La pleitesía lacayuna con que muchos enarbolan la leyenda rosada sobre Juan Carlos I y su relación con la miserable cesión del Sáhara, vuelve a manifestarse en estos días donde varios popes mediáticos atribuyen la entrega de la ex provincia española a los deseos, o a la cobardía, del General Franco.  Falsean la historia con frenesí y maldad.

Su estrategia para blanquear a la partitocracia española de 1978 y a la miserable política exterior desde 1975 radica en mentir sobre un episodio histórico donde Juan Carlos I fue el responsable de haber convertido a España en una potencia desposeída de dignidad, rendida ante sus enemigos y desvestida de toda política exterior.

Y es que la última orden dada por el General Franco a sus ministros fue defender militarmente la provincia número 51 de España: el Sáhara occidental. Y lo hizo antes de caer en la agonía hospitalaria que lo conduciría a la muerte. Previamente, en 1973, el Caudillo ya había concedido al Sáhara un Estatuto propio de autonomía previo al referéndum de autodeterminación que debería efectuar el Estado español en 1975, y que había sido admitido y aplaudido por el Secretario general de la ONU.

No es que Franco quisiese amarrar al Sáhara; quería descolonizarlo, y deseaba hacerlo contra la pretensión marroquí de robarnos ese territorio, de apoquinar a España y de rendir a nuestra Nación en el flanco sur. Sin embargo, la orden dada por el Caudillo sería desatendida por el que días después se convertiría en jefe interino del Estado dada la postración del Caudillo: el príncipe Juan Carlos de Borbón, que entregó el Sáhara.

Contra los clásicos argumentos que justifican la cesión del Sáhara por Juan Carlos arguyendo el “elevado coste económico” que le suponía a España mantener esa provincia o “los atentados terroristas contra españoles” supuestamente perpetrados por independentista saharauis, lo cierto es que la entrega de ese trozo de España no admite justificación, se basa en la traición y produjo el fin de nuestra política exterior. La entrada de la “marcha verde” marroquí en el territorio saharaui, condenada por la propia ONU, y pactada por el príncipe Juan Carlos con Hassan II, humilló a los soldados españoles y destruyó la esperanza de ostentar, estratégicamente, un puerto seguro para la defensa de las islas Canarias contra  la anexión de Marruecos, ya entonces reclamada por Hassan II al igual que Ceuta y Melilla.

Los defensores entusiastas del reinado de Juan Carlos I y de la leyenda rosada de la Transición siempre aducen que la traición del entonces Príncipe contra la voluntad de Franco y contra la Soberanía de España, era por la causa noble de la “paz” internacional que España necesitaba para garantizar sus reformas políticas internas. “Defender algo de tan poco valor” no merecía la pena, vienen a decirnos.

Nada más lejos de la realidad. España ostentaba capacidad militar sobrada para haber convertido la “marcha verde” de los 350.000  marroquíes en “carrera” de huida y espantada. Lo podía y debería haber hecho contando, como lo hacía, con una superioridad militar apabullante. En vez de eso el precio que prefirió pagar Juan Carlos fue entregar, al que llamaría su “hermano” -el sátrapa Hassan II- esa provincia de España.

De este modo el príncipe Juan Carlos consignaba, con Franco agonizando, la debilidad de España, que sería captada por nuestro enemigo del sur al que él llamaba “nuestro amable vecino”, y brindaba al expansionismo marroquí un territorio como el Sáhara –de 270.000 kilómetros cuadrados- desde el cual posicionar su intención de asaltar las islas Canarias, adquirir poderosas minas  y tomar un dominio sobre el Atlántico que le sería hurtado a España.

De aquellos polvos, estos lodos…No hace mucho tiempo el gobierno marroquí se apropió de las aguas jurisdiccionales de Canarias. No hace mucho tiempo el gobierno marroquí convirtió al Sáhara, una vez más, en arrabal para buques, barcazas y efectivos humanos allí desplazados para zarpar con rumbo hacia las islas Canarias, provocando la crisis invasora inmigrante –alojada en hoteles de cuatro estrellas- que vive el archipiélago desde hace un año. No hace mucho tiempo el gobierno marroquí, sabedor de la disposición española para la “bajada de pantalones” desde 1975, lanzó una invasión humana de más de 10.000 ilegales sobre Ceuta arguyendo, como pretexto, la hospitalización de un líder del Frente Polisario en España. No hace mucho tiempo el gobierno marroquí, sabedor de la ninguna política exterior española, exige a España reconocer la soberanía de la casa real alauita sobre el Sáhara occidental, acto que conduciría a que el resto de la Unión Europea reconociese semejante estatus.

Los países de nuestro entorno pueden gustarnos más o menos: Marruecos puede producirnos asco, dado que nos envía a los ilegales y la droga que asolan España e incluso nos niega la información –y su responsabilidad- sobre el atentado del11M y los “moritos” de Lavapiés.

No obstante, todos ellos tienen una política exterior y una defensa de sus intereses. Marruecos justifica su política externa en agredir a España y arrebatarnos nuestro territorio. Reino Unido lo hace manteniendo una colonia ilegal llamada Gibraltar. ¿Qué política exterior tiene España desde 1975? Conocemos la de Marruecos desde 1956 –agredir a España- o la de Inglaterra desde hace 300 años -colonizar ilegalmente un trozo de España-. Pero, ¿cuál es la nuestra? ¡No piense mucho en ella el lector! Es esta: rendir nuestra soberanía a cambio de nada. No en vano dijo hace pocos días, el inefable líder del PP Pablo Casado, que el problema de España con Marruecos era que Pedro Sánchez no se había “reunido” con Mohamed VI nada más llegar a la Moncloa y que su receta, como líder de la oposición, era “cooperar con Marruecos en inmigración, tráfico de drogas y terrorismo yihadista”.

Las palabras de Casado son las de un miserable dispuesto a ceder al mismo chantaje que lo hace Pedro Sánchez: pagar a la monarquía alauita la millonada anual a cambio de nada bueno; a cambio de que los inmigrantes ilegales, la droga o las amenazas anexionistas sobre Ceuta y Melilla continúen como lo vienen haciendo desde 1975.

Recordemos cómo paga Marruecos a España por esa “amistosa vecindad del sur” que Juan Carlos I defendía cuando trataba al sátrapa Hassan II como “hermano”: un atentado como el de Atocha en el 11 M de 2004 sobre el cual las responsabilidades marroquíes en el encubrimiento y la información son más que evidentes; una invasión continuada contra nuestras fronteras que se inició bajo el mandato de Aznar, durante aquellos años 2000-2004 en que la invasión inmigrante era bendecida por el PP como parte de su “milagro económico”; un tráfico de drogas que lejos de amilanarse continua esplendoroso y magnífico como bien sabe nuestra Benemérita y a mayor gloria de las complicidades y patrocinio que de él hacen las autoridades alauitas.

Los indocumentados, los lacayos o los aplaudidores de algún partido político que se presenta como oposición al socialismo cuando es otra pata del mismo con distinta sigla, deberían hacérselo mirar antes de ponerse las medallitas de patriotas. Los popes mediáticos que hacen el caldo gordo a Juan Carlos I a base de mentir sobre la Historia de España mientras lancean a Franco, deberían hacérselo mirar; ir de patriotas por la vida insultando la verdad histórica sobre nuestro pasado es asqueroso y miserable.