En menos de medio siglo Europa ha perdido su hegemonía en el contexto mundial, y esta sensación de declive genera el miedo en el que vivimos. De hecho, más allá de debates coyunturales, y en razón de sus resultados, esta sería la idea desde la que reflexionar.

¿Dónde han quedado los valores que nos han constituido como lo que somos? Hombres y mujeres observan la situación embebidos en el hedonismo de sus vidas, pero con la tristeza en el rostro, desidia que trasparenta su actitud. Con todo, con la llegada masiva de extranjeros, Europa ha intuido que algo terrible se está fraguando, intuición que hoy se ha convertido en el temor que anuncia la tragedia: la deriva del mundo que hicimos y conocimos.

Respecto a España me apunto al pesimismo de Ortega, porque yo también concluyo que el signo de la España de hoy es la “incompetencia”. Los españoles somos incapaces, a menos que estemos bien gobernados por una autoridad rectora, de saber quiénes somos y hacía dónde hay que ir Vivimos en el tiempo de la inseguridad, porque todas las verdades se han ocultado, y el poder político se tambalea ante los intereses particulares de los más indecentes. El Ángel Caído que en España tiene representación plástica (parque del Retiro en Madrid) está encantado con nosotros, y resulta más moderno que nunca. Estamos ya en la trivialización de la misma vida, algo que es peor que la inseguridad, y el relato que se nos hace de un “mundo feliz” es pura demagogia, más propio de un panfleto. Una narración tendenciosa que está determinada por un propósito ideológico. Para colmo, hay una trasposición semántica en el lenguaje que resulta tan oscura como fatua. Para recuperarnos tendríamos que establecer una mirada formal a lo que han sido estos cuarenta años, constatar que hemos estado en las peores manos, y que aquí todo el mundo ha cedido.

La pandemia que nos afecta, cuyos resultados todavía ignoramos, nos sitúa en el contexto de la reflexión. O mejor diría, ante la toma de conciencia, porque, aprovechando o desde el propósito creado a nivel global por el Covid-19, virus cuyo origen desconocemos, puede implementarse un Nuevo Orden Mundial que expanda su programa a través de la publicidad masiva de sus medios de comunicación y del uso de técnicas de psicología conductista, potenciando y reforzando la gama de sus productos a fin de ofrecer un programa de nuevas posibilidades de progreso, y reforzando el control sobre las sociedades. De ahí el bloqueo a las amenazas de los críticos para controlar los hogares desde fuera de casa.

El lanzamiento oficial del programa se viene realizando de forma progresiva desde hace años, y de hecho ya ha producido un cambio social a una velocidad acelerada en Europa, facilitado por la banda ancha de la comunicación controlada por el poder “discreto” que mueve el mundo. Siendo que la deconstrucción del orden social europeo que hoy se sustenta en el antropocentrismo, opuesto al mismo orden natural, es ya una realidad espantosa. Tanto, que se llega al punto de manipular seres humanos a través del conocimiento que se tiene de la secuencia del genoma, y hasta se pretende la clonación con fines terapéuticos.

Ahora bien, el avance de este programa puede incrementarse espectacularmente en los próximos años, y el Covid-19 ayudará. Me estoy refiriendo a realidades tecnológicas que ya han superado la fase de la experimentación: inteligencia artificial, biotecnología, realidad virtual aumentada, dispositivos ponibles y ciberseguridad. Nos adentramos en una realidad falseada, donde las personas, manejadas, se dedicaran a coleccionar experiencias no vividas, sino virtuales. Experiencias a través de usos tecnológicos que se utilizarán para el lanzamiento de productos y activación de deseos como si de un efecto mágico se tratará. Todo esto nos lleva a la programación de la conducta humana hasta el punto de confeccionar una humanidad dirigida en su misma conciencia.

Infinidad de personas, profesionales de muy diversa índole comprados a un alto precio vienen trabajando en la dirección opuesta al plan divino para destruir la verdad de la vida humana. Deberíamos volver a leer a George Orwell (Un mundo feliz) y a Aldous Huxley (Rebelión en la granja y 1984), escritores pensadores de una brillantez aterradora. ¿Estamos en la hora de la “gran tribulación” anunciada en el Apocalipsis, último libro de la Sagrada Escritura? Con todo, bien sabemos que “todo contribuye al bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28).

Es imprescindible tomar conciencia, reflexionar, porque el devenir del hombre y de los pueblos nunca se puede considerar concluido, ya que la humanidad está abierta a un destino eterno, y la creación pertenece al plan de salvación querido por Dios, que ha comenzado en Jesucristo, Palabra Dios encarnada en nuestra Historia. Y desde esta reflexión, que en modo alguno es salirse de la historia, sino centrarse en ella, optar radicalmente por una Cultura que, si realmente lo es, tendrá que ir más allá del horizonte de la cultura puramente técnica, para centrar su interés en el hombre y en su existencia. Porque la cultura debe conducir a la Verdad.

Por eso el Papa Wojtyla propuso a los hombres y mujeres consagrados a la cultura que utilizasen la inmensa credibilidad moral de la que goza, a fin de que “prevalezca una visión total del hombre”. No otra que “aquella que tienda al desarrollo completo de la persona, en la que sobresalgan los valores de la inteligencia, la voluntad, la conciencia, la fraternidad, todo ello basado en Dios Creador y maravillosamente exaltado en Cristo”.

Compromiso por la verdadera cultura que es imprescindible y urgente asumir a fin de contribuir al verdadero desarrollo, según las exigencias del ser humano: hombre o mujer, niño, adulto o anciano, implicándonos activamente en este proceso de conquista.

¡Qué Dios nos ayude!