Sánchez afirma que no información sobre la conveniencia de conceder los indultos a los terroristas del proceso catalán, golpistas para más clarividencia.

 

Más claro es imposible. Ahora resulta que Pedro Sánchez se siente avergonzado de los indultos y no ve otra solución para «su blanqueo» que «echar el muerto a otro». Ese muerto es el anterior ministro de Justicia, Juan Carlos Campo. Confieso que, si desde distintos frentes le tachan de psicópata, incluso desde dentro de la profesión, ahora ya no tengo dudas de que estamos ante un caradura en toda regla, un traidor y un incompetente circular, pero peligroso. Si no fuera por lo malvado que demuestra ser, me haría recordar a aquel director general de la Junta de Castilla y León que, cuando tomó posesión del cargo, pidió a su secretaria que sacara los sobres redondos de Correos para mandar una circular.

 

No sé dónde he leído o escuchado que Sánchez es un «killer» que va eliminando a todos sin despeinarse. Él, Pedro «El mentiroso», que es el máximo responsable del Ejecutivo, resulta que no tenía información de la necesidad o conveniencia de la concesión de los indultos a los terroristas del proceso catalán, golpistas para más clarividencia. Tal y como se plantea en la respuesta de Transparencia al diario ABC ni siquiera existen actas en el Consejo de ministros. Incluso la contestación a la pregunta va más allá: «en el ámbito orgánico de la Presidencia del Gobierno no existe ninguna información acreditativa de la necesidad, oportunidad o conveniencia de la concesión de indultos a los condenados en la causa del ‘procés’».

 

No conforme con haber sepultado a miles de españoles por negligencia, según el juez, ahora pretende «echar el muerto» al maestro armero. Nadie se cree que el presidente no conociera otra información distinta al expediente del Ministerio de Justicia. Esa expresión de «echar el muerto» tiene solera porque procede de la Edad Media, una época muy dada a los duelos, traiciones, reyertas, emboscadas y asesinatos, en muchos casos sin que existiera justificación de ningún tipo. Si a alguien le acusaban de algo y quería limpiarse de responsabilidad, optaba por acusar a otra persona. ¿Será capaz Juan Carlos Campo de salir a medios y decir la verdad o le tiene cogido Sánchez por los Batet?

 

Sánchez siempre ha sido muy dado a imputar sus propios errores a otro, de ahí la indignidad que le rodea y el recibimiento con improperios allí donde va, últimamente hasta los suyos le increpan; me refiero a los que no tienen prebendas sociatas ni mamandurrias gubernativas. Este hombre es un desprestigio para España y, cuando abandone el poder, tendrá que dar cuenta de muchos atropellos; la ciudadanía se siente reprimida y va anotando cuentas pendientes para cobrárselas en otro momento. No hay más que sentarse en el quicio de la puerta para ver pasar el cadáver, en este caso, del enemigo de España, de su unidad y de su prosperidad.

 

El presidente se ha convertido en experto en mentir, aunque siempre fue muy mentiroso, según sus cercanos. Lo raro es que no haya dicho que fueron Batet, Echenique, Belarra o los «dóberman» vallecanos de Pablo Iglesias quienes pergeñaron los indultos a los terroristas del independentismo. Dispara y esconde la pistola, echa el muerto al compañero, tira la piedra y esconde la mano… ¡Qué sabio y rico es el castellano para calificar las traiciones, como lo es para definir o adjetivarlo todo! Lo que ha hecho Sánchez con el exministro, Juan Carlos Campo, es un enjuague enmierdado. Si lo ha hecho así es porque algo le debe a Campo, muy propio de ruines y paranoicos.

 

Si se avergüenza de sus actos es porque ve cercano el fin de su Gobierno, como ha confesado a su jefe de Gabinete y a sus cercanos. No ve este Gobierno más allá de febrero. Supongo que antes de esa fecha intentará lavarse de las fechorías cometidas: echará el muerto a Belarra de las navajas en sobres; culpará a Yolanda Díaz de la falta de componentes en las empresas; a Ayuso de trabajar por la independencia de Cataluña; a Batet de jugar al beisbol; a Ábalos de llenar su ministerio de mujeres de moral distraída; a Garzón de encamarse con el chocolate y con la carne o a su compañera de no lavar el colchón de Moncloa.

 

¡Todo un psicópata al frente de un Gobierno!