Benedicto XVI acuñó con fortuna el término dictadura del relativismo para referirse a la situación cultural en la que se encuentra Occidente. No obstante, aunque el Papa emérito es un gran teólogo y sin duda una de las cabezas pensantes más esclarecidas del siglo, no creo que haya llegado criticar a la democracia con toda radicalidad.  

Parea empezar conviene tener en cuenta que hay quien ya ha dicho que sin relativismo no es posible la democracia. Creo que acierta de plano, porque la clave está en lo que para la democracia actual significa en verdad el relativismo. Desde el momento en que se ha llegado a separar completamente el poder político de la ley moral, y no me refiero solamente a las opiniones de los autores que ya los separaron hace siglos, sino a la realidad de la política, democracia significa relativismo en la medida en que el hombre considera que la libertad humana es un absoluto.

Si la libertad es un absoluto, el hombre no reconoce haber recibido la vida ni el ser. Se considera pues dueño de su ser y de su libertad. Pero lo que ocurre entonces con la vida en sociedad es que a quien es el Ser absoluto, es decir a Dios, se le expulsa del campo del ser y del saber y por tanto todas las realidades humanas son barajadas por el poder político sin tener en cuenta las limitaciones de la ley moral que en adelante no tiene reconocimiento alguno.

Una vez que esto se instala en la vida política, aunque no se quiera, lo que se instala en realidad es el relativismo absoluto que pasa a ocupar el lugar vacante del Ser Absoluto. Porque el Ser Absoluto, cuando es reconocido como tal, es el principio operante de la vigencia de la ley moral, ya que ese Ser Absoluto tiene autoridad, al haberle dado la vida y la libertad al hombre. Por tanto, cuando no es reconocido, la ley moral desaparece, en la medida en que la única ley admitida por la democracia es la ley de la autonomía de la libertad.

Pero como la libertad no le ha dado el ser al hombre, la autoridad carece de título alguno para ocupar el lugar del Ser Absoluto y por tanto la ley civil y política, sin apoyo en la ley moral, solamente se puede imponer por la violencia de quien sin haberle dado al hombre ni el ser ni la libertad, pretende obligarle. De aquí que la democracia, a través del relativismo moral, conduzca irremediablemente a la dictadura. No hay pues propiamente hablando una dictadura del relativismo sino que el relativismo que trae consigo la democracia, lleva irremediablemente a la dictadura.

No habría escrito lo anterior si no hubiese recordado el importante escrito del P. de Lubac, mentor principal de las doctrinas conciliares sobre la libertad en materia religiosa, titulado: Observaciones dirigidas a los obispos a propósito del discurso de monseñor Marcel Lefebvre pronunciado el 24 de septiembre de 1964 durante la 87 Asamblea General del Concilio Vaticano II en el que refutó con cierta prepotencia las observaciones de Lefebvre, en particular el que sostuviera que la libertad es un valor relativo y no absoluto: es buena o mala según que se utilice para el bien o para el mal.

Ante tal afirmación, el P. de Lubac arguye textualmente: No se trata relativismo alguno. Esta objeción será siempre la de quienes no están dispuestos en absoluto a aprender, negándose a reconocer progreso alguno en el terreno de la conciencia humana o en cualquier otro ámbito. En la Declaratio conciliar, la libertad religiosa se asienta en la dignidad de la persona humana, la cual tiene carácter absoluto.

Al cabo de más de cincuenta años, estamos tocando claramente ahora las consecuencias de esos planteamientos conciliares que entre otras cosas estaban y están estrechamente vinculados a las teorías del progreso aplicada esta vez al terreno de la conciencia y que quizás, sin advertirlo todos los Padres conciliares, concebían la libertad como un absoluto.

Pero si la libertad es un absoluto, lo sería tanto en el ámbito de la política como en el de la religión. Y tratándose de la religión no puede haber propiamente progreso de la conciencia ya que la Revelación concluyó con la muerte del último Apóstol y en todo lo que de la Revelación deriva, no puede experimentarse progreso de la conciencia del hombre sino tan sólo paulatina iluminación del Espíritu Santo (“El Espíritu Santo…os enseñará todo, es decir, os recordará todo lo que Yo os he dicho”. Juan, 14:26).

Que la libertad no es un absoluto lo sostiene entre otros Romano Guardini, autor próximo al P. de Lubac, pero que en su libro Libertad, Gracia y Destino dice expresamente: El espíritu del hombre, trasciende la propia finitud hacia lo absoluto, pero como ser, no es absoluto.

Y ya se está viendo claramente cómo ha sido esa concepción del progreso de la conciencia y de la dignidad de la persona humana como un absoluto, esto es, no dependiente de la ley eterna de Dios, único absoluto, la que nos ha llevado al relativismo, tanto en el ámbito de la religión como en el de la política, cuando era precisamente la Iglesia la que estaba encargada de la custodia tanto de la Revelación como de la ley moral y de la iluminación de la recta conciencia y no de su progreso.

Ignoro por lo demás si Joseph Ratzinger, entonces perito del Concilio II Vaticano, pudo haber previsto esta deriva. En cualquier caso, las Observaciones del P. de Lubac, con sus cinco folios y 19 notas a pie de página sosteniendo el progreso de la conciencia humana y por tanto que en la Declaratio Dignitatis Humanae en ningún caso se justificaba el relativismo, tuvo que hacer un enorme impacto entre los Obispos. Y sin embargo, al cabo de 50 años, lo que tenemos que lamentar es precisamente el relativismo.