Así es la disyuntiva con la que España decide su más próximo destino: cuestión de supervivencia. Europa se rebela en tanto aquí se dormita con algún amago de resistencia. Nada que pueda convulsionar las malas artes del sanchismo. 

 
Las continuas ligerezas morales e incongruencias rayanas en el delito, no inmersas en él en tanto en cuanto la intervenida Fiscalía sirva de dique a los desmanes del sanchismo, se acumulan con una impunidad proporcional a la indignación que bulle, todavía tímidamente para lo que se soporta, en las calles. Las mismas calles que los del tabernario privilegio de un poder corrupto no pisan, ausentes de las necesidades vitales que acucian mas allá de memorias fingidamente democráticas, derechos de igualdad con tintes fascistas y cuantas ocurrencias se subvencionan con los recursos del Estado, dilapidándose rastreramente los viáticos de supervivencia para millones de familias, españolas, pues otras están opíparamente auspiciadas por el efecto llamada de la inmigración ilegal, ergo futuribles votantes de la coalición radical que destruye a propósito la economía del país. A voluntad oscuramente política, sí, porque cualesquiera que sean las intenciones de gobierno, implica la desintegración institucional y el ahondamiento en la crisis económica con la descarada destrucción del tejido empresarial por sectores.Y todo con el aprovechamiento de la pandemia para quebrantar los derechos y libertades que durante cuarenta años garantizó la Constitución, ahora atacada en sus principios más elementales incluso la Jefatura del Estado.  
¿Y cómo se confronta la magnificación de tantos daños procurados en tan breve lapso, después de haber asistido a décadas de estabilidad y normalidad democrática? Estúpidamente. Más bien, millones de víctimas son colaboradores necesarios de su propia aniquilación. 
 
La absoluta carencia de humildad en la autocrítica define con quién se estan jugando los cuartos y la vida millones de ciudadanos, incapaces de organizarse con unificado criterio de protesta y, si terciara, justificada desobediencia civil. Apenas escarceos inocuos de miríadas de asociaciones desperdigadas, desunificación de criterios en la protesta, el espíritu disgregado de una agonía que no cesa y deja el camino de la ruina expedito en manos de los intocables ineptos y malintencionados que sacuden a placer el presente y el futuro de España. 
 
Ya lo escenificó inopinadamente Pablo Casado contra Santiago Abascal en la moción de censura y fue tal la estupidez de la traición que fue aplaudido por sus enemigos, incluido ETA. Esa roñosa traición con origen  en la hipocrita tibieza del cálculo electoral, omnipresente. En vez de aunar la protesta con un frente conjunto, hay una porfía por el liderazgo, un egotismo insano, que impide la eficacia de una indignación práctica y poderosa capaz de confrontar con Sánchez y sus secuaces rebelando a las masas; las que al día de hoy son en complicidad partícipes de este golpe de estado por implosión del que es incluso factible que se originara con un fraude electoral. Si quisiéramos imaginar mayores perjuicios que los originados solo deberíamos ceñirnos a esta opaca realidad que supera a la ficción. Y con esa reflexión de vivir una tragedia que nos afecta masivamente, mostrar inteligencia a pesar de la diversificación de criterios y tomar en serio la defensa de España porque en ello nos va la vida. 
 
El resto de Europa intenta echar el resto y un pulso a la acometida totalitaria envuelta en oscurantista engaño. ¿Cuánto más debería apostar España por la supervivencia cuando las barbaridades de este desgobierno engrosan, escandalosamente, un historial delictivo solapado por la falta de decencia, integridad y conciencia?
 
Se soporta aparentemente todo hasta que se agota la paciencia. Está en ciernes la desobediencia civil o eso les gustaría creer a tantos. Veremos si se resiste solidariamente ante las embestidas de este grupúsculo sectario, que disimulará cada vez menos sus objetivos dictatoriales en connivencia con el NOM.