Todavía recuerdo, a finales de febrero y principios de marzo de 2020, cuando ya el “bichito” chino constituía una seria amenaza, como aquellos hijos de mala madre -perdonen la expresión, pero no merecen, en el mejor de los casos, otro calificativo-, presentadores de algunos de los programas emitidos por las cadenas de la “telebasura” imperante, se mofaban del virus, jaleándolo, entre risas y haciendo la ola al grito de “virus, virus, virus”, para que la gente no se amedrantase antes de tiempo, con la amenaza cierta de la epidemia, y dejase de acudir al aquelarre feminazi del 8M. Es una imagen que permanece fresca en mi memoria y que espero que, algún día, alguien haga que aquellos mentecatos irresponsables, lameculos del poder, se sienten en un banquillo en una Sala de vistas.

Después, con el paso de los días, cumplido el objetivo del 8M y tras recibir, por parte del gobierno, las cuantiosas subvenciones asignadas a sus respectivos medios no solo para mantenerles la boca callada, sino también para que se convirtiesen en cooperadores necesarios en la operación de inoculación del terror a la población a base de un discurso único y catastrofista, se tornaron en firmes baluartes en defensa de las medidas gubernamentales, propagando los graves y mortíferos peligros del virus y generando un estado de alarmismo sin precedentes en nuestra historia reciente, sin importarles lo más mínimo que nuestros derechos y libertades se conculcasen una y otra vez con muy escasa justificación siquiera científica y, como a la postre determinaron los Tribunales, de forma manifiestamente ilegal.

Pues bien, ahora, transcurridos casi dos años desde aquellas fechas, estos mismos que se mofaban públicamente del chinovirus, secundados por su corte de ignorantes palmeros y palmeras, son los que propagan, siguiendo los dictados de “arriba”, una nueva epidemia, si cabe más peligrosa que la del “viruschino”: la “caza de brujas” en la que los perseguidos son una parte concreta de la población.

De esta suerte, con el fin de seguir manteniendo la tensión, muy al gusto de aquel canalla con el que se inició la decadencia de España, tratan de establecer una pugna entre dos segmentos de españoles en permanente enfrentamiento: los vacunados versus los no vacunados, los buenos y los malos, los que merecen vivir y los que no.

Estos canallas que inicialmente menospreciaron, sin recato, la presencia cierta del virus de los chinos, ahora buscan con ahínco, empleando para ello todos los resortes a su alcance, que se inicie una suerte de “caza de brujas” de los no vacunados a los que culpan, sin fundamento científico alguno, de ser los causantes de la propagación de las nuevas cepas que se inventa el movimiento globalitario, para seguir controlando a una población prácticamente sometida a sus caprichos. Son, pues, los defensores más acérrimos de la vacunación masiva y obligatoria siguiendo las instrucciones del poder establecido.

Tipos siniestros que hablan de utilizar lanzallamas -siempre el fuego como cooperador necesario- contra los que no se quieran inocular el veneno fabricado en esas plantas de fabricación de fármacos propiedad del miserable Bill Gates y de otros de su cuerda globalista. Los mismos que exigen que se creen gulags para recluir en ellos a esa parte de la población que sigue defendiendo a ultranza su libertad, sin conculcar norma legal alguna. Canallas como ese gabacho de mierda -de esos hubo más de uno en la historia- que trata, con sus medidas dictatoriales, de hacer la vida imposible a todo aquel que no entre por el aro de la vacunación, independientemente del efecto profiláctico que puedan tener esas vacunas que, a lo que se ve, no es ninguno pues a cada paso, pese a las sucesivas dosis inoculadas, el bicho no pierde virulencia y causa más estragos incluso que antes de que comenzase esta carrera de inoculación, cuyo objetivo no es otro que diezmar a la población, como así manifestaron públicamente individuos de la catadura moral de Soros o el propio Gates y sus acólitos masones, encargados de mover los hilos desde las sombras.

Sorprende que, en una sociedad tan liberal como la nuestra, donde cualquier manifestación que atente contra los derechos de eso que llaman minorías constituye un delito de odio, tipificado en nuestras leyes, el deseo, incluso la incitación manifestada públicamente, es decir, agravada con publicidad, para que una parte de la población inicie su particular “caza de brujas” y elimine a la otra, no constituya infracción alguna ni merezca el mínimo reproche legal.

Esta operación de gran calado, diseñada en la mesa de operaciones del globalismo, contando con el concurso necesario de la izquierda pijoprogre y de la derechona servil, está sirviendo para que muchos se enriquezcan a manos llenas a base de la fabricación de las sucesivas dosis que nos van a inocular con la promesa de que será la última, eso sí, hasta que aparezca, en Tanganica, en Katanga o en la Cochinchina, una nueva cepa más contagiosa que las anteriores que obligue a administrar, “muy al pesar” de las autoridades, una nueva cadena de dosis que también será la última y que nunca tendrá fin.

En cualquier caso, estoy convencido de que esa “caza de brujas”, que pretenden iniciar esos desalmados, cuenta con el apoyo entusiasta de muchos de los que permitieron, en su día, que les inoculasen el fármaco, incluso lo aclamaron, pese a desconocer su composición y sus efectos secundarios, y que ahora, al comprobar que nada es como les prometieron, que siguen contagiando y contagiándose, que las mascarillas siguen siendo obligatorias, que en algunas zonas incluso se siguen limitando determinadas libertades, que la llamada distancia social debe mantenerse como el primer día y que, pese al elevado porcentaje de vacunados, con eso que pomposamente llaman “pauta completa”, sigue produciéndose un alto índice de fallecimientos sin una causa que lo justifique, entonces dicen aquello de “si yo me vacuné, que se jodan los demás y que se vacunen también”, mal de muchos, consuelo de tontos.

Lo cierto es que se está fomentando el delito de odio y que, si nadie le pone freno, puede traernos muy malas consecuencias. Todavía recuerdo aquellos penosos años de la expansión del SIDA, mortífero y peligroso, y, sin embargo, jamás nadie emprendió una campaña para marginar a los que lo hubiesen contraído, ¿se seguían los dictados de la superioridad…? Hay que recordar que incluso deportistas de élite contagiados de aquella enfermedad no tenían problema a la hora de alinearse con sus respectivos equipos; sin embargo, ahora, todos estos tontos/tontas de baba, sometidos al poder globalitario, cobardes y atemorizados, claman contra el tenista Djokovic por haberse negado a vacunar en el libre ejercicio de sus derechos y libertades. Poco menos que hay que condenarlo a la hoguera.

Lo hemos dicho, este globalismo malsano, el de las Agendas 2030 y 2050, cuyo rosco multicolor lucen con orgullo nuestros políticos de uno y otro signo; el mismo de aquel más que sospechoso Evento 201, ha sabido manejar muy bien la situación, regando con dinero, prebendas o promesas a determinados personajes que, convertidos en paradigmas sociales -deportistas, periodistas, científicos, mandatarios, influenciadores, tertulianos, etc.-, son los mejores avales para respaldar, ante una sociedad dormida y enferma, sus políticas encaminadas a lograr el nuevo orden mundial.

Mal asunto todo esto. Pero que nadie dude que la nueva “caza de brujas” está en marcha.