En el último artículo enviado al CORREO DE ESPAÑA escribí: “Gornal es un pueblecito de la provincia de Tarragona, donde nació el archifamoso Abad Escarré, y donde seguía viviendo su madre…” cuando,  mi intención era poner: “Gornal es un pueblecito de Tarragona ‘donde él (Mn. Nonell)  era párroco’… y había nacido el Abad…etc.” pero las “meigas” del ordenador y “mi despiste” omitieron esas cuatro palabras.

 Un amable lector me ha indicado que el abad Escarré no nació en Gornal, sino en Arbós (Arboç)… Efectivamente, el lector tiene razón.

Ocurre a veces –como en este caso—que el escritor quiere dejar claro un extremo  y descuida el ser preciso en otros. Mi interés se centraba en trasmitir, al lector,  la  antigua, sólida y constante relación mantenida entre mosén Nonell y el abad,  nacida,  precisamente,  por la proximidad de la residencia del párroco de Gornal y la familia de Escarré. Arbós está a dos kilómetros de distancia de Gornal, --un cuarto de hora andando-- lo que se presta a caer en la tentación de permitirse un exceso de “licencia” como es fundirlos en uno… en vista de su proximidad.  Agradezco la puntualización de lector. Siempre ruego a mis lectores: que me envíen  sus discrepancias y me señalen todos los fallos o errores que encuentre en mis charlas o escritos.

Aprovecho esta aclaración para rectificar otro pequeño error geográfico, Gornal no pertenece a Tarragona sino a Barcelona, mientras que Arbós, si es tarraconense (“tarrconí”). El límite entre ambas provincias pasa, precisamente, por esos dos kilómetros de separación entre ambos pueblos.

Así, mi artículo queda limpio de errores, --aunque fueran consentidos. Celebro recibir estas correcciones porque indican que algunos me leen con interés, analizan lo que escribo y, consecuentemente,   son un estímulo para continuar escribiendo.

Aprovecho esta aclaración, para  comentar algo denunciado anteriormente:

¿No podría TRECE TV ahorrarnos --a quienes, por necesidad o devoción--,  sintonizamos sus emisiones: misas desde Roma, consagración de obispos, tomas de posesión de diócesis, etc.,  el tener que aguantar a esos  “papagayos” y “papagayas” que nos impiden oírlas a gusto, a quienes asistimos desde nuestras casas a esas ceremonias?

Las retrasmisiones, evidentemente, tienen unos usos o protocolos impuestos por la misma esencia del medio utilizado, pero no es lo mismo trasmitir un partido de futbol que una misa solemne del papa o la consagración de un obispo. O por lo menos eso debería enseñarse en la escuela de locutores. Esa diferencia la dicta el “sentido común”.

Las ceremonias religiosas deberían ser  momentos de paz, tranquilidad, satisfacción espiritual y “esas aves parlantes” --por lo menos a mí--  me los acibaran. Usando una frase popular,  diría que “me las paso ‘blasfemando’” contra quienes me impiden oír la misa o asistir a la consagración de un obispo: ¡no aguanto ese parloteo ininterrumpido duran una hora o casi dos! No callan  ni mientras los coros alegran la ceremonia con la música. Lo importante son  ellos, su meliflua voz.” y “su cultura ritual”. ¿Se imaginan ustedes seguir un partido de fútbol recibiendo lecciones de los locutores deportivos, explicando a los oyentes lo que es “chutar”, un “fuera de juego”,  un “saque de esquina”,  una “tarjeta roja”? Y no es que los locutores deportivos sean “un prodigio” de profesionales y algunos son tan inaguantables como los papagayos de los ceremonias religiosas, y como ellos empeñados en “contarnos” lo que estamos viendo”.  Pero, al menos, puedes “quitar la voz”,…  y te conviertes en un simple espectador de campo. Pero eso no  tiene sentido si asistes a una misa, donde lo fundamental es lo que dice y hace el celebrante. ¿No hay nadie capaz de limitarles al mínimo imprescindible de intervención?

Cuando las “emisiones religiosas” son en lengua extranjera, caben varias opciones: “Traducir los textos” mientras se pronuncian; permitir escucharlos en su versión original, traducir en la parte inferior de la pantalla…pero resulta absurdo pretender que se escuchen, al mismo tiempo el original y el español. En el segundo caso, anulen la voz del celebrante o del lector extranjero. La falta de lógica resulta siempre exasperante e inexplicable y cualquier dirigente de empresa  debe evitarla. ¿Tan difícil es “comprobar” si las cosas se hacen bien?

Otrosí. Las misas tienen unos textos “invariables” ¿Por qué no los tienen ya grabados para que aparezcan automáticamente, en la parte baja de la pantalla? Nos ahorrarían el aguantar al “papagayo” de turno; máxime, habida cuenta de  que los fieles seguidores de esas ceremonias, se los saben de memoria. Razón de más, para permitirnos disfrutar de la santa misa en paz y sin estorbos.

Otro tema. Me siento avergonzado -- como católico--,  de la forma cobarde de plantar cara  a la chulería de los políticos, de esos rojos impresentables que nos gobiernan al consentirles legislar “dentro de las iglesias”, imponiendo el uso del  bozal a los celebrantes. Es inaguantable para quien sienta y viva la importancia de la Iglesia Católica en el mundo. Sobre todo recordando lo que ha sido en España la Fe Católica para el pueblo sencillo,  ver a ciertos sacerdotes y obispos -- como el de Murcia—pronuncia las palabras de la transustanciación con el bozal puesto. ¿Tanto cariño le tienen?

¡No entiendo nada!..,  a menos que sea una manera de hacer méritos y de facilitar la promoción,  ante un Vaticano, colaborador de los tiranos globalistas,  que han impuesto --dictatorialmente-- la vacuna asesina, ¡Asesina porque,  en vez de inmunizar, deja secuelas e incluso mata. Las vacunas –cuando lo son-- “inmunizan” y acaban con la enfermedad. Así desapareció, la viruela, la polio, etc. ¿Cómo se acepta llamar vacuna a un medicamento asesino?

Eso demuestra la victoria de la Sinagoga de Satanás, sobre la Cristiandad, de los últimos tres siglos, especialísimamente  desde la Victoria Aliada. Ochenta años le han  permitido adueñarse definitivamente  de la dueña de la Humanidad y dejarla a punto, para eliminar la soberanía de las grandes naciones. Mientras tanto, nosotros “¡dormimos!”…¡Qué triste será el despertar que yo no veré!