Nuestras acciones, si no por la buena voluntad, deberían al menos estar gobernadas por el ejemplo y por la ley. Ninguno nos convidamos al banquete del mundo. Ni siquiera nos invitaron. Nos pusieron en él sin pedirnos permiso, pero quiero pensar que en la mayoría de los casos eso ocurrió con amor y esperanza, soñando con mejorar un mundo siempre perfectible, generación tras generación. Mas hay gente empeñada en que la vida sea una cárcel o una tumba para sus semejantes, malevolencia que, cuando se lleva a cabo aprovechándose de un inmenso poder, conduce a una crisis ingente, social y moral, como es la que hoy vivimos.

Entre otros múltiples y sucesivos abusos, la catástrofe vírica con que unos dementes han atacado a la humanidad ha conseguido demostrar varias cosas. Una de ellas es la consideración de que no hay cosa por incómoda, temible, viciosa o evitable que sea, que no pueda convertirse en normal, merced a alguna condición y accidente. Hasta tal punto es frágil la condición humana. En España, hemos sido sorprendidos en nuestra despreocupación e indiferencia; hemos sido maltratados, llevados como borregos, y hemos soportado las humillaciones y las muertes en absoluto silencio, con vasalla aceptación, con ánimo de eunucos.

Lo que al principio fue asombro, fue luego, y es ahora, acatamiento. Si del origen vírico no es posible culpar a la flácida sociedad del bienestar, si que puede imputársela de plebeya al conformarse con el yugo. Y lo involuntario ha devenido en voluntario. Según parece, ya no es cosa de cocear cuando uno se ha dejado uncir sin rebeldía. Si hasta ahora se ha creído necesaria la aptitud del ser humano para gobernar su libertad desde la prudencia, la experiencia nos dice que sólo unos pocos se someten a esa obligación nacida de la dignidad que presuntamente nos constituye. 

Por el contrario, la inmensa mayoría -no sólo respecto al virus- ha claudicado ante la injusta obligación impuesta por el poder, manteniéndose bajo las leyes de un triste y espurio lugar común, sin ni siquiera esforzarse para incumplirlas. Y ha permitido que los amos lleven a buen término su terrible desafío: confundir razón con injusticia, y para ridiculizar y devastar todo orden y toda regla que no concuerde con sus tiránicos y endiosados objetivos. De ahí que se haya transmutado el tradicional código de valores y ahora se coloquen las campanas en las criptas y se ame y se reconozca sólo lo aberrante, relegando la belleza y la verdad al vagón de los sobejos.

Por odiar a la excelencia, por odiar a la religiosidad, por odiar a la patria y a la humanidad toda, estas bestias han incumplido y arrasado todas las normas morales y legales, todos sus deberes y compromisos. Por eso son traidores, porque su conducta constituye una deslealtad para con la ley, la ciudadanía y la nación. Es inaudito, más aún, es suicida que las tarántulas sigan chupando la sangre de sus víctimas con resuelta jactancia, con absoluta impunidad.

Y lo terrible es que sólo un puñado de patriotas esté buscando soluciones, que no exista un movimiento popular que se les oponga. Que una multitud viva no salga al paso de los victimarios, harta de sufrirlos, y acabe con este caminar agónico y sumiso hacia la consumación.