Ayer fue el día más negro de la historia del Partido Popular. Atrapado en una moción de censura que desearía haber presentado pero para la que le faltó, como de costumbre, intuición y valentía, el PP necesitaba urgentemente reivindicar que su existencia todavía tiene algún sentido más allá del de pagar los sueldos de sus numerosísimos cargos públicos. Como los escándalos de corrupción y las purgas internas de los últimos años casi han acabado con todos los líderes prometedores que tenían los populares, la suerte hizo que en este momento decisivo para la historia del partido todo el peso recayese sobre los hombros de Pablo Casado. Carrerista gris de las Nuevas Generaciones, Casado se vio aupado al poder frente a Soraya Sáenz porque prometió la posibilidad de una vuelta del PP hacia posiciones más de derecha para frenar la masiva fuga de votantes hacia VOX.

Dos años después de su ascenso al poder, los votantes populares todavía seguían esperando el cumplimiento de esa promesa. El día de ayer parecía el momento idóneo para ello. Casado podía haberse sumado a VOX, engrosando con sus diputados la moción de censura y demostrando la misma solidaridad frente al enemigo común que VOX demuestra en Andalucía, Madrid y Murcia. Podía haberse abstenido tácticamente y haber dirigido en su discurso todas las críticas contra el gobierno para marcar las distancias entre ellos. Podía incluso haber intentado hundir a VOX haciendo un discurso contundente en el que reivindicase el liderazgo de la derecha. Tantas opciones tenían, que hasta ayer mismo, pese a que tuvieron meses para prepararlo, en Génova 13 no fueron capaces de decir qué iban a hacer.

Pero la decisión final que tomó ayer el PP es catastrófica incluso para haberla dejado para la noche de antes. Que votase en contra, posicionándose junto con el bloque de la izquierda, puede ser comprensible como táctica electoral. Lo grave no es lo que hicieron sino lo que dijeron. Porque lejos de confirmarse como líder de la oposición de derechas, lejos de afianzar ese prometido viraje hacia la derecha que dio el poder a Casado, el discurso de ayer confirmó la renuncia absoluta del PP a ejercer como partido de derechas.

La intervención del líder popular, en un virulento ataque a los que son sus socios de gobierno, navegó entre la imitación de Pedro Sánchez, del que copió prácticamente todos los ataques a VOX, y de Inés Arrimadas, a la que intentó emular en su defensa del centrismo equidistante. Renegando de la etiqueta de derechas, que no quiso ni mencionar, definió al PP como “la España centrada" y aseguró que “la verdadera disputa que hay en España hoy no es entre izquierda y derecha, es entre rupturistas y reformistas, entre populistas y demócratas, entre radicales y centristas”. Es decir, que el PP no se considera en la derecha, sino en el centro reformista democrático, y que sus enemigos no son el bloque de la izquierda, sino los rupturistas populistas y radicales, sean estos Bildu o VOX indistintamente.

Lo grave es que cuando el PP dice que no considera que haya hoy una disputa entre izquierda y derecha en España, es porque efectivamente ha claudicado ideológicamente a la izquierda y no tiene por tanto ninguna disputa con ella. Y esto es mucho más grave, porque ayer Casado proclamó solemnemente que no se puede contar con el PP para dar la batalla cultural al rodillo ideológico de la izquierda. Es verdad que en esto podríamos decir el PP ni está, ni se le espera, porque no lo ha hecho en toda su historia. Pero dudo que nunca haya admitido tan abiertamente su rendición.

Nosotros no apelamos a la identidad como vacuna contra la superioridad moral de la izquierda, porque es parte del mismo virus”, dijo Casado. Para el PP, defender nuestra identidad, la de la España centenaria, la del catolicismo milenario, la de nuestra herencia y nuestro pasado, es una enfermedad equiparable al odio nihilista de la izquierda. Porque para un partido que se autoproclamó a bombo y platillo “globalista” y “europeísta”, todo nacionalismo es malo, ya sea el del 12 de octubre o el del 11 de septiembre. Con tono condescendiente, Casado condenó “arengar a los Tercios de Flandes en vez de ocuparse de la industria que se va fuera de España”, como si el desmantelamiento de nuestro tejido industrial fuese culpa de aquellos héroes que sirvieron con el Gran Capitán y el Duque de Alba y no de la depredación de las multinacionales globalistas. A renglón seguido, todavía con deje de humorada, dijo que le parecía “igual de ridículo pedir asaltar los cielos que debatir sobre el Día de la Toma de Granada, en vez de resolver los problemas de su turismo”. Porque para Casado las soflamas revolucionarias de Pablo Iglesias son igual que los esfuerzos de algunos españoles por preservar la memoria de los Reyes Católicos y de nuestra Reconquista.

Al PP le aburre la historia de España como le aburre su identidad religiosa, porque para ellos, esas tonterías no son importantes ni tienen ya nada que aportar. “Seguiremos activos en la lucha cultural, pero en la de aquí y en la de ahora, no contra conspiraciones judeomasónicas ni con el cantoral castrense” ironizaba Casado. Y es que efectivamente, para el PP todo lo que no es aquí y ahora no tiene valor. Por desgracia, nunca llegó a explicar cuál era la lucha cultural de aquí y ahora en la que sí se embarcarían. Es imposible que un partido con la miopía intelectual del PP entienda que las luchas por el pasado y por la identidad sí tienen un impacto aquí y ahora. La izquierda lo ha entendido muy bien, y por eso sacan muertos de sus tumbas y hacen leyes de memoria histórica. También lo entienden los separatistas, que han inculcado a los niños ideas tan gloriosas como míticas de patrias vascas, imperios catalanes y califatos andaluces. Por eso el PP, que solo entiende de dinero, ha desaparecido de País Vasco y Cataluña por más que presuma de buena gestión, y no entiende que en un futuro cercano en el que los niños granadinos crean que su patria musulmana fue invadida por los castellanos y oprimida por la Iglesia Católica, también desaparecerá de Andalucía por mucho que invierta en turismo.

La política real es hacer cosas por la gente”, decía Casado. Y como cuando el PP habla de hacer cosas se refiere solo a dinero, sus recetas para los grandes choques ideológicos son simples apelaciones al talonario. “Frente al feminismo dogmático, crear empleo para dos millones de mujeres desempleadas”, aseguraba, como si el mero hecho de salir de la cola del paro fuese a borrar de la mente de tantas mujeres el insistente discurso de odio hacia el hombre y de agravios constantes del heteropatriarcado opresor con el que la izquierda bombardea a las españolas desde la escuela infantil con la connivencia de los gobiernos autonómicos populares. Para la Memoria Histórica, la solución de Casado es apelar a “la Transición y la monarquía constitucional”, que tanta prosperidad han traído a España. Innovadora y atrevida propuesta que sin duda desarmará por completo los argumentos de los que llevan años diciendo que vivimos en el Régimen del 78 y que la monarquía es heredera de Franco.

Tampoco podría Casado proponer mucho más, porque entonces estaría provocando crispación, acusación que lanzó sistemáticamente contra VOX. Cuestionar el feminismo, criticar a la II República, denunciar la inmigración ilegal, mencionar siquiera el aborto… son todo formas intolerables de generar división y fractura entre los españoles, según el PP. Lo que quiere decir que cada vez que la izquierda lance un nuevo órdago sectario, el PP tendrá que bajar la cabeza y ejercer su responsabilidad de estado, porque alzar la voz sería crispar.

En resumen, ayer Casado certificó que solo VOX está dispuesto a ejercer de oposición y defender las banderas de la derecha. En un momento en el que toda España sabía que se estaba jugando el liderazgo de la derecha española, el Partido Popular decidió, en lugar de reivindicar el puesto, claudicar y hacer el mayor viraje hacia la izquierda de su historia. En apenas 35 minutos, Pablo Casado despreció a todos los votantes que podía haber recuperado de VOX, defraudó a la mayoría de los que todavía le quedaban y esperaban una razón para no irse y demostró a los pocos que no quieran que en Arrimadas tienen a una candidata que piensa exactamente igual pero es mucho más inteligente. Ayer, el Partido Popular decidió huir ante el empuje de Santiago Abascal, abandonando el terreno de la derecha y dejándole solo como el único candidato dispuesto a hacer frente a la izquierda. “No es que no nos atrevamos, no es que nos hayamos rendido, no es que seamos cobardes, lo que ocurre es que no queremos ser como usted”, se justificaba ayer Casado. Y yo diría más: lo que ocurre es que no saben ser como él.