El primer drama del catalán consiste en el miedo a ser él mismo. Pero hay otro todavía más grave: el catalán no puede dejar de ser quien es. Ante un problema de dualismo irreductible, todavía no se ha inventado nada más cómodo que huir. El catalán es un fugitivo. A veces huye de sí mismo y otras, cuando sigue dentro de sí, se refugia en otras culturas, se extranjeriza, se destruye; escapa intelectual y moralmente. A veces parece un cobarde y otras un ensimismado orgulloso. A veces parece sufrir de manía persecutoria y otras de engreimiento. Alterna constantemente la avidez con sentimientos de frustración enfermiza. A veces es derrochador hasta la indecencia y otras tan avaricioso como un demente, a veces es un lacayo y otras un insurrecto, a veces un conformista y otras un rebelde (…). El catalán es un ser humano que se da -que me doy- pena. Unamuno dice que [los catalanes] hasta cuando parecen que atacan están a la defensiva”.

 

Estas palabras las escribió un outsider de la cultura catalana llamado Josep Pla, que nunca mereció el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes porque, según las bases, se premiará al autor que “haya contribuido de forma notable y continuada en la vida cultura de los Países Catalanes”. Al no estar marcado por el catalanismo racista y decir la verdad, no se lo merecía. Nada que añadir.

 

Y no nos debe extrañar porque los tres tótem que estructuran el ideario del catalanismo, son falsos. El término Generalitat era un impuesto; la constitución o constituciones eran normas o leyes; y los fueros eran otro impuesto. Por lo tanto, para que no se impusiera la cruda realidad, se tuvo que modificar. La Generalitat era la máxima institución de Cataluña; se gobernaba gracias a una constitución; y los fueros regían jurídicamente a la sociedad catalana. Como escribió Pla “el arrinconamiento al que aludo crea en el catalán un sentimiento de inferioridad permanente”.

 

Y lo tenemos ahora con los impuestos y la mirada fijada en Madrid. Este es el talón de Aquiles de los catalanes separatistas, independentistas o nacionalista. Madrid siempre les ha dolido porque la envidian. Esta es la realidad. Se envidia una ciudad donde la gente llega, trabaja, se divierte y no es preguntada. En Barcelona el postureo les impide ser libres. Recordemos una cosa. Le tienen mucho odio a Madrid. Ahora bien, Duran i Lleida, Joan Tardà i Gabriel Rufián han pasado los mejores años de sus vidas en Madrid. Unos la echan a faltas, el otro no se va de la capital ni con una patrulla de los GEOS. Y eso que Madrid es lo peor del mundo.

 

El tema de la financiación, de los impuestos y de Madrid no es nuevo. El 27 de febrero de 2001 Pasqual Maragall, presidente del PSC, publicaba en El País un artículo titulado Madrid se va. Este fragmento es clave: “Antes Madrid era la capital política, y Barcelona y Bilbao, y luego Valencia, las capitales industriales y económicas. Ahora figura que es al revés. Ahora Madrid es ante todo la capital económica, la capital de la innovación y de la nueva economía, mientras que el poder político se ha descentralizado: Cataluña tiene su Generalitat, Euskadi sus fueros y sus conciertos, y la Comunidad Valencia su Zaplana, con su IVAM y con sus rápidos trenes y carreteras a Madrid (¿qué más quieren?)”. ¿Volvemos a Maragall?

 

Maragall ataca a todos al escribir que “Los catalanes (excepto el desorientado Pujol, a quien esos temas no han interesado nunca mucho, y el enternecedor Trías, que amenaza al PP con no votarle ¡a partir del 2004!), los catalanes normales y corrientes, de derechas y de izquierdas, preferirían que el mercado decidiera esas cosas y entonces veríamos si es verdad o no que quien decide es la economía y no el Estado (es decir, AENA, el amo público de los aeropuertos)”. Estas palabras son un claro reflejo de lo escrito por Josep Pla. La culpa siempre es de los demás. Que Madrid sea la primera es culpa de todo el mundo menos de ellos. Que Madrid los impuestos son más bajos es culpa del PP. Que Madrid tiene más turismo que cualquier población catalana es culpa de no sé quién. Siempre, siempre la patada adelante y no reflexionar sobre lo que has hecho bien o has hecho mal.

Seamos sinceros. Las más de 6.000 empresas que han cambiado su domicilio fiscal a Madrid o a otras zonas de España sólo es culta del Gobierno de la Generalitat. De la mala gestión. Se han gastado el dinero de los catalanes con su sueño de ser independientes. Mientras otras Comunidades ha hecho política, ellos han jugado a ser lo que ni son ni nunca serán. El independentismo se arruinado la política catalana. Han hundido su economía y han dejado un desierto donde había un futuro próspero y prometedor. Las futuras generaciones les darán las gracias por lo inútiles que han sido. Eso sí, esto no les importa porque a ellos solo les saca el sueño que Madrid es muy mala.

 

Cataluña tiene un gran problema y este no se solucionará ni ahora ni dentro de unos años. El problema está intrínsecamente ligado al ADN. Las palabras de Pla fueron escritas hace más de 30 años. Nada ha cambiado ni nada cambiará. Tienen una frustración enfermiza que los lleva a hacer muchas cosas menos gobernar. El problema no es de los catalanes, sino de los que los escuchan y les hacen caso.