismo tiempo”. El moralismo imperante ha generado un totalitarismo de nuevo cuño, líquido y postmoderno, que delimita cuidadosamente los márgenes que no se pueden sobrepasar en el debate público. Algo en lo que, por supuesto, Estado y Mercado confluyen: las normativas internas de las empresas privadas y las leyes comunes de los organismos públicos coinciden en blindar la corrección política frente a sus refractarios. Un supuesto discurso antisistema vela de manera inmejorable por los intereses del Sistema.

Autores clásicos como Friedrich List (1789-1846) o más recientemente Marcelo Gullo (Madre Patria) demuestran de qué forma las potencias marinas anglosajonas han utilizado el libre comercio de forma que se puedan enriquecer cuando dispongan de una situación ventajosa en lo que a recursos se refiere. En ese sentido, existe una necesidad incómoda de reconocer del Estado para salvar al Mercado y sus oligarcas en tiempos de crisis. De la misma forma, el Mercado necesita una aparente oposición contracultural utópica en forma de ideales elevados y redistribución de la riqueza que facilitan los grupos artísticos hippies y los grupos políticos sesentayochistas, generalmente financiados y patrocinados por el Estado. Sin la teoría política del Leviatán postulada por Thomas Hobbes (1588-1679), no habría existido la teoría económica de la mano invisible del mercado defendida por Adam Smith (1723-1790). Se trata de algo señalado ya por Bertrand de Jouvenel: “Hobbes es el filósofo de la economía política. Su concepción del hombre es idéntica a la del homo oeconomicus”. Y aunque la visión de la condición humana optimista del economista escocés contrasta con el pesimismo antropológico del filósofo inglés, hay un mismo desprecio por el hombre. Hobbes postula, como más tarde hará explícito Mussolini, que no puede haber nada fuera del Estado; y Smith dirá, como más tarde afirmarán Rothbard y tantos otros, que el Mercado sólo funciona libre de influencias estatales. Sin embargo, en ambas concepciones, Estado y Mercado son superestructuras que subyugan la libre autogestión de las comunidades. Las sociedades autoconstituidas, en estas dos concepciones aparentemente antitéticas, quedan disueltas dado el omnívoro poder de, respectivamente, Estado y Mercado.

Si se niega el origen divino del hombre, se niega su lugar como parte de la creación y como ser más perfecto de la misma, forjado a imagen y semejanza de su Creador. Si la imperfección de la condición humana puede ser corregida por la educación, también puede ser diseñada por la tecnología. Es el paso de homo sapiens a homo deus. De forma que la negación de Dios y de lo sacro que pretendía posicionar lo humano en el centro del universo, como reza el dogma humanista-iluminista, se termina negando lo humano para posicionar lo técnico como estadio final de lo creado. Nuestro mundo, de hecho, ya prescinde de lo humano, tras someterlo al dominio y a la superioridad de la técnica. La lógica mecánica ya ha sustituido a la lógica humana, otrora derivada del soplo divino o espíritu otorgado amorosamente por la divinidad.

Despojarse de Dios y de sus mandatos, nos dice el liberalismo por medio de la razón que nos enseña a construir a partir de la nada, de lo existente y de lo visible supone alcanzar “la mayoría de edad” para el hombre. Ya no se crea a partir de lo creado, sino partiendo de una tabula rasa que permite cualquier tropelía que se considere oportuna. Sin límites no hay sentimiento trágico de la vida: sólo existe la levedad, el optimismo capitalista, el culto a la técnica y a la economía como nuevos dioses que nos salvarán de la debacle. La máquina se convierte entonces en el ser más perfecto de la creación. La hermandad forjada entre industrialización y espiritismo característica de fenómenos decimonónicos tales como el mesmerismo y sus derivados teosóficos, evolucionará por las sucesivas Revoluciones Industriales hasta alumbrar la digitalización y el auge de la New Age en Sillicon Valley. Del culto al sol se ha pasado al culto a la electricidad. El sincretismo y el posthumanismo resultan indisociables el uno del otro. La humanidad entendida como engorroso escollo presta a ser asistida por el transhumanismo encuentra tanto justificaciones materiales como explicaciones de índole pseudoespiritual y contrainiciática.

La filosofía liberal es, como la de cualquier ideología moderna (pleonasmo), perfectamente utópica. Se proyecta hacia el futuro sin aceptar la imperfección natural del ser humano; pretendiendo cambiarla. El hombre virtuoso aristotélico sometía las pasiones inferiores al intelecto: la áscesis, pues, consiste en un dominio interior; el mundo del comercio, sin embargo, proyecta hacia el exterior esa fuerza vitalista de los hombres; de la conquista de uno mismo que proponían los antiguos hemos pasado a la conquista del mundo exterior que proponen los modernos. Para Spengler, vivimos en un tiempo fáustico donde la implementación de la magia y la alquimia a partir del Renacimiento y sobre todo durante la Ilustración y el Romanticismo brindará la aparición de la técnica que caracteriza nuestro tiempo donde el hombre se erigirá como dominador de la naturaleza exterior del mundo y determinador de la naturaleza interior del hombre. De esta forma, el oficio de tiempos pretéritos equivaldrá a la identidad que en el presente ostenta el trabajador.

Personajes tan nefastos como el masón Edward Mandell House, a la sazón jefe de Gabinete del Presidente norteamericano Woodrow Wilson, y el también masón Frank Billings Kellogg, secretario de Estado en el gabinete de Calvin Coolidge, firmaron pactos tan desastrosos para Europa como “Los Catorce Puntos” de 1918 (al término de la IGM) o el “Pacto Kellogg-Briand” de 1928. Son intentos por crear un Gobierno Mundial que anticipan el proyecto totalitario que encarna la ONU (fundada tras la IIGM en 1945) bajo el ilusorio estandarte de acabar con las guerras. La guerra es inherente a la política, necesaria a la hora de forjar una identidad personal e ínsita a las comunidades humanas: su contención por medio del dominio vertical, de arriba hacia abajo, emanado por un único Gobierno Mundial, sólo puede significar la erradicación de la política y de los hombres, esto es, de la soberanía política y de la libertad humana.

Sin fronteras, entonces, no existe política real ni identidad verdadera. La Primera Guerra Mundial iniciada en 1914 supone el punto de inflexión que marca la diferencia entre una Europa imperial milenaria y una Europa nacional que, en apenas unas décadas, volvería a enfrentarse en otra guerra devastadora para acabar siendo desguazada y entregada a organismos internacionales, tales como la ONU, la OTAN e incluso la UE, de vocación pacifista. En un plano ideológico, se trata de la consumación de una victoria: la del mundo anglosajón sobre el mundo Europeo, que se había iniciado en 1723 con la Constitución masónica (“masón” en francés significa albañil) del pastor anglicano James Anderson. El país fundado por el masón George Washington sobre las ideas del también masón Benjamin Franklin ha sido proyectado desde su establecimiento por sus más relevantes “Padres Fundadores” como un hijo parricida de la Vieja Europa.

La Sociedad de las Naciones propuesta por el masón Woodrow Wilson supuso el triunfo del bien encarnado en el liberalismo político y el libre comercio. En clara antítesis, el ideal pangermánico del bien caía derrotado. Como más tarde Winston Churchill (para quien “los imperios del futuro serán los imperios de la mente”), en su momento el Presidente Wilson se propuso que ninguna potencia europeo tuviera opción a descollar o a dominar el continente, extinguiendo con ello cualquier atisbo de vocación imperial. Los imperios, para estos masones, debían quedar sepultados en los libros de Historia: horadados por el luteranismo en el primer instante de la Modernidad, heridos de gravedad por el jacobinismo centralista en los albores revolucionarios del siglo XVIII y finalmente desguazados por las Guerras Napoleónicas que harían tambalearse al continente entero de una forma únicamente comparable a la de la Guerra Civil Europa (E. Nolte) incoada en 1914. Tras el reparto de Europa después de la IIGM por parte de la URSS masificada y de los EEUU consumistas, nació la Comunidad Económica Europea que terminaría desembocando en la UE aburguesada de los tecnócratas.

Frente a la “sociedad abierta” intolerante con los intolerantes (¡!) propuesta por Karl Popper, otro pensador judío de fuertes vínculos con el mundo anglosajón político, Leo Strauss, diseñó una teoría política alternativa a la del filósofo austriaco. Si Popper ha tenido en el influyente filántropo George Soros (cuyo nombre real es György Schwartz), Strauss tuvo en Paul Wolfowitz, presidente del Banco Mundial y principal responsable de la guerra contra Sadam Husein junto a Dick Cheney y a Donald Rumsfeld, a su gran continuador. La leyenda de las “armas de destrucción masiva” no sería más que la aplicación de las “mentiras nobles” neoplatónicas postuladas por Strauss que han alimentado a los neoconservadores más influyentes y mejor relacionados con la industria armamentística y la industria petrolífera de los Estados Unidos en las últimas décadas.

Los problemas, por generalizados que sean, no pueden acarrear soluciones globales. Como explica Roger Scruton, deben ser abordados de manera local: “Solo a nivel local es realista alguna esperanza de mejora. Porque no hay pruebas de que las instituciones políticas globales hayan hecho nada por limitar el daño, al contrario, al animar a la comunicación internacional y erosionar la soberanía nacional, han alimentado la entropía global y debilitado las únicas verdaderas fuentes de resistencia”. A nivel práctico, no tenemos ninguna evidencia de que el Fondo Monetario Internacional o el Banco Central Europeo hayan sido capaces de evitar crisis económica alguna; o de que la Organización de las Naciones Unidas o la Unión Europea hayan conseguido paliar las consecuencias de, por ejemplo, la Guerra de los Balcanes. Sin embargo, tenemos evidencias más que suficientes para probar de qué forma nuestra soberanía se ha visto mermada, especialmente en situaciones de “excepcionalidad”, a la hora de tomar decisiones cruciales sobre nuestro futuro.

Sin una identidad común ni la responsabilidad de conservar el pasado para poder transmitirlo íntegro al futuro, sólo nos une la burocracia de los tecnócratas que nos gobiernan y los intereses económicos compartidos que hacen las veces de lo que antaño fueron los afectos. La traición de los europeos, en ese sentido, es la claudicación a la hora de plantear resistencia contra ese proceso impuesto desde fuera por ciertas élites europeas y, sobre todo, por unos Estados Unidos de América (primer país de la Historia fundamentado sobre una cosmovisión derivada de sus fundadores masones) interesados desde 1898 por el debilitamiento de Europa y la guerra subrepticia desde dicha fecha contra sus naciones más poderosas. Aceptar la aculturación y el desarraigo como señas de identidad significa abrazar las cadenas, asumir nuestra condición de bárbaros en vez de buscar pelear por lo perdido.

Convertir a las mujeres en consumidoras plenas en el frenesí exterior pero vacías en lo relativo a la vida interior, enfrentar sus intereses a los del feto rompiendo una unidad natural y plantear el aborto como un acto de autoafirmación son pasos esenciales en la alimentación del narcisismo con el que se pretende borrar todo rastro de maternidad en las mujeres. Esa total desconexión con la sociedad que se quiere promover en las mujeres tiene en la reciente campaña de publicidad del juguete sexual satisfyer un momento culminante: ya no es necesario el hombre para el placer, nos dicen. Algo que, unido al consumo de pornografía y al incremento del lesbianismo, termina por distanciar a hombres y mujeres en algo tan natural y beneficioso como lo es el deseo mutuo. El propio nombre del producto, de origen anglosajón, evidencia que los europeos hemos dejado de ser tales, culturalmente hablando, para devenir norteamericanos en todos los ámbitos. Promoviendo el aislamiento, facilitando la explotación y dando rienda suelta al consumo.

La mujer, no lo olvidemos, es el sujeto que más sufre de nuestro tiempo. El poder que imbrica Estado y Mercado se ha propuesto mutilar la naturaleza femenina abortando sus tendencias vitales para proponer, a cambio, un modelo del todo artificioso que se quiere hacer pasar por progresista y “liberado”. Extirpar su condición natural sólo puede producir desasosiego pero la constatación de ese mismo desasosiego en cada mujer lleva a la culpa por no ser lo suficientemente progresista y liberada como exigen los estándares de la época. En ese debate interno de la mujer puede residir la auténtica clave de la supervivencia europea. Ser consumidora (en cuanto que compradora), una productora (en cuanto que trabajadora) y una tributadora (en cuanto que cesora) implica alcanzar el estadio final del cambio iniciado en los años 60; rechazar cualquier aspecto de ese modelo para abrazar la maternidad, la entrega al otro y la caridad sólo puede ser percibido como una regresión moral. La gran lucha de nuestro tiempo, por lo tanto, no puede ser otra que la lucha por recuperar a la mujer y porque ésta pueda abrazar sin complejos su condición natural que ansía entregarse a los otros (¿por qué la mayoría aplastante de enfermeras son mujeres?), cuyo grado último lo constituye la maternidad.

La mutilación del sujeto contemporáneo encarnado en los hombres y mujeres que diariamente niegan su condición, no habría sido posible sin la instrumentalización de la educación y la manipulación mediática para facilitar el éxito de la ingeniería social. La propaganda insuflada desde los mass media desde el final de la Segunda Guerra Mundial es lo suficientemente elocuente como para haber creado una realidad paralela que, para muchos, es más real que la propia realidad constatable de nuestras vidas: aquello que Debord llamó Espectáculo y que Baudrillard calificó de Simulacro. La lucha por el imaginario debe destruir desde dentro dicha construcción. Sin embargo, es ahí donde entra la hipocresía puritana que diferencia de manera tangencial entre vida pública y vida privada, organizando la primera según unos estándares homogeneizadores a los que cualquier ciudadano debe atenerse mientras esté sometido a la mirada ajena. Las buenas formas, según esta concepción, priman sobre aquello que es honesto, natural y popular; estos valores, de hecho, serán mostrados como abominables frente a la versión políticamente correcta de nosotros mismos que debemos proyectar.

La ausencia de ofensa nos ha llevado a una indefinición crónica que acaba desembocando en la disolución total de las identidades bien definidas. La imagen extrema de lo políticamente correcto es la “cancelación”. Se trata de una caída pública en desgracia a consecuencia de unas acusaciones de vulneración de los principios del decoro social. No es necesario que un juez corrobore dichas acusaciones: basta con el hecho mismo de la denuncia, sobre todo si el culpable es un hombre y quien acusa una mujer. El grado máximo de misandria va un paso más allá de la simple “cancelación”: es la creación del “feminicidio”. Se trata de un homicidio cometido por un hombre y cuyo móvil no sería otro que la condición femenina de la víctima. Lo políticamente correcto ha conseguido reducirlo todo al sexo, la raza o la identidad sexual de los personajes involucrados sin que intervengan otros factores: una nueva forma de determinismo que, una vez más, vulnera el libre albedrío y el personalismo católicos. Según el feminicidio, que ya tiene una base legal en España, los hombres matan a las mujeres por considerarlas inferiores y propias, esto es, un simple objeto que les pertenece y pueden desechar. Incluso en la victoria de Donald Trump sobre Hillary Clinton, múltiples periodistas dijeron que todo se debía a que la perdedora era una mujer y la sociedad no quería tener una presidenta debido a la carga histórica del patriarcado.

Más allá de la anécdota, la entrada del feminicidio en la legislación española supone la aceptación de la segregación contra los hombres por parte de la sociedad europea. Una desigualdad legal que supuestamente propicia una ”discriminación positiva” pero que en la práctica promueve el odio por motivos de sexo, el aislamiento social y el desamparo legal de la mitad de la ciudadanía. Haber nacido hombre en el siglo XXI, como haber nacido blanco, te convierte en un criminal en potencia debido a la carga de un pasado legendario que la mayoría de la población cree, desde la ignorancia, como rigurosamente cierto: es la consecuencia del revisionismo anglosajón importado a suelo europeo con fines políticos de debilitamiento, dado que los sentimientos identitarios en torno a aspectos tangenciales como la raza, la orientación sexual o determinados sentimientos pretenden horadar y sustituir a las grandes luchas sociales, atomizando la sociedad y reduciendo los problemas de los individuos a meras neurosis concretas. Y no sólo: se ha creado toda una industria de la solidaridad que cuenta con poderosísimas ONGs e instrumentos estatales para sacar partido de la culpabilidad europea con supuestas ayudas al Tercer Mundo de las que viven, a través de dietas y subvenciones, miles de aprovechados amparados en un discurso victimista.

La culpa judeocristiana se ha convertido en una seña de identidad de la burguesía. Para paliar dicho sentimiento de malestar, los burgueses han puesto en marcha toda una industria de la solidaridad basada en el amor a la otredad, el apadrinamiento del Tercer Mundo y la acogida buenista del inmigrante. Útil para absolver las malas conciencias de la clase media consumista, esta estrategia supone un verdadero suicidio a largo plazo en términos de civilización. Una sustitución está teniendo lugar a consecuencia de la islamización de Europa. Las sociedades del pasado contaban historias protagonizadas por héroes: sus sociedades eran fuertes; las sociedades de nuestro tiempo cuentan historias protagonizadas por víctimas: sus sociedades caminan a pasos agigantados hacia la descomposición. Éxitos de venta recientes como los de Douglas Murray (La extraña muerte de Europa) y Christophe Guilluy (No society: El fin de la clase media occidental), a la par que recientes debates mediáticos sobre estos temas, ponen de relieve que la situación es cada vez más evidente aunque la soluciones siguen pareciendo igualmente lejanas.