Tarde de verano en un autobús que une Riccione con Rimini, en la Emilia Romaña italiana, zona vacacional sobre el Adriático. Casi llegando a su destino un par de revisores, dos mujeres, controlan los billetes al pasaje. Al pedir el ticket a un hombre de origen africano se desata la furia de sangre y violencia. El sujeto de origen somalí coge un cuchillo de grandes dimensiones y les ataca, a una en el cuello y a la otra en el hombro. Ante el estupor y el terror desatado, el agresor amenaza al conductor y le exige que detenga el autobús. El chofer lo hace, abre las puertas y comienza la fuga del asesino. En una carrera desesperada deja a su paso a otras tres víctimas apuñalándolas sin miramiento alguno. Una de ellas un niño de seis años, de origen bangladesí, es herido en la garganta cortándole la yugular. El criminal intenta robar el coche a dos automovilistas, pero no lo consigue. Finalmente interviene la policía y la bestia es detenida. Las víctimas son ingresadas en el hospital y el pequeño, que el lunes hubiera comenzado su escolarización, se encuentra en estado grave luchando por su vida.

Lamentablemente este episodio y otros similares no es ni será el último en una Italia desbordada por la inmigración ilegal y una situación fuera de control debido a la laxitud, permisividad y tolerancia de una legislación que fue dejando de lado la seguridad ciudadana para adaptarse a los requerimientos de los dictados de la agenda globalista y la llamada “sociedad abierta”. El caso italiano se puede extrapolar a otros países europeos que han adoptado las pautas de las “fronteras abiertas”.

Un inmigrante no es un delincuente ni mucho menos una bestia asesina. Un inmigrante que cumple los requisitos legales para residir, trabajar y criar una familia, respetando las costumbres y cumpliendo las leyes del país de acogida, es un valor para la sociedad más allá de su origen. Pero si las políticas migratorias y las reglas básicas de convivencia se degradan hasta el punto de desaparecer por el simple hecho de seguir la tendencia global de crear sociedades multiculturales de acogida sin ningún tipo control, sucede el ejemplo de Rimini: violencia, crimen y muerte sin más motivación que la falta de humanidad fruto de un choque cultural insalvable e inevitable. La violencia terrorista motivada por una religión y una cultura incompatible con la occidental y cristiana, ya instalada en Europa desde hace tiempo, merece otro análisis.

Este episodio no deja de ser un caso testigo. El somalí, un delincuente que había huido de su país, había llegado en el 2015 a Europa, recalando finalmente en Italia. Lo que se sabe hasta el momento es que hace unos meses, solicitó el estatus de refugiado y fue acogido en instalaciones de la Cruz Roja y como habitualmente lo hacen, sin ningún tipo de reparo ni averiguación seria de antecedentes judiciales sobre quién es el solicitante.

Detrás de ciertos organismos humanitarios existe un complejo entramado político-económico gracias a subvenciones públicas en consonancia con lineamientos estratégicos supranacionales globalistas. El objetivo de remplazo poblacional y cultural ya no está oculto, sino que es algo evidente, explicito en discursos y acciones concretas que no dejan de ser un paso más en dirección a los Objetivos para el Desarrollo Sostenible o Agenda 2030.

Ante el suceso de Rimini, el líder de Lega Matteo Salvini y ex viceprimer ministro entró en escena comentando en su página de Twitter acerca del caso: “Inmigrante sin billete detenido en el autobús en Rimini, primero apuñala a los dos revisores, y luego a otras tres personas, entre ellas un niño, que resulta herido en la garganta. Maldito criminal, espero que nadie diga "pobrecito" .... A casa y basta, ¿verdad ministro Lamorgese?” (Ver tweet aquí)

Cada vez son más los episodios cotidianos en todo el país de violencia, inseguridad, crimen y degradación vinculados con la inmigración ilegal. Solamente repasando los datos publicados por el Ministerio del Interior, se puede apreciar el incremento descontrolado del país al que muchos llaman el “campo de refugiados de Europa”: de los 5.135 desembarcos de ilegales en 2019 a los 39.410 en lo que va del año. Las cifras son más que evidentes y van en consonancia con las políticas implementadas por parte del gobierno italiano.

Luciana Lamorgese, actual ministra de Interior, respondió hablando de ataques “machacones y personales” por parte de un político que apoya al Gobierno refiriéndose a Matteo Salvini su antecesor en el cargo. “Estos ataques, añadió la ministra, pueden dañar a la larga la propia imagen del ejecutivo (…) Cuando los ataques parten de los que apoyan al Gobierno, y se convierten en personales, acaban dañando la imagen de la administración y de todo el ejecutivo, en un momento muy delicado para el país en el que se necesita más cohesión”. El enfrentamiento es evidente en el seno del gobierno Draghi, el rifirrafe continúa y Salvini contrataca: “Entre raves, desembarcos ininterrumpidos e inmigrantes ilegales violentos es aterrador que la única preocupación de la ministra del Interior, Luciana Lamorgese, sea la crítica a la Liga: si no puede, no sabe o no quiere hacer su trabajo, que lo haga otro”.

El caso Rimini demuestra el fracaso de las políticas de acogida indiscriminada alimentadas por la izquierda globalista. El problema no son sólo esos miles de desarraigados que vagan por Europa, instrumentalizados por las ONG globalistas que trafican con la desgracia humana y social de los países atrasados.  Es necesario defender las fronteras, velar por la seguridad ciudadana, hacer cumplir las leyes y proteger las costumbres, la cultura, la tradición y los principios de la cristiandad como prioridad para evitar la degradación de Europa y Occidente. De ello depende nuestro futuro como civilización.