Hay ocasiones en que los menosprecios y caricaturas del adversario político terminan asumidos por éste como reivindicación. Ocurrió cuando desde el Partido Popular llamaron "naranjitos" a Ciudadanos, quienes asumieron el mote con orgullo. También con Gaysper, que cierta izquierda erigió en símbolo tras un cartel de Vox señalando al lobby LGTB entre otros problemas. Y ha vuelto a ocurrir con los "tabernarios" señalados despectivamente por José Félix Tezanos, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas, en referencia a los votantes de Isabel Díaz Ayuso antes de las elecciones madrileñas.

 

La izquierda y sus múltiples terminales mediáticas se han pasado la campaña electoral, sobre todo a raíz de la discusión en la SER y las presuntas amenazas de muerte contra Pablo Iglesias, alertando sobre el retorno del fascismo. Pero ni las menciones al Tercer Reich han impedido que la histórica movilización se tradujera en una victoria que reeditase en Madrid la coalición gubernamental de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. De tanto usarlo, el término facha y la crispación que genera su empleo se ha desgastado. También a desesperación e histeria sonaban las referencias a Donald Trump, no tanto dirigidas a Vox sino a la candidata popular; sin embargo, algo encontramos en común.

 

Hillary Clinton llamó deplorables y basura blanca a los seguidores de Donald Trump en 2016. Semejante desprecio por los antaño votantes del Partido Demócrata no lo exhibió tras la derrota electoral, sino antes, cuando todavía estaba por decidir el resultado en los Estados Unidos de América.

Del mismo modo, el presidente socialista francés Francoise Hollande llamaba desdentados a aquellos con menos recursos económicos y que en teoría eran su electorado, según le acusó su exmujer tras divorciarse. Este sector social lleva tiempo inclinándose por el Frente Nacional, hoy Asamblea Nacional, y no ha sido extraño escuchar que la izquierda progre los ha diabolizado durante mucho tiempo como racistas, xenófobos y personas sin estudios.

 

¿Sería el tabernario la versión española de los deplorables useños y los desdentados franceses? Hace tiempo fue una representante podemita cuyo nombre ya ha quedado en el olvido la que acusó a Vox de ser "como la Falange" y sacar sus argumentos de los bares. Ahora ha sido un cargo público descaradamente al servicio de Pedro Sánchez quien ha recurrido a los bares para despreciar a los votantes que no pasan por el aro de la izquierda progre. Los bares, lugares de reunión y socialización por excelencia del pueblo español, y uno de los pocos sectores económicos que sobreviven con muchas dificultades a esta crisis, son despreciados por el Gobierno progre, cuyos integrantes son más asiduos a los garitos de moda en Chueca y Malasaña. No es de extrañar que tantos madrileños se hayan lanzado en apoyo a Isabel Díaz Ayuso, que probablemente jamás pensó que pudiera obtener tanta popularidad política.

 

El facha para la izquierda progre representaba a una persona de clase media-alta, que odiaba a los habitantes de los barrios obreros, que asistía a misa los domingos pero detestaba a los inmigrantes... Es decir, los tópicos que hace una década se escuchaban en la barra de los bares y que hoy han sido convertidos en discurso político a nivel institucional por oportunistas como Pedro Sánchez y politólogos venidos a menos como Pablo Iglesias. Pero, a la vista de los resultados en toda la Comunidad de Madrid, parece impensable que incluso en el cinturón rojo del sur existan tantos individuos de clase media-alta que cumplan con las características que les asigna la izquierda. Resultará que los tabernarios provienen en buena parte de los barrios obreros y ahora, tal y como ha ocurrido en otros países, el cambio de opción electoral les convierte de la noche a la mañana en alienados, racistas y machistas cuando hasta hace poco eran personas ejemplares y comprometidas con la diversidad de toda índole.

 

El voto masivo por Isabel Díaz Ayuso puede interpretarse como un voto de protesta contra la nefasta gestión de la crisis sanitaria por parte del Gobierno central. Del mismo modo que el auge de Vox no puede explicarse sin la satanización a la que fue sometido por parte del Partido Socialista y de Podemos, los recientes resultados madrileños bien podrían comprenderse dentro de la simpatía que muchos españoles han sentido por quien el Gobierno sanchista quiso convertir en el chivo expiatorio de los muertos y contagios por Covid-19. Isabel Díaz Ayuso, por tanto, ha sido convertida gracias a los progres en un símbolo de los españoles hartos de la gestión sanchista, sobre todo en lo referente a las restricciones sanitarias; y en este sentido, sin duda, encontramos una curiosa similitud con un Donald Trump que logró el apoyo de los trabajadores estadounidenses frente al establishment progresista. Eso sí, hablar de Isabel Díaz Ayuso como la Donald Trump española es exagerado: el millonario useño sí habló abiertamente contra las élites, mientras que a la candidata del Partido Popular sería impensable escucharle alguna referencia contra los poderes económicos que respaldan al Gobierno sanchista. Como bien la ha definido Juan Manuel de Prada, la triunfal Isabel Díaz Ayuso es una progre de derechas: cuestionará a Pedro Sánchez y a su séquito, pero la ingeniería social de las élites progresistas no se encuentra entre sus objetivos a combatir.