Queridos lectores: puesto que sois personas cabales y con dos dedos de frente, asumo que en algún momento alguien, convencido de expresar un pensamiento y no una flatulencia mental, os ha lanzado con mirada turbia por lo menos una de estas acusaciones: fascista, homófobo, antiguo, casposo, xenófobo, racista, misógino, especista, supremacista, machista

O tal vez hayáis sido discretos en la expresión de vuestras opiniones; hablando de manera figurada, no habéis dado las perlas de vuestras opiniones en pasto a los cerdos, como recomienda el Evangelio. En ese caso quizá hayáis evitado ser apostrofados de esa manera, por parte de esos seres fanatizados, individualistas troquelados en serie, cuya ignorancia es sólo comparable a su arrogancia. Pero aun así, todo hombre o mujer libre ha sentido alguna vez, al menos implícita u oscuramente, que se le etiqueta de esta manera. 

Todos hemos oído hasta la saciedad, en efecto, esta serie de palabras policía con las que, en realidad, se nos quiere decir una sola cosa: existe un pensamiento único y lo que tú piensas está fuera. No se admite porque no es una opinión sino una etiqueta. Como en la expresión viejopensar de la distopía 1984 de Orwell (en mi libro Crónicas de un occidente enfermo comento extensamente esta gran obra) que indica, bajo esta etiqueta colectiva, la no conformidad a la doctrina oficial.

De manera parecida, cuáles sean concretamente las opiniones del “fascista” o del “xenófobo” o incluso cuál sea el significado de estas palabras, carece de importancia. Lo que importa es que ponerles esa etiqueta desacredita las ideas y a quien las sostiene, a los ojos del necio de turno imbuido de corrección política que siempre piensa lo que se espera de él.

De hecho, cuando oigo a alguien usar una de esas palabras para desacreditar, no es que lo imagine, sino que casi veo físicamente escrito en su frente “soy un imbécil” …

Por otra parte hay también quien, sin ser activista o rabioso, es tan políticamente correcto, tan teledirigido en su emancipación y autonomía personal, con su inconformismo tan encauzado en raíles fijos, que jamás le han llamado nada de lo anterior. Los que han alcanzado este nivel de perfección se merecen un certificado de imbécil en toda regla que debería tener valor legal.

Y ahora un pequeño diccionario (muy incompleto) para ver lo que significan estas palabras policía en realidad, por como son usadas.

Fascista. Casi superfluo comentar esto, tan hartos estamos de ver cómo estúpidos ignorantes, que no tienen ni puñetera idea de nada y menos de lo que fue el fascismo, usan esta palabra para referirse a quienes se salen un milímetro de la melaza mental progresista.

Homófobo. Dícese de quienes consideran la homosexualidad una desviación sexual, niegan la equivalencia de sus uniones a la familia natural y rechazan su pretensión, aberrante y frívola, de criar o educar niños. Nada que ver con odio o voluntad de persecución.

Antiguo. Quien no piensa que haya que tirar el pasado a la basura ni que todo lo nuevo sea siempre mejor. En particular no piensa que la gente hoy sea más inteligente ni mejor, ante la evidencia abrumadora de que la generalidad de la gente es cada vez más tonta y limitada.

Casposo. Más de lo mismo, usado particularmente por sujetos jóvenes o de media edad por fuera, pero seniles por dentro y aquejados aún por conflictos adolescentes sin resolver con los padres.

Xenófobo. El que piensa que la patria es identidad y territorio, no unas coordenadas en un mercado global. El que distingue entre la gente propia y la ajena, se reserva el derecho de admisión y no acepta al primero que llegue.

Racista. El que sabe que las razas existen, afirmando sus diferencias como un factor importante en capacidades, inteligencia, nivel social y civilización. Sin dejarse amedrentar por la policía del pensamiento igualitaria y las mentiras que nos impone a la fuerza.

Misógino. Uno que rechaza toda la porquería feminista.

Especista. El que piensa que la esencia del ser humano consiste en estar por encima de los animales y no se siente culpable por haber salido de la animalidad.

Supremacista. El que piensa que las sinfonías de Beethoven son superiores a las danzas tribales.

Machista. El que le lleva la contraria a una mujer.

Y ahora, queridos lectores, no os lo toméis a mal si, como temo, no habéis estado a la altura de ganaros el certificado de imbécil.