En Europa Oriental hay un dicho popular nacido de la larga ocupación soviética: “No me lo creeré hasta que no lo desmienta el Kremlin”. El dicho refleja la realidad vivida por los súbditos de los zares rojos, no solo en la antigua Unión Soviética sino en todos los países “aliados” del Pacto de Varsovia, porque cada vez que el Kremlin negaba algo, la mala noticia era una realidad. La mentira y la propaganda eran la moneda común de los dirigentes y medios comunistas, aunque irónicamente el portavoz oficial del Kremlin era el “Pravda” (La Verdad). Las viejas tradiciones soviéticas están muy vivas en la Rusia actual y, como no podía ser de otra manera, el discurso del Día de la Victoria ha sido un ejercicio de propaganda para justificar la invasión de Ucrania. La “guerra preventiva” ante “los preparativos para otra operación de castigo el Donbás, para la invasión de nuestras tierras históricas, incluida Crimea” es una de las mentiras más absurdas repetidas desde el inicio de la guerra. Si los ucranianos planeaban atacar a las repúblicas populares, hubiera bastado con el reconocimiento por parte ruso y el envío de fuerzas de paz, lo que se hizo antes de la invasión, y del mismo modo, un ataque sobre Crimea suena tan creíble como un ataque sobre Moscú. Los nazis, las inexistentes armas nucleares ucranianas (Kiev entregó su arsenal nuclear a cambio de la promesa rusa de respetar su integridad territorial en el memorándum de Budapest de 1994), y el enemigo occidental (la expansión de la OTAN que gracias a la invasión rusa podría incorporar a Finlandia y Suecia) completaron el resto de un discurso que encajaría perfectamente en el siglo pasado.

Este año, el discurso del Día de la Victoria había generado muchas expectativas debido a las declaraciones del Papa, que afirmó que el primer ministro húngaro Viktor Orbán le había dicho que “los rusos tienen un plan y el 9 de mayo todo habrá terminado”, o los insistentes rumores del anuncio de una movilización general. Sin embargo, en la gran fiesta nacional de la nueva Rusia no hubo nada fuera del guion, salvo la idea de que la guerra va a continuar. Por el momento Putin no puede celebrar un nuevo triunfo por la enconada resistencia ucraniana que, ayudada por la información facilitada por la OTAN, ha causado la muerte de diez generales, grandes pérdidas humanas y materiales, e incluso el hundimiento del buque insignia ruso del Mar Negro, el “Moskva”. Pero ¿por qué es tan importante el Día de la Victoria?

El Día de la Victoria, el desfile militar para conmemorar la victoria sobre la Alemania nazi en 1945, se ha convertido en el gran mito de la Rusia actual como ya lo era antes en la Unión Soviética. No hay familia que no tenga un pariente que no combatiera en la “Gran Guerra Patriótica”, por lo que el mito unía a los ciudadanos soviéticos con Stalin y los líderes soviéticos, como ahora lo hace con el gobierno de Vladimir Putin. Según Yulia Latinina, de Novayagazeta: “Es esencialmente un culto al nuevo totalitarismo ruso, cuya ideología es muy simple. Los rusos son la nación más bondadosa, más sacrificada, más humana, y todo aquel que no lo reconozca es un nazi. Y los nazis deben ser exterminados sin piedad y hasta el final. Stalin luchó contra los nazis y los banderistas en Ucrania, y Putin está luchando contra los nazis y los banderistas en Ucrania”.

Estatua de Lenin restaurada por los rusos en Henichesk (Ucrania).

En Rusia no se produjo una descomunización y los que hoy ostentan el poder son hijos del sistema soviético. Eso explica que se siga utilizando el lenguaje empleado por el régimen comunista y se presente la invasión de Ucrania como una guerra de liberación contra los nazis o que se levanten nuevos monumentos a Lenin, Stalin y otros criminales por toda Rusia y en las ciudades conquistadas en Ucrania. Huelga decir que en muchos de los países exsoviéticos, como en los países bálticos, las celebraciones del Día de la Victoria son un recordatorio de la ocupación y de los miles de compatriotas asesinados y deportados. De hecho, estos países han prohibido los actos que miembros de la minoría rusa celebraban con uniformes soviéticos y banderas rojas en los monumentos dejados por los rusos durante la ocupación. La presidente del Saeima (Parlamento) de Letonia, Ināra Mūrniece, anunció el 2 de mayo que el monumento soviético en Riga será demolido porque representa la ocupación de Letonia. “Vemos lo que las fuerzas de ocupación están haciendo en Ucrania ante nuestros ojos. Exactamente la misma ‘liberación’ que sucedió aquí, una ocupación con todas las atrocidades, deportaciones, asesinatos y crímenes de guerra que también tuvo lugar en Letonia”. El 9 de mayo ha sido declarado un día de recuerdo a las víctimas de la guerra de Ucrania y se ha prohibido la cinta de San Jorge como un símbolo de la agresión rusa. Lituania también ha prohibido la cinta y Estonia va a hacerlo próximamente.

Sin embargo, casi todas las exrepúblicas soviéticas pertenecientes a la Comunidad de Estados Independientes (CEI), salvo Bielorrusia y Tayikistán, han decidido no celebrar el Día de la Victoria con los habituales desfiles militares. Kazajistán, por cuarto año consecutivo, no ha realizado ningún desfile. En los últimos tres años el gobierno kazajo apeló a la situación de pandemia para anular el evento, pero este año la excusa ha sido el gasto presupuestario. Ruslan Zhaksylykov, del Ministerio de Defensa, señaló que el desfile tiene un coste de nueve millones de dólares y que es mejor emplear este dinero en “preparación para el combate”. La decisión del gobierno kazajo ha provocado malestar en Rusia e incluso un incidente diplomático con el director de cine y presentador de televisión Tigran Keosayan. Keosayan, marido de Margarita Simonyan, editora jefe de RT y Rossiya Segodnya, amenazó a Kazajistán en un reciente vídeo de YouTube por no organizar el desfile: “Mirad bien a Ucrania, pensadlo bien”. En respuesta, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores kazajo, Aibek Smadiyarov, declaró que se podría prohibir su entrada en Kazajistán por unos comentarios considerados “ofensivos”. Kazajistán también se ha negado a reconocer la independencia de las repúblicas populares del Donbás.

Kirguistán también decidió cancelar el desfile militar del 9 de mayo. En su lugar, se llevó a cabo una manifestación en la que se prohibieron los símbolos relacionados con la guerra de Rusia contra Ucrania y los uniformes militares con la letra “Z”. Para las autoridades de Kirguistán estos símbolos fomentan la “incitación al odio interétnico”. Uzbekistán tampoco organizó un desfile, puesto que allí se celebra como el Día del Recuerdo y el Honor, con actos dedicados a los veteranos. Aunque la cinta de San Jorge no está oficialmente prohibida, su uso se restringe cada vez más.

En Moldavia, su presidenta, Maia Sandu, quiso reivindicar la “paz” en el Día de la Victoria además de celebrar el día de Europa. La situación del país “más pobre de Europa” es de máxima tensión con sus vecinos separatistas de Transnistria, un país comunista apoyado por Moscú que por la misma razón tampoco ha celebrado el Día de la Victoria. El 14 de abril, el parlamento moldavo prohibió la exhibición, bajo pena de multa o servicios a la comunidad, de la “Z”, la “V” y la cinta de San Jorge como símbolos de apoyo a la guerra en Ucrania. La tensión también ha sido el motivo de la cancelación de eventos en Armenia y Azerbaiyán. Las acusaciones del gobierno azerí por los supuestos bombardeos armenios en Nagorno-Karabaj, donde en 2020 hubo una guerra que ganó Azerbaiyán, puede iniciar un nuevo conflicto.

Moldavos prorrusos desafían la prohibición del gobierno (Foto BIRN/Madalin Necsutu)

Si utilizásemos el Día de la Victoria como un baremo para medir el apoyo de los países que siguen vinculadas a Rusia en la CEI, el resultado es bastante pobre. Cuanto más dure la guerra en Ucrania más posible es la ruptura de las antiguas repúblicas exsoviéticas con Rusia y más lejano estará el Día de la Victoria.