Suena el timbre, es el mensajero. Trae un pequeño paquete que contiene en su interior una cajita con 4 o 5 muestras de cosmética, maquillaje y belleza femenina. Funciona como una suscripción mensual y en cada entrega cambian los productos y el diseño de la caja. En este mes de marzo, para “celebrar y empoderar a las mujeres”, la cajita vino adornada con ilustraciones multicolor: un puño izquierdo con las uñas pintadas de rojo, una mujer de raza negra con cabello afro enseñando con una sonrisa sus axilas peludas, un corazón con la bandera transgénero y otros dibujos relacionados con el “empoderamiento femenino”. El sabio refranero dice que “para muestra basta un botón”, sin duda así es. La realidad se ha convertido en una auténtica mercería a tope de botones y esta muestra es solo una de ellas.

Vemos que los gerentes de marketing y los directivos que deciden el rumbo de una empresa a nivel comercial, dan por sentado el hecho de que todo su mercado, efectivo y potencial, acepta sin rechistar los mensajes y símbolos de un contenido ideológico determinado, en este caso del llamado “feminismo de cuarta ola”, sin temor a perder un solo cliente o recibir algún tipo de queja o demanda. Para esta nueva clase empresarial, el radicalismo furibundo, intolerante y supremacista que rechaza la naturaleza biológica de las personas, envuelto en la loable defensa de los derechos de las mujeres, es un dogma indiscutible y taxativamente aceptado.

En Occidente, el actual feminismo ya no reivindica los derechos políticos de las mujeres ni lucha por acceder libremente a ciertas prácticas sociales que les estaban vetadas en siglo pasado, ya que esas metas han sido alcanzadas. Esta nueva ideología como falsa conciencia -utilizando terminología marxista- busca un cambio antropológico que está en plena interrelación con los objetivos financieros, económicos, tecnológicos, mediáticos, culturales y educativos de la élite del poder global. La persona de sexo femenino ya no les importa y la feminidad mucho menos. Son un engranaje más de la ingeniería social que lleva al transhumanismo, el transespecismo o cualquier otra ocurrencia por el estilo, donde la voluntad se impone a la biología.  

Si ya no existen realidades objetivas, sino que cada cual puede ser lo que se le ocurra sin ningún tipo de objeción ni frontera, y modela a su antojo lo que sea, todo es posible. Cuando se comienza a recorrer este sinuoso camino sin sentido, se convierte en algo patológico que no tiene fin. Esto que aparentemente comenzó con una justa lucha por las libertades y los derechos, hoy va más allá incluso de lo sexual.

Como otro botón de esta muestra, tenemos el caso del “artista cíborg” que se ha implantado en su cabeza aletas de pez para “percibir los fenómenos atmosféricos”. El mismo afirmó que “es una identidad en exploración”. Como decía el viejo Ripley “Es verdad ¡aunque usted no lo crea!”. ¿Dónde sucedió? Sí, aquí en España, dónde sino…

Lo que hoy parece inofensivo, surrealista o delirante, con el tiempo acaba siendo aceptado con normalidad a fuerza de la exposición incesante y la aceptación acrítica de las mayorías. Es el paso previo a un totalitarismo multicolor absolutamente relativista y tolerante que resulta más perverso que todos los conocidos con anterioridad. Ese nuevo mundo paralelo de unicornios sin órganos sexuales y arcoíris de algodón de azúcar, acaba con el alma humana, la moldea cual plastilina de colores degenerándola en algo diferente y degradado. Y aunque no nos guste verlo o aceptarlo, ya está aquí entre nosotros.

Cada cual es libre de hacer consigo mismo lo que se le ocurra mientras no afecte a la vida ajena o coarte su libertad. Pero en este caso, esta ola desquiciada de ideología, amparada y fomentada por la Agenda Global e implementada por los gobiernos, no solo está ahí fuera, sino que ya están dentro del reducto sagrado del hogar, de la privacidad familiar. Entra mediante el adoctrinamiento edulcorado impartido desde las escuelas a nuestros hijos, a través de los rótulos de los programas de las cadenas de televisión, redes sociales, buscadores de internet y ahora además llega a domicilio en una cajita de cosmética.

Occidente está adormecido por el opiáceo de la falsa seguridad que brinda seguir la corriente sea a donde sea que le lleve. El uso de colores, símbolos, banderas, lenguaje, estética y de una ética retorcida, trastocada, forzada, y antinatural no es inocente. Su mensaje corrosivo avanza sin contención, dando por sentado que todo el mundo lo acepta y lo asume como normal, fruto del avance social y de derechos.

La globalización y la instantaneidad de los mensajes, gracias a las nuevas tecnologías, son el vehículo ideal del discurso único que ha convertido al mundo en la aldea global preconizada por Marshall McLuhan. Fuera de ella ya no hay nada, ni sillón, ni Netflix, ni WiFi, ni Instagram ni nada, y de ahí el horror vacui de quedar del otro lado de la empalizada globalista. Por ello la pandemia sanitaria e ideológica llega hasta el rincón más lejano tanto con un virus como con la malla mental que normaliza lo anormal con un discurso políticamente correcto cada vez más demencial y extremo.

¿Esto significa que nos encontramos frente a la quiebra generalizada y la caída de la Civilización Occidental? ¿Hemos llegado al punto de no retorno? Tal vez la respuesta la tengamos en la cajita de muestras de cosméticos del mes que viene.