Pronunciar la palabra "pecado" en el mundo de hoy te convierte prácticamente en un sacerdote vestido de paisano o en un humorista. Recordemos que fue Chiquito de la Calzada, que en Gloria esté, quien popularizó de nuevo, hace unos años, la palabra "pecador" sin un significado muy concreto. Fuera del ámbito del humor, hablar en voz alta del pecado provoca inmediatamente a tu alrededor miradas de reojo, sonrisas malévolas y movimiento de sillas.
 
Cuando en España y en Occidente había conciencia del pecado en la sociedad, al margen de la religión que practicase cada cual, las fuerzas del orden público lo tenían mucho más fácil a la hora de hacer cumplir las leyes y de mantener el orden. La conciencia moral está siempre varios escalones más arriba de la obligatoriedad de cumplir la ley. Por eso las personas que son cumplidoras de la Ley de Dios no necesitan, en general, tener un policía detrás de ellos para ver si cumplen con las leyes de los hombres.
 
No es ningún secreto que la Iglesia Católica ha ido perdiendo fuerza, a nivel social, prácticamente en toda Europa durante los últimos lustros. Sería largo entrar a detallar las causas, que son múltiples, pero sí conviene analizar con cierto detalle algunas de sus consecuencias. Una de ellas es, precisamente, la pérdida de conciencia del pecado, "una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna", en definición de San Agustín, o "una ofensa a Dios", como lo entendemos todos los creyentes.
 
El catecismo de la Iglesia Católica define el pecado como "una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana". De esta definición se deduce, lógicamente, que todos los hombres estamos llamados a evitar el pecado, independientemente de la Fe que cada cual profese, incluso aquellos que se consideran ateos o agnósticos; porque el bien que produce la evitación del pecado es la paz social, que contribuye al Bien Común.
 
Pondremos la lupa sobre la primera parte de esa definición: "el pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta..." Observemos el mundo de hoy desde la óptica del comportamiento, por ejemplo, de los dirigentes políticos y de los actores sociales. Sin necesidad, siquiera, de entrar al análisis de las ideologías que defiende cada uno. Lo que vemos es que hay un atentado constante contra la razón y contra la verdad. La razón se ha pervertido con miles de "razones" que van contra el sentido común, y la verdad directamente ha sido enterrada para poder instaurar el relativismo moral como "religión universal", el único credo capaz de satisfacer todos los egoísmos.
 
Una vez más, tenemos que recordar las palabras de Benedicto XVI, cuando afirmaba que "si el relativismo moral se absolutiza en nombre de la tolerancia, los derechos básicos se relativizan y se abre la puerta al totalitarismo". Nótese cómo, en la mayoría de los países occidentales, cuanto más se insiste en la fuerza de la democracia, más se atenta contra los derechos fundamentales de las personas (ya no digamos durante los meses más duros de la pandemia, en los que directamente nuestros derechos fueron puestos entre paréntesis). Podemos ir a votar, efectivamente; listas cerradas que confeccionan un grupo muy pequeño de personas en las cúpulas de los partidos políticos. Pero a cambio, les hemos entregado (o ellos nos han ido arrebatando) buena parte de nuestros derechos reales de participación política y social.
 
Pero volvamos al pecado. Seguro que muchos de nuestros lectores van a misa los domingos. Y estoy convencido de que habrán observado, como yo, que en el momento de recibir la Comunión de manos del sacerdote, hay una fila bastante nutrida de personas; en cambio, si nos fijamos en los confesionarios, casi siempre están vacíos. Más allá de pequeñas objeciones que puedan hacerse (como que algunos cristianos se confiesan durante la semana, y van a comulgar el domingo), lo cierto es que todos sabemos que hay una gran mayoría de católicos que van a comulgar sin estar en gracia de Dios. Es decir, sin haber confesado sus pecados, en muchos casos, durante meses o años.
 
Esto es algo que conocen perfectamente los sacerdotes y que a muchos de ellos (me consta) les genera una gran preocupación y dolor. En primer lugar, porque esa práctica constituye una gravísima ofensa a Nuestro Señor. Si esas personas fuesen conscientes de que Dios está real y verdaderamente presente en ese pedacito de pan, no se atreverían a recibirlo en su boca sin antes haber confesado sus pecados. Pero hay otra razón también muy importante para la preocupación: que la mayoría de los cristianos, y por tanto la mayoría de los ciudadanos de hoy, no tienen conciencia del pecado.
 
Como nos recuerda el Catecismo, aunque el pecado es un acto personal, todos tenemos responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos en ellos. Y añade: "Así el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de otros, hace reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las "estructuras de pecado" son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal. En un sentido analógico, constituyen un "pecado social"".
 
Para poder tener conciencia del pecado, antes es necesario analizar desde la humildad los actos contrarios a la virtud que uno ha protagonizado. Y subrayo la palabra clave en esto, la humildad. ¿Quién, en la vida pública de hoy, habla, se comporta o trata a quienes no piensan como él con humildad?, ¿podremos citar a un político, representante sindical, empresario de postín, líder de opinión, influencer, youtuber, futbolista, cantante, genio del pincel o presentador de TV que demuestre públicamente su humildad? Puede que logremos contar a algunos con los dedos de una mano. Desgraciadamente, lo habitual es la soberbia, antítesis de la humildad, y origen de todos los pecados.
 
Acabamos de asistir a una muy reñida campaña electoral por las elecciones a la presidencia de la Comunidad de Madrid. De nuevo, no entraremos a calificar las distintas opciones desde el punto de vista ideológico. Pero, salvando alguna honrosa excepción, habrán observado el tono del discurso público, los continuos reproches, las faltas de respeto, la ausencia total de autocrítica, la sublimación de las promesas como si pudiesen convertirse por arte de magia en realidades tangibles e inmediatas. Lo que los MCS llaman alegremente "polarización" en realidad es un envilecimiento de la sociedad, es un crescendo en la violencia verbal que, sin un soporte moral que sustente la crítica a otro, terminará siendo como un boomerang para cada uno de nosotros.
 
Lo que se deduce de ese comportamiento público (que es muy evidente en los personajes conocidos, pero que con toda certeza se reproduce fielmente entre el resto de ciudadanos) es una falta absoluta de conciencia del pecado, o dicho de otro modo, una ausencia total de límites morales al uso de la mentira, la manipulación, la falsificación, la injuria, la calumnia o el odio al que piensa diferente para conseguir un determinado fin. Y aunque sus fines puedan ser incluso loables, el camino para intentar conseguirlos no puede ser considerado legítimo ni moralmente aceptable.
 
En su imprescindible "La crisis de Occidente", Santiago Cantera asegura que hay dos conceptos fundamentales de los que hoy carece la sociedad europea: raíces y luces. "La sociedad europea, que en nuestro tiempo está tratando de configurarse a sí misma de un modo absolutamente nuevo, ha renunciado a las verdades raíces que le podían dar consistencia. Reniega de su pasado más auténtico, de aquel que dio vida a Europa, y quiere edificar una nueva "casa común europea" en el vacío. De este modo, es obvio que el desplome se producirá más tarde o más temprano", asegura el prior del Valle de los Caídos.
 
Echar a Cristo de la vida pública tiene consecuencias para todos los ciudadanos del siglo XXI, no solamente para sus seguidores. La falta de conciencia de pecado, unida a la hipersexualización, la pornografía y las desviaciones y depravaciones socialmente aceptadas, hacen que vivamos hoy en un "fatalismo existencial", peor aún que el original de Sartre, sin brújula moral alguna y repitiendo patrones relacionados con la violencia que nos remiten a los episodios más negros del siglo XX.
 
Lamentablemente, a pesar de nuestro providencialismo (¡o quizá por ello!) no podemos ser muy optimistas en lo tocante a lo que puede suceder en las próximas décadas a este respecto. Una sociedad que se ríe del pecado, que lo banaliza, que no es consciente del riesgo que supone para esta generación vivir sin límites morales, al albur de nuestros deseos y caprichos, entregados solamente a la satisfacción de nuestras apetencias (por aberrantes que éstas sean), es una sociedad que camina lentamente hacia su autodestrucción.
 
Pero aquí seguiremos unos cuantos. Inasequibles al desaliento, desde luego. Poniendo una pica en Flandes cuando haga falta. Y sirviendo en el ejército de Dios, que es el mayor orgullo que puede tenerse en la vida.