A don Tomás Bor, con admiración y mis mejores deseos

Todo lo que viene ocurriendo en España desde hace cuatro décadas es oscuro, baldío y triste, pero se ha venido sorteando sin rectificar nada. Nadie medianamente sensato da un duro por nosotros, pero todos esperan que sigamos siendo el gran burdel de Europa, el paraíso de todo tipo de mafias. Hasta ese punto hemos llegado. De suplicar a los ingleses que venga a emborracharse a España, pasaremos a mamársela al Moro no sea que aprovechando la calma chicha del Estrecho nos cuele a unos cientos de los suyos. Pongamos por caso a todos esos niños (entre 13 y 18) que nos llegan y por los que algunos sienten tanta lástima. Entre todos la mataron, pero ella sola (España) se murió. Dice el Refranero. 

    De los indultos mejor no hablar, salvo interesarme qué pensarán los militares (corporación) cuando ellos dejaron a los pies de los caballos a sus compañeros, a los “caballeros del 23-F”. Vivir para ver a tanto valiente y leal legionario. Muchos de mi generación no volverían hacer el Servicio Militar, se sienten engañados y además no les ha computado ni un solo día para la jubilación. Obras son amores y no buena razones. Vuelve a decirnos el Refranero.  

    Una buena parte de los logros civilizadores están siendo cuestionados de las más diversas maneras. Es el caso de la asombrosa y vigente prohibición de utilizar libremente la lengua oficial española en cada vez más espacios públicos. O qué decir de la proliferación de derechos que arbitrariamente se asignan a ciertos grupos identitarios, pero que se les niegan a otros. Ahora bien, sepan  que la confianza QUE NO TIENEN sigue siendo el cemento que amalgama las relaciones de la sociedad, que cada vez se encuentra más alejada de la corrupta e incompetente clase política. Incluyendo, sobre todo, el hastío que cada vez más españoles sentimos por Felipe VI.

    Resulta evidente que ante el catastrófico fracaso del paradigma colectivista que se nos está vendiendo, los patriotas de aquí y de toda Europa dediquemos todos nuestros afanes a horadar -al no estar en condiciones de derribar-  las columnas que sustentan su edificio.