Cualquier tipo de protesta contra el liberticidio es siempre plausible. Dijo Cervantes que la necesidad no repara en ley, y no existe mayor necesidad que la defensa de la libertad. En este sentido, todas las rebeldías contra el despotismo son necesarias y razonables. Ítem más: constituyen un deber. Pero las rebeldías sólo son eficaces cuando se llevan a efecto con voluntad de continuidad, hasta conseguir el objetivo propuesto. En España, ante los Gobiernos liberticidas padecidos, no es la primera vez que se han convocado con éxito manifestaciones multitudinarias, que, finalmente, o han quedado en el olvido o han resultado inútiles.

Llegados a ciertos extremos, la rebeldía ha de estar programada como una operación militar, y ni puede detenerse en algarabías fugaces, ni enredarse en discusiones bizantinas, y menos con los enredadores del agitprop. Todo ello para que, en el momento de arrojar las guijas, se sepa dónde arrojarlas y se pueda hacer incluso a ciegas, porque, según el viejo adagio, den donde dieren, todos los damnificados a quienes esos cantos se dirigen, se lo merecen y nos las deben con creces.

Toda rebeldía popular, pues, para ser eficaz, necesita ampararse en una estrategia y una logística, y apoyarse en una unión sin fisuras, y en motivaciones y convicciones firmes, a prueba de infiltrados, de confusiones programadas por el enemigo y de sucesos de falsas banderas. Ha de poseer, así, una financiación suficiente, una caja de resistencia y un servicio jurídico, para proteger a las futuras víctimas de los déspotas. Por otra parte, la rebeldía tiene que estar justificada moral e intelectualmente y darse a conocer mediante la divisa de un manifiesto que proclame contra qué o quién se lucha, cuál es el objetivo y cuáles las razones de la lucha, y por qué es necesaria la lucha.

En nuestro caso, la necesidad y justificación del desafío que nos ocupa es evidente, aunque no lo es tanto la unidad en la acción, una asignatura pendiente. Lo que sí está claro es que el largo cortejo de los nobles, los héroes y los santos ya hace tiempo que se ha perdido por el horizonte. Y por los caminos por los que aquellos se alejaron, han ido poco a poco avanzando, hasta instalarse entre nosotros, con su rostro crispado de maldad, hipocresía y rapiña, una turba de parásitos insaciables; aventureros, rufianes y falsos idealistas, dispuestos a destruir a la nación.

España está arruinada, exhaustas las arcas del tesoro; funcionarios y politicastros depravados y codiciosos han venido dilapidando poco a poco en su provecho el patrimonio nacional. La historia de estos libelistas que escandalizan a la ciudadanía con sus agravios, es una historia de atropellos, y la van a eternizar, ampliándola, si no se les erradica de nuestra vida sociopolítica y se acaba con su impunidad.

Como para depredar al pueblo y exterminar a la nación se necesita conquistar el poder, a ese fin ha venido dedicándose esta horda durante cuarenta años, con habilidad y paciencia y con la complicidad de las derechas, y de esos tristes y sucios camuflados que dejan transcurrir su vida poniendo una vela a Dios y otra al diablo. Y esa imperiosa conquista no es para establecer un poder democrático, como a ellos les gusta decir, sino vulnerador y absoluto, con el que controlar el aparato político, social y económico en toda su extensión, y sin resquicios. Y es con ese objeto con el que también han puesto en marcha la LMD, su enésima obscenidad.

Pero no conviene distinguir a ninguna facción entre los que han traído tal iniquidad legislativa. Porque el propósito de todos ellos, como enemigos de España y de la humanidad que son, cuenta con un denominador común, y sus ideologías, aunque con leves variantes, son similares en lo esencial e idénticas en el afán malsano por destruir todo lo noble y excelente. De ahí que referirnos a Bildu o a Batasuna o a cualquier otra secta parlamentaria como protagonistas principales de este específico abuso reglamentario, es paliar el delito de los restantes victimarios.

Todos los partidos que odian a España son criminales y, por ende, merecedores de grilletes, pero puestos a buscar causantes destacados, es conveniente recordar que, sin el socialismo, dada su ominosa historia y la base electoral que le sustenta, no sería posible esta situación en la que nos encontramos, ni el decaimiento a todos los niveles que padece España cuando es gobernado por dicho partido o se halla infiltrado en su tejido social con suficiente capacidad desestabilizadora.

Y sin olvidar, así mismo, que, entre las corruptas, traidoras o débiles manos de los últimos Borbones, la monarquía no ha sido capaz, no ya de acabar con la antiespaña, sino ni siquiera de imponerla su personalidad y simbología o la noción de la unidad nacional, de la libertad y del honor. La reiterada ineptitud de dicha dinastía -salvo períodos históricos puntuales-, está siendo confirmada por sus últimos representantes, compitiendo en caducidad y torpeza con sus peores predecesores, y permitiendo que hayan vuelto a desarrollarse las fuerzas frentepopulistas que el patriótico régimen autoritario franquista había dominado con justicia y brillantez.

Para cualquier mente razonable, la LMD es un panfleto ideológico cargado de fanatismo, ignominia y rencor. Con la aprobación de dicho documento, sus engendradores están cometiendo, voluntaria y conscientemente, un ataque ilimitado y categórico contra la Libertad, con mayúscula, no solo contra ciertas libertades parciales. Llegados, pues, a este extremo, el rechazo a tal mandato liberticida y el cambio necesario que la nación reclama no pueden esperarse pasivamente de una autoridad culpable y corrupta, ni es algo que pueda mantenerse en el secreto de la conciencia individual. Se necesitan acción y militancia civiles.

De ahí que, ante la actitud hostil de dicha autoridad -y de sus lóbis- contra la Verdad, la Razón, la Historia y la Libertad, sea legítima e inevitable la desobediencia cívica. E incluso, al ir contra la propia nación, lo sería también, si se diera, la revuelta armada. Sea como sea, lo cierto es que tenemos que estar dispuestos a realizar la gran empresa de liberar a España -social, cultural, religiosa y políticamente- de la tiranía de la antiespaña.

Los frentepopulistas y sus cómplices, bajo el amparo o la excusa de una ambigua Constitución hecha a medida de su objetivo y de su causa, y ante una realeza débil o directamente colaboradora, no han perdido la ocasión de imponer al poder que ostentan un asfixiante control y unos límites estrictos, convirtiendo al Estado en una finca particular a mayor gloria de su personal enriquecimiento, donde pueden medrar, despojar y legislar con completa jactancia e impunidad,  transformando el día a día ciudadano en un hediondo lodazal, en un dantesco infierno y, ahora, con la LMD, también en una siniestra prisión.