No será porque algunos llevamos años y años denunciando que los derroteros que seguía la política española amenazaban la subsistencia misma de España. Cierto que muy pocos lo hacíamos antes de Zapatero. Menos aún eran las mentes más preclaras y honestas, que, desde los tiempos de la UCD, supieron ver que el Estado de las Autonomías era el caballo de Troya que resquebrajaba esa unidad nacional. Por ello criticaron duramente la Constitución del 78 y por ello fueron condenados al ostracismo como “fachas”. Predicaron en el desierto y cómo en el mito de Casandra nadie creyó jamás en sus pronósticos. Es inútil, los mismos que se burlaron y despreciaron a quienes han acertado en sus vaticinios, políticos, periodistas, intelectuales, empresarios de postín, no sólo no han sido capaces de reconocer su error, sino que en su soberbia siguen despreciando y ninguneando a quienes demostraron ser más competentes intelectualmente, con más escrúpulos morales, pero menos duchos a la hora de darse a conocer entre las crédulas y fácilmente manipulables masas de españolitos. 

Hoy, cuando tras los indultos inauguramos la fase terminal de este camino que llevamos decenios transitando en contra de la idea de España como Nación, nos seguimos encontrando con análisis cortoplacistas totalmente errados. No se trata de que Sanchez agote o deje de agotar la legislatura, ni siquiera de que se respete o deje de respetar la Constitución del 78, se trata de la inminente realización del proyecto que quiere transformar España en un Estado plurinacional. Un proyecto que no es de Sánchez, ni siquiera del PSOE o la izquierda española, sino que tienta también a buena parte de la derecha española y que en pleno auge del globalismo es respaldado por instancias supranacionales más poderosas.

Ya sabemos cual es la postura de la izquierda. Esa y no otra es la nueva etapa que anunció Pedro Sánchez.  Una etapa constituyente que ante el desafío separatista propone como única salida posible a la confrontación el federalismo asimétrico, la única fórmula posible para mantener y reconstruir la convivencia, y que a partir de ahora nos van vender desde el aparato de propaganda del Régimen a todas horas. Una idea que desde bien entrado el XIX ha gravitado sobre la política española como solución a la organización territorial del Estado, pero que en España nunca ha tenido el sentido centrípeto con que nacieron los estados federales, sino al contrario, se ha caracterizado siempre por espolear el sentido centrifugo.

Este sentido centrífugo se ha cultivado en Cataluña y Vascongadas con la complicidad de todos los partidos del régimen del 78 y la inanidad de las instituciones del Estado, incluido el Poder Judicial y el Tribunal Constitucional. Baste repasar las sentencias sobre la cuestión lingüística para encontrar esta evolución centrífuga en la doctrina de nuestros Tribunales. Un sentimiento centrifugo que se ha extendido a Galicia, Baleares, Valencia e incluso a Asturias, precisamente a través del uso de las lenguas regionales como instrumento político. Por cierto, tampoco ha sido ajena la más alta institución del Estado. Esten tranquilos aquellos que están inquietos por el destino del monarca. La Corona es un elemento imprescindible dentro de los planes para la reforma federalista de la Constitución, pues servirá para disfrazar la carcasa del Estado plurinacional para conseguir la aceptación del fin del del Estado unitario por parte del pueblo español. En cuanto a los ilusos que a estas alturas siguen creyendo que las instituciones europeas  constituyen una garantía para la unidad de España, no es que sean ingenuos, es que no se enteran de nada.

¿Cuál será la postura del PP hacía esta Commonwealth de naciones españolas? Mucho nos tememos que si no fuera por la irrupción de VOX en el panorama político ya estaría de hoz y coz en el ajo, al igual que lo estuvo la UCD en la construcción del Estado de las Autonomías. Eso sí, su federalismo será simétrico, faltaría más, “café para todos”, que diría Clavero.  De lo que no cabe duda es que el PP hará gala de su conservadurismo, y conservará, como hizo Rajoy, todas las reformas que deje hechas la izquierda. Un triunfo en la siguiente cita electoral del PP, salvo que VOX tenga un resultado espectacular que le coloque en una posición de fuerza, solo maquillará y retrasará este proyecto, que, a lo sumo, tras el siguiente relevo electoral por las izquierdas, ganará el impulso suficiente para certificar la defunción de la Nación española. Asistiremos a un entierro, tarde o temprano, salvo que el pueblo español acabe reencontrando el espíritu del Dos de mayo.