Seré claro y no me entretendré en pueriles circunloquios que encubran mi crítica hacia la institución de la monarquía borbónica española, de origen francés y aposentada en el trono de España desde el S. XVIII, a excepción de breves periodos de infausto recuerdo y del gobierno de Francisco Franco. La monarquía es una institución vetusta, anticuada, trasnochada e inútil, políticamente hablando. Su papel es meramente estético, vacía en la práctica de capacidades y poderes que asumir, es decir, una monarquía florero puramente decorativa. Difamada, calumniada, ridiculizada, criticada y rechazada por amplios sectores de nuestra sociedad, no solamente desde la izquierda sectaria radical, también desde la derecha republicana, que por cierto la hay, y mayor de la que algunos rancios sectores monárquicos creen.

Soy republicano, por corazón y convicción, no les voy a engañar, pero en absoluto izquierdista, menos aún, un modosito y mojigato de la derechita acomplejada y falta de coraje, convicción y compromiso. No me considero radical, ni tampoco un fanático descerebrado. En absoluto, desde mi condición profesional como historiador y tomando como referencia mis posiciones ideológicas, siempre he cuestionado el anacronismo que representa la monarquía en el mundo contemporáneo. Por otro lado, la propia institución, a través de las “vidas ejemplares” de los miembros de la familia real, me refuerzan en mis convicciones acerca de su árida e infértil aportación al progreso económico y al bienestar social de nuestra Patria –con mayúscula-.

El rey Felipe VI, el Bonachón, es una figura sometida a los caprichos ideológicos del palacio de La Moncloa, es decir, una marioneta y un títere en manos del gobierno de turno. Sin ninguna autoridad más que la meramente representativa, sin dignidad ni orgullo, sin poder ni capacidad de intervenir, se limita a pronunciar lastimeros discursos por donde le dejan, sin pronunciarse abiertamente en ningún asunto de trascendencia nacional. Su única y exclusiva aspiración es perpetuarse en el trono para cedérselo, si ello fuera posible, a su vástago heredero. ¿Dónde está la dignidad? ¿En qué lugar se esconde su proclamada fidelidad a España? Siento decirlo, en ninguna parte. Su estampa es honorable, eminente –al menos por su estatura-, su presencia elegante y apolínea, pero todo ello es proporcionalmente inverso a su relevancia política, condenada a la marginalidad y a la de ser actor figurante en medio del esperpento nacional del que participa, silencioso, calladito y discreto. Todo ello a cambio de un trono y una corona de atrezzo, vamos como un busto parlante en un escenario repleto de personajes con mayor protagonismo en el guión que se viene representando.  Es un rey florero, acompañado de una diva con ínfulas cargadas de vanidad y orgullo de reina. A veces creo que estamos ante una actriz vestida de reina.

¿Y qué decir de la pléyade integrante de la familia real? Como cantara José Luis Perales ¿A qué dedican el tiempo libre? Pues ya lo están viendo todos ustedes, la laboriosidad y el recato, la discreción y el decoro, la prudencia y la decencia, son cualidades profanas por razones genéticas de la dinastía de los Borbones. ¿Quieren que les enumere las excelencias de sus vidas actuales? No tienen desperdicio se lo aseguro. Viven instalados en el olimpo de los dioses, en un mundo fantástico imposible para el resto de los mortales, sus súbditos. El lujo, la ociosidad, la buena vida y su nula aportación al quehacer dinástico de su soberano claman al cielo. ¿No es cierto? ¿Les parece que son un referente y modelo de algo? Yo creo que no, más al contrario, son una rémora y un lastre para una corona lastrada por los excesos, la falta de ejemplaridad y recato de una familia “irreal”, por ser ajena a lo mundano y por la evidente división en la que se encuentran.

Pero la palma se la lleva el rey demérito, digo bien, Juan Carlos I, el Picarón, que ha dado pruebas suficientes de su desmelenada vida, haciendo buena su condición de soberano de ascendencia borbónica. Menudo cartel que tiene el gachó por más que se quiera endulzar su trayectoria al “servicio” de España. De seguir así, llegará a alcanzar con sus deméritos a otros ancestros familiares, de infame e infausto recuerdo. Fernando VII, Carlos IV o el mismísimo Alfonso XIII, tan distinguidos por su buen gobierno y ejemplo de virtud política. Lo siento, yo no voy a reconocer los méritos al rey romano –por razón de nacimiento-, para que me cuenten gracietas sin gracia o chistes pintureros –como en él eran habituales- no necesito a un monarca. En su momento de gloria, era considerado un gran león, porque todo lo leía, aunque no supiera lo que le ponían delante de sus narices, prominentes por otra parte.

Miren ustedes, queridos lectores, a mi no me gustan los bodrios y las pantomimas en lo que se refiere a cuestiones serias. Don Juan Carlos es un rey felón, que traicionó a España con su juramento aquel 22 de noviembre de 1975. “Juro por Dios y sobre los Santos Evangelios, cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional”. El perjurio tuvo lugar en las Cortes Españolas. De aquella farsa hay imágenes para la historia y abundante información documental.  Así pues ¿Dónde queda la honorabilidad, la honestidad, la integridad, la lealtad y la decencia de un rey perjuro? No tendré que recordarles que, en aquel discursito pronunciado, hubo vivos elogios a la figura de su mentor, Francisco Franco. Le tomaría juramento el entonces presidente de las Cortes, Alejandro Rodríguez Valcárcel que, afortunadamente para él, su temprano fallecimiento en 1976, le privaría de la náusea de ver perpetrada tamaña felonía.

No creo en las personas sin principios, menos si cabe, en políticos –reyes incluidos- para los que los espurios intereses personales se anteponen a los intereses nacionales. Don Juan Carlos ha sido un monarca cuyo “reconocimiento” se irá extinguiendo sin pena ni gloria, es un rey “demérito” e indigno para distinción alguna.