En el anterior artículo sobre el Engendro Celaá había centrado la atención en la manipulación sexual de los niños. Es oportuno para completar el cuadro decir algo más sobre las ideas que hay detrás, sobre la morralla de género que es la gran obsesión ideológica de hoy y principal germen culpable de la descomposición de cerebros. Repasaremos brevemente entonces las tres cabezas del género estropeado que son: igualdad de género, feminismo, ideología de género.

En mi libro Azotes de nuestro tiempo he dedicado un pequeño capítulo (Azote) a cada uno de ellos. Son tratados en profundidad en el excelente libro de Alicia Rubio Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres, muy recomendable porque es el libro sobre este tema que mejor conjuga rigor, amenidad y amplitud de tratamiento.

Aunque a veces se incluyen todas estas cuestiones bajo el término “ideología de género”, en realidad se trata de temas distintos; si bien suelen ir juntos en política e ideología, y ciertamente forman parte del mismo complejo de podredumbre y descomposición, no son la misma cosa. Por ello es oportuno distinguirlos.

Igualdad de género es la pretensión de que hombres y mujeres seamos iguales en todo, que las diferencias observadas actualmente y realizadas a lo largo de toda la historia no dependen de diferencias naturales entre los sexos, sino de roles sociales, educación, etcétera.

Como tal se trata de una derivación de la impostura igualitaria en general, que se ha extendido extendida a la diferenciación sexual, negando datos básicos de la biología, la psicología y la antropología. Esta nefasta idea igualitaria termina fatalmente buscando la nivelación forzada de los sexos anulando lo específico de cada uno; es decir feminizar a los varones y masculinizar a las mujeres, degradando por tanto a ambos.

Feminismo es la búsqueda de privilegios y ventajas para la mujer, acompañadas por la persecución del varón. Se ha quedado en las intenciones, o en las fantasías, la construcción de una identidad nueva y positiva de la mujer. Algo que vaya más allá de atacar y odiar la masculinidad, imponer por ley las ventajas que necesitan para competir con el varón, realizar procesiones del santo chumino y talleres de coñocimiento, hacer las necesidades en la calle y pintar cuadros con sangre menstrual. Eso sí, debo reconocer que el feminismo español ha dado a las niñas de este país un ejemplo extraordinario de autosuperación y ruptura de techo de cristal, demostrando que cualquier chica puede pasar de un empleo humilde a ministra. Querer es poder: el nuestro es el país de las oportunidades.

Se trata por tanto de un supremacismo hembrista, que ha dejado atrás a esa llamada “segunda ola” que buscaba equiparar derechos y libertades; aunque también allí desde el principio estuvo presente un fondo de lucha y hostilidad contra el varón. En la “tercera ola” aparecen ya en primer plano, quitándose la careta, tanto la guerra de sexos contra el varón como odio contra la feminidad y la masculinidad. Ello tiene mucho que ver con el creciente liderazgo de lesbianas y fracasadas de la feminidad que naturalmente, viéndose atrapadas en un limbo, odian a dos bandas: tanto a la mujer femenina que no son aun teniendo cuerpo de mujer, como al hombre que no pueden ser y representa una masculinidad fatalmente fuera de su alcance.

Ideología de género propiamente dicha es la doctrina según la cual la polaridad entre hombre y mujer, masculino y femenino, no es dictada por la naturaleza sino una construcción social, y cada uno puede ser lo que quiere. Podemos considerar este delirio como una exasperación de la doctrina de la “tabula rasa” es decir la pretensión frívola de que el ser humano nace como una página en blanco y se puede escribir en ella todo lo que se quiera. Esta idea que, en general, es totalmente nefasta y falsa, se lleva aquí a un plano en el que también el sexo y la identidad sexual se consideran una página en blanco. Se trata de un puro delirio de omnipotencia sobre la realidad que bordea ya la alienación mental.

Para entender de manera simplificada lo que pretende esta aberración, consideremos tres niveles a los que se expresa la sexualidad. El primero es El sexo biológico, determinado genéticamente, que determina el aparato sexual masculino o femenino. El segundo la atracción sexual, hacia sujetos de sexo masculino o femenino, que se conforma durante el desarrollo de la persona. El tercero es el percibirse a sí mismo hombre o mujer. Ahora el criterio de normalidad está bien claro para quien quiera verlo: la concordancia de estos tres niveles. En cambio, la ideología de género mezcla todo; afirma que cualquier combinación es tan válida como la otra, que uno puede tener un cuerpo de sexo masculino y sentir atracción por unos u otros o ambos, y además sentirse hombre o mujer como mejor le plazca. Sólo con esto tenemos ocho combinaciones, limitándonos a lo básico. De aquí es donde salen las infinitas letras y las tropecientas “identidades sexuales” considerando estos tres niveles y aún otros, así como estados intermedios, fluctuantes, etcétera.

Esto es la ideología de género. Esta alienación mental, auténtico delirio de un tiempo maldito, se nos está imponiendo solapadamente y sus grupos de presión han escalado ya el poder; como vimos en otro artículo, se va a imponer también en las escuelas a través del condicionamiento mental a los niños, sin que los padres se enteren hasta que sea demasiado tarde. Si es que les importa, porque muchos de ellos tienen ya el cerebro reblandecido por la propaganda, que han absorbido sin ni siquiera enterarse.

Como las tres cabezas de la hidra están relacionadas, existe también una cierta tensión entre ellas. El tema de la igualdad de género lo utiliza el supremacismo hembrista para exigir cuotas y otros privilegios para las mujeres, cuando les interesa. En cambio, no piden (por ejemplo) igualdad de muertes por accidentes de trabajo. Por otra parte, la variante de feminismo relacionada con las fracasadas de la feminidad se salda con la ideología de género, colaborando ambas aberraciones en un ataque a la polaridad sexual y las figuras diferenciadas de varón y mujer.

Empezamos a ver, también, que el feminismo supremacista no termina de encajar con la ideología de género; las viejas feministas odiadoras de hombres tenían claro lo que es varón y lo que es mujer (para pisotear al primero, pero lo tenían claro) pero las nuevas, con la mente ya más descompuesta, consideran el sexo algo fluido y que se elige libremente. Que un sujeto con barba y atributos diga que se siente mujer y pretenda ser tratado como tal, es algo que le chirría mucho al supremacismo vaginal. Además, lo del sexo libremente elegido es una amenaza directa a las mujeres deportistas. En efecto, asistimos a la proliferación en el deporte femenino de seres cargados de testosterona y músculos, que “se sienten mujeres” y teniendo mayor capacidad pulmonar, masa muscular y testosterona, amenazan con expulsar a las mujeres genuinas de su propio deporte, al menos en los máximos niveles.

Estas últimas consideraciones y cómo se compongan al final estas diferencias, es algo que nos interesa relativamente porque pertenece a la dialéctica interna de la degeneración y la podredumbre. Son como peleas de familia entre hermanas que no se llevan muy bien. Las tres cabezas del género estropeado son tres cabezas de la misma hidra, pertenecientes a la gran unidad familiar monstruosa que se llama a sí misma ideología progresista.