La hospitalización en España de un representante del Frente Polisario ha desatado, por parte de Marruecos, una avalancha de individuos indocumentados por toda la ciudad de Ceuta. El Estado que les ha abierto las puertas es el mismo que meses atrás cerró unilateralmente las fronteras con España, alegando medidas preventivas contra el Covid-19. También es archiconocido que Marruecos se desentiende de los menores de edad que cruzan a territorio español, entre otros motivos porque así no supondrán un problema interno en caso de que, frustrados por la ausencia de perspectivas de futuro, organicen movilizaciones de protesta contra las instituciones. Como si no fuese suficiente con todo el dinero que Marruecos recibe desde España y con los problemas internos que nuestro país le ahorra acogiendo laboral y socialmente a parte de su población, ahora el vecino del sur ha ido más allá de lo tolerable en el terreno de la "diplomacia" (o más bien chantaje) que acostumbra a practicar.

Por parte de la derecha sociológica ya circula una nueva crítica contra el Gobierno "socialcomunista" que consiente la violación de las fronteras españolas. No obstante, precisamente el incidente de Ceuta es el mejor ejemplo de por qué España no tiene a día de hoy un Gobierno comunista en el poder.

 

Si tuviésemos un Gobierno comunista, nadie cruzaría a España sin la correspondiente documentación y autorización de las instituciones. La experiencia histórica con la Unión Soviética y el Telón de Acero, además de la realidad contemporánea de Corea del Norte, nos recuerda que el comunismo ha acostumbrado a ejercer un férreo control fronterizo antagónico al cosmopolitismo y la llamada a la abolición de fronteras por parte de la izquierda progre.

Si tuviésemos un Gobierno comunista, los militares españoles que vigilan a los asaltantes enviados por Marruecos no estarían plantados en mitad de una muchedumbre como unos profesores supervisando el recreo en el patio de un colegio, sino que habrían hecho uso de la fuerza física necesaria para repeler la violación de las fronteras. Dejando a un lado episodios históricos como la invasión alemana de Rusia durante la Segunda Guerra Mundial o la frustrada invasión estadounidense de Cuba, por lo general nadie ha querido entrar por la fuerza bruta en un país comunista. Sí podemos recordar, en cambio, lo que sucedía con los alemanes orientales que querían cruzar el muro de Berlín hacia el lado occidental.

Si tuviésemos un Gobierno comunista, no sólo los menores que hoy hacinamos en centros a cargo del dinero de los contribuyentes estarían muy disuadidos de venir a España, sino que las propias instituciones se habrían preocupado de movilizar a la población autóctona para desempeñar faenas laborales como las agrícolas y así no requerir a Marruecos que envíe jornaleros a nuestro país. Precisamente es este envío de trabajadores uno de los argumentos con los que Marruecos aprovecha para hacer creer a España que nuestro país necesita de ellos más que ellos de España.

Si tuviésemos un Gobierno comunista, los numerosos marroquíes naturalizados por la Administración pública española se tomarían en serio su nueva condición de ciudadanos españoles (la cual implica renunciar a la de súbdito marroquí) y serían los primeros en rechazar este enésimo desafío de Marruecos a España. Si algo tuvieron los regímenes totalitarios comunistas es que exigían adhesión a sus poblaciones.

Si tuviésemos un Gobierno comunista, la endofobia que presentaría la presencia española en el Sáhara occidental como una brutal exhibición colonialista les habría llevado a acoger en un hospital no ya a un representante del Frente Polisario, sino a toda esa organización al completo. Una cosa que se le ha reprochado a Pablo Iglesias mientras estuvo en el Gobierno junto al Partido Socialista es que no manifestó nada sobre la situación del Sáhara bajo la ocupación marroquí. Lo único que queda del antiguo comunismo en los progres de Unidas Podemos es su concepción de España como una encarnación (laica, por supuesto) del mal y el oscurantismo más absolutos.

Si tuviésemos un Gobierno comunista, Marruecos no habría anunciado que kilómetros de territorio marítimo, con minerales fundamentales para la economía del futuro y en territorio español, pasaban a su soberanía. Para el comunismo no existía ningún inconveniente en movilizar a la población cómo y cuándo fuera conveniente, así que mucho menos un Gobierno de ese corte iba a renunciar tan a la ligera a unas materias primas fundamentales para la producción económica.

No nos encontramos, pese a lo que manifiesten ciertas propagandas, bajo un Gobierno comunista.

 

Tanto el Gobierno de España como diversos organismos (incluyendo una institución con tanta influencia antaño como la Iglesia Católica) parecen no darse cuenta de lo que hay tras este nuevo ataque de Marruecos contra las fronteras españolas. O tal vez no quieren reconocer que Marruecos, en clave geopolítica, es como ese amigo o ese vecino gorrón y caradura que no para de mendigar favores de todo tipo para, con posterioridad e ingratitud, acusar al prójimo de egoísta. No asistimos, pues, a una avalancha de personas desesperadas por la situación sanitaria o laboral; asistimos, y no puede ocultarse porque ahí están las imágenes de la policía marroquí abriendo las puertas de su frontera, a un chantaje institucional con el que Marruecos pretende sacar más réditos a costa de España.

¿Cómo puede España resolver este conflicto? Diplomáticamente tendría muchas alternativas. La devolución de los menores extranjeros no acompañados y la revocación de los permisos de trabajo a los marroquíes residentes en España podría ser una buena medida de presión para que Marruecos deje de enviar alborotadores a España; si algo no quieren allí es a una población que no vea futuro y sea proclive a provocar altercados. El cierre absoluto de las fronteras por parte de España y, sobre todo, del dinero que se destina a Marruecos también podría servir como aviso. Es Marruecos quien saldría perdiendo en mayor medida, al contrario de lo que pretenden hacernos creer. España sólo necesita un Gobierno que esté dispuesto a plantear esas medidas y, llegado el caso, hacerlas cumplir. Si algo necesita España desde hace tiempo es una absoluta reconfiguración de su relación diplomática con Marruecos, el molesto vecino del sur. ¿Estará Pedro Sánchez a la altura de este desafío? Mucho tememos, por desgracia para España, que no.