En nuestra época proliferan los conchabes políticos y los negocios turbios, como ha venido sucediendo a lo largo de la historia. Las oligarquías se reconcilian o se despedazan envueltas en contiendas embusteras y vergonzosas. Lo que distingue estos tiempos de los anteriores es la abundancia de leyes, normas y conductas desnaturalizadoras, atentatorias contra la propia esencia -espiritual y física- del ser humano, impuestas, además, de modo totalitario desde el poder.

Quieren que nada sea lo que parece, en especial lo referido a nuestra propia naturaleza, una aspiración estremecedora e inquietante. Se trata de cubrir las apariencias y de ocultar y negar las verdaderas intenciones. Por eso, aquel partido, aquella asociación, organización o fundación que busque la verdad no debe preocuparse si sus acciones o palabras son tergiversadas por la casta partidocrática y sus medios afines.

Dicho lo anterior, uno no puede sino alegrarse ante la sucesión de noticias que, al comienzo del actual curso político, anuncian la creación de asociaciones, organizaciones y fundaciones -o sus readaptaciones y fusiones- dispuestas a oponerse a la mentira y a la malevolencia del frentepopulismo que nos gobierna y aherroja. Es la interpretación verdadera y sincera de dicha efervescencia civil la que se precisa en adelante mantener, cueste lo que cueste. Son la verdad y conciencia genuinas las protagonistas; de ellas viene hablando, habla y hablará una masa crítica cada vez más amplia.

Este acontecimiento parece revelar que a una parte noble de la sociedad se le ha agotado la paciencia y ha decidido pasar al ataque, zanjando definitivamente las excusas y acercamientos que en forma de diálogo se han venido practicando desde distintos ángulos, tratando de evitar unos conflictos que las izquierdas resentidas y sus cómplices hacen inevitables. Ya está bien de acatar las tácticas simuladoras con las que estos zorros pretenden ganar tiempo para llegar al hecho consumado, y que resultan -por lo ingenuas y erróneas- más feas que ese diálogo, esa concordia y esa tolerancia falsas en las que se escudan los taimados.

Vale más quedar como ofensor y poco dialogante que ofenderse a sí mismo haciendo concesiones a tan indignos adversarios. Ningún decir y hacer encontraba Montaigne tan vicioso para un caballero como el desdecirse y deshacerse; este hecho, que ya resulta vergonzoso cuando es arrancado por autoridad, tanto más lo es cuando lo dicta el temor. Y aquí han sido muchos los que han pecado de pusilánimes y apocados.

Pero he de decir, usurpando por unos minutos el papel de abogado del diablo, y para evitar decepciones futuras, que de nada sirve que muchos se lancen a la lucha si marchan desunidos o luego van con lentitud en la carrera. O son fáciles en el desánimo o en faltar a su palabra y en desdecirse y deshacerse. Porque quien se apresta ligeramente al combate suele del mismo modo abandonarlo. El caso es que una vez metidos dentro, hay que seguir o reventar. La falta de preparación o de prudencia trae consigo la de ánimo, mucho más grave.

Los orígenes de todas las cosas son débiles y tiernos, pero como la sociedad civil no tuvo bien abiertos los ojos en los comienzos de la Transición, ni tampoco durante ella, nos encontramos en este lodazal. Ahora bien, si más vale tarde que nunca, bueno es que ya sean numerosos los que han descubierto la gravedad del peligro y se hayan activado, aunque sin haber descubierto aún el remedio oportuno para acabar con el mal. Que llegará sin duda con el tiempo, ese factor que todo lo resuelve.

Todas las decisiones públicas están condenadas a interpretaciones inciertas y diversas, pues son múltiples los criterios que las juzgan. Pero todos los movimientos civiles puestos en marcha para acabar con la actual corrupción y regenerar la sociedad no deben detenerse a pesar de estar expuestos a las críticas y recelos de unos enemigos que controlan la más abyecta propaganda.

Ni se debe abandonar el proyecto regenerativo ni se debe confundir la falta de medios con la falta de sentido. Los medios, imprescindibles, se irán obteniendo según vayan despertando los ciudadanos, pero carecer de sentido es letal para todo proyecto. Por eso, lo esencial es que este impulso cívico tenga claro el objeto y esté convencido de su necesidad y de su realización. Y que, amigo de la perseverancia, se esfuerce por abolir su aspecto negativo: la debilitadora dispersión.

No todos los cargos importantes son difíciles, pero sí suelen ser sacrificados. Por eso tengo la certeza de que este hervidero crítico, que emerge con el otoño, abunde en personas íntegras y preparadas, vigorosas y sutiles, de amplios saberes y espíritus libres y generosos, dispuestas todas ellas a realizar lo que su deber les impone -aun exponiéndose a riesgos-, y rechazando a aquellos personajes que confunden la ambición con el deber. Aunque éstos sean, sin embargo, los que con más frecuencia -gracias a su demagogia- llenan los ojos y los oídos de la ciudadanía, y los que la fascinan, pese a no pagarlos la esencia de la cosa, sino su apariencia.

Porque nuestra sociedad está tan acostumbrada a la agitación ostentosa, que la moderación, la anónima constancia y otras cualidades tranquilas y sin brillo, apenas si se advierten. Por el contrario, es el provecho personal lo que mueve a los oportunistas; llevar a cabo en la plaza pública lo que mejor puede hacerse en el despacho, y en pleno mediodía lo que se hubiera hecho perfectamente la noche anterior. Y todo ello para alcanzar mayor clientela y reputación personales, o porque se juzga que las cosas buenas sólo pueden acreditarse al son de la fanfarria.

La ambición, que no suele ser defecto de gentes insignificantes ni se encuentra al alcance de los esfuerzos comunes, es una enfermedad que en este caso y en esta hora está demás. Los componentes de este movimiento civil deben pensar más en liberar a tantos millones de almas enanas, embaucadas durante casi cinco décadas por doctrinas deleznables, que en sus propios laureles, tratando de juzgar a derechas las cuestiones vitales que entorpecen el progreso de la nación y convenciéndose de que este discreto bien obrar carece de cuerpo y de vida a efectos de los loores mundanos.

Porque llegados a este punto y embarcados en el imperativo proyecto restaurador, se deben realizar las cosas más por conciencia que por ambición. Y prepararse para llevar a cabo una innumerable multitud de pequeñas acciones diarias, antes que actuar de modo apoteósico. Es mejor no comenzar que luego detenerse, como dejó escrito Séneca en sus Epístolas.

La voz de la fama puede que en este caso tenga más matices domésticos que heroicos, o que ni siquiera se haga acreedora a la estimación que merece todo acto nacido de la virtud. Aunque, como nunca se sabe en estos casos, es posible que entregándose generosamente a la causa y desdeñando el apetito de nombradía y honor, éste caiga por su propio peso y se encuentre finalmente en toda su gloria y que, al contrario de lo que pensaba Cicerón, también el esplendor y el prestigio pueden hallarse en el mercado, y no precisamente por medios espurios.

Vaya por delante mi reconocimiento y me deseo de suerte a todas las gentes de bien que se entregan a la noble causa de defender la verdad, la libertad, la vida, la familia y la unidad y grandeza de su patria. Con ello, aparte de enaltecer su propia dignidad, tratan de alzar también la de su prójimo. Que está obligado a ayudarles en la medida de sus fuerzas.