Recientemente han destacado varios líderes y representantes del PP, entre ellos Alberto Núñez Feijoo y uno de sus escuderos, el consejero andaluz Elias Bendodo, enarbolando su querencia en las “nacionalidades históricas”, en la “nacionalidad catalana”, y en España como “Estado plurinacional”. Así lo han dicho, pública y literalmente.
Así lo ha dicho la derecha traidora, que enarbola sin complejos la vieja cantinela de los movimientos subversivos, socialistas y terroristas que en los años 70 del pasado siglo defendían “autodeterminación y amnistía” deplorando, como no podía ser de otra manera, del Estado unitario legado por Francisco Franco.

El reconocimiento de unas supuestas “nacionalidades” integrantes del Estado español es la contradicción suicida que la UCD de Adolfo Suárez patrocinó cuando en la Constitución de 1978 se refirió, en el artículo segundo, a la “indisoluble unidad de la nación española” a la vez que reconocía la existencia de unas “nacionalidades” indeterminadas a las que se daba derecho de autogobierno.

Las consecuencias de semejante desafuero serían catastróficas.

El viraje de las autonomías al separatismo es un proceso del que participó el PP históricamente. La legión de eunucos morales e intelectuales de ese partido político, versionado en 17 agrupaciones autonómicas al servicio de corrupciones clientelares, no podrá -ni querrá- entender ni asumir jamás las críticas impecables, razonadas y contundentes que el modelo territorial español parido en 1978 sufrió por boca de figuras intelectuales prominentes. ¿Cómo iban a hacerlo si están 40 años chupando del bote del sistema autonómico?

Veamos algunas de esas justas críticas de hace más de cuatro décadas cuyos vaticinios se han cumplido a la perfección.

Una de ellas fue muy esclarecedora. El catedrático de Derecho Político José María Gil Robles dijo, desde el ABC, en un artículo titulado “El autonomismo y el Poder”: “No se debió negociar desde las alturas del Poder sin antes haber definido y afirmado del modo más contundente la esfera de las competencias que un Estado soberano no puede negar o compartir sin renegar de su propia esencia”. En otro artículo titulado “Ya hay Estatutos. ¿Y ahora?”, Gil Robles escribía: “No me cansaré de repetirlo. El principio de las nacionalidades ha sido siempre un poderoso factor de debilitación de los Estados unitarios –unitarismo no quiere decir uniformismo- a base de forzar particularismos internos o limítrofes, aspirantes a una soberanía propia. La Historia lo ha demostrado con ejemplos concluyentes”.

Jules Guimon, diputado de UCD por Vizcaya, publicó en “El correo español-El pueblo vasco”, de Bilbao, el 9 de abril de 1980, un extenso artículo de crítica al sistema autonómico algunos de cuyos párrafos son: “ En el seno de una Constitución prudente y moderada en su conjunto nuestros constituyentes dieron rienda suelta a un desenfrenado barroquismo a la hora de abordar la cuestión autonómica. Se empezó por crear unas insólitas preautonomías ya antes de la existencia de una Constitución que les sirviera de soporte. Se siguió por oficializar la ikurriña cuando los más audaces sólo pedían su legalización. Cuando ya el principio de las nacionalidades dormía el sueño de los justos desde finales de la Primera Guerra Mundial, tras demostrar su absoluta inutilidad, ni cortos ni perezosos nuestros constituyentes consagraron la existencia de nacionalidades y regiones en el seno del Estado español, sin, por lo demás, molestarse en concretar ni sus límites geográficos ni las consecuencias jurídicas derivadas de su distinta naturaleza ni los criterios de diferenciación entre unas y otras…”

Fernando Chueca Goitia en “Desunir lo unido”, publicado en ABC, dijo: “ ahora, al iniciarse el último cuarto de siglo, cuando los políticos se encuentran empeñados en satisfacer apetencias separatistas, y por todas partes descubren hechos diferenciales y culturas diferentes, ninguno se ha parado a pensar en el tremendo proceso unificador a que, para bien o para mal, se ha visto sometida España”. Y termina preguntando: “ ¿Tendremos que defender la Patria otra vez los que estamos por encima de estas coyunturas políticas y los que creemos que desunir lo unido no nos llevaría más que a una insensata autodestrucción”.

Memorables resultan las intervenciones parlamentarias de Blas Piñar López durante la sesión de investidura a Leopoldo Calvo Sotelo el 25 de febrero de 1981 u otra en 1979 donde expresó su rechazo a los Estatutos vasco y catalán. En ambas, el genial orador, mediante su verbo prominente, impoluto y ardiente retrató la aberración y peligrosidad de reconocer Estatutos y nacionalidades y las dramáticas consecuencias de fragmentación, insolidaridad y balcanización para la unidad española. Estas intervenciones del diputado Piñar están registradas en la plataforma “Youtube” para deleite de los que somos admiradores del más gigante orador de las últimas décadas.

Hoy un antiespañol, muladí y tarado como Blas Infante es homenajeado en Andalucía por el pepero Moreno Bonilla; hoy el idioma español es arrojado de los espacios públicos gallegos como la peste por el pepero Feijoo; hoy los españoles necesitamos “cartillas de desplazados sanitarios” cuando residimos en otra comunidad autónoma; hoy los filoetarras de Bildu cobran los mayores emolumentos de dinero público…

Hoy el PP se pavonea de la existencia de las “nacionalidades”, de fragmentar la unidad española y encima, de que muchos imbéciles sigan votándole en nombre del patriotismo o del voto útil.
Nada más inútil, más traidor y más cafre que votar por un partido político corrupto que sólo saca la bandera de España en campaña electoral un ratito y mientras escupe sin freno sobre la Unidad de España.