El Ayuntamiento de Teruel, o, en su defecto, la Concejalía de Cultura del meritado consistorio, no se lee los libros o los panfletos que publica. Hecho probado. Es gravísima falta de diligencia o enorme descortesía, cuando menos, para con un escritor que una editorial no revise los textos que el autor le manda para su publicación. Recientemente, el Ayuntamiento de Teruel ha editado –íntegramente y a expensas del sufrido contribuyente turolense- una publicación titulada «Arte funerario e ilustrados turolenses en el cementerio de Teruel», de Serafín Aldecoa.

No son determinantes, aunque sí indicativas por tendenciosas, la faltas de ortografía que se cometen en la publicación cuando se escribe, por ejemplo, en minúsculas «iglesia católica» -la primera palabra de las dos, en ese contexto, va con mayúscula-. En cambio, el autor no duda en utilizar la mayúscula, cuando habla de la autodenominada «Agrupación guerrillera de Levante y Aragón» para la palabra «guerrillera». Esto podría parecer un estrictísimo y absurdo análisis filológico del texto de Aldecoa pues hasta las obras de Cervantes tienen errores ortográficos y de sintaxis. Somos humanos. Pero estos despistes de ortografía y de estilo no son causales si nos fijamos que se cometen, supongo que inconscientemente, por el escritor Serafín Aldecoa; autor que ha aportado interesantes y enriquecedores datos de la historia de nuestra ciudad pero siempre bajo el prisma de la liberticida Ley de Memoria Democrática cuando aborda el período 1931-1975.

Cuando se escribe sobre sucesos o personajes históricos ha de hacerse desde el desapasionamiento, desde un prisma  en el que no se trate de justificar o no justificar lo cometido por los personajes, ya históricos, abordados, pues los mismos son producto de una vastísima serie de condicionantes sociales de épocas pasadas que resultaría ilógico juzgar con parámetros de comportamiento actuales. Puede hablarse de Hitler, de Stalin, de Mao o de Franco; pero ensalzar o denostar esas figuras históricas en el campo académico histórico es realmente absurdo e infantil. Esto se alienta desde el Gobierno de España para reavivar viejos odios que tienen por fin aumentar o mantener el rédito político de los partidos de izquierdas que saben que algunos de sus votantes les eligen con argumentos tan simples como que hace noventa años los «fachas mataron a mi bisabuelo», aunque, por otro lado, les estén masacrando a impuestos. 

Lo anecdótico se vuelve capital cuando, por ejemplo, en el capítulo que trata sobre la tumba del general Pizarro el autor hace una exaltación de los bandoleros comunistas del maquis y dice lo siguiente: «La verdad es que estos guerrilleros de nombres míticos como “Pinchol”, “Grande”, “Pepito el Gafas”… que luchaban por la libertad, la democracia y contra el fascismo fueron represaliados y no han tenido el reconocimiento que se merecían”. En opinión del autor, el grupo de «Pinchol», que asesinó a más de  una docena de personas -entre ellas seis guardias civiles, cuatro niños, un labrador, el alcalde de Gúdar y varios civiles más- merece un gran reconocimiento. El maquis, señor Aldecoa, no luchó por la democracia; el maquis intentó, a las órdenes de Stalin y del Partido Comunista en el exilio –liderado por el célebre asesino de masas Santiago Carrillo-  volver a la Guerra Civil e implantar un gobierno comunista en España –aprovechando la paulatina derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial y la posible invasión aliada en nuestro país para derrocar a Franco- a través de 1.260 asesinatos, 834 secuestros, 5.963 atracos a honrados masoveros y agricultores y 586 sabotajes entre los que destacaban la colocación de bombas en trenes de pasajeros y de mercancías.

Esa es, a todas luces, la idea de lucha contra el fascismo y por la libertad que tiene el autor del libro que nos ocupa. En el capítulo concerniente a la tumba del comandante Aguado se hace una explícita defensa a la Ley de Memoria Democrática, ley que votó en contra el Partido Popular aunque votara, en su día, a favor, del embrión de esta misma ley: la Ley de la Memoria Histórica. El equipo de gobierno PP-Cs en el Ayuntamiento de Teruel apoya, con estas publicaciones, la propagación de las ideas que contienen las leyes que votan en contra.

No sé si por desidia de leer lo que ellos mismos editan o porque, otra vez más, se han rendido a dar la batalla a los siniestros postulados del marxismo cultural. Puede estar el equipo de gobierno PP – Cs orgulloso de que, en sus publicaciones, se glorifique la memoria de unos bandoleros comunistas, de los que se podría hablar, sin juzgarlos, pero también sin permitir loas en sus nombres que los eleven a categoría de héroes, cuando no eran más que violentos comunistas que causaron estragos entre los habitantes más humildes de nuestra provincia. Estos escritores de la Memoria Democrática, rendidos únicamente por la estética marxista y unos caducos postulados que ni ellos mismos entienden por falta de formación de Filosofía de la Historia se sienten con la neurótica necesidad de resarcir unas humillaciones del primer franquismo que ni ellos mismos vivieron, pero que les ayudan, siguiendo la corriente favorable, a publicar sus textos.

Los escritores de la Memoria Histórica, que ensalzan las actuaciones terroristas de unos bandoleros de tiempos pasados, consideran, en plena democracia, muy revolucionario quemar partidas de bautismo, en un ridículo acto de apostasía, pero quién hubiera podido verlos luchando contra el franquismo en los años 40 sin recurrir a las bombas de mano y al tiro en la nuca. Es triste que existan historiadores que, en el ocaso de sus vidas, sigan aferrados a las obsesivas compulsiones políticas que emanan del ochentero pantalón de pana apolillado y del desvencijado y amarillento carnet de la  hoz y el martillo. Si hay vida después de esta –no hablaré de enredos teológicos con apóstatas- quizás tengan la oportunidad, algunos de estos historiadores, de hablar cara a cara con las miles de personas que fueron asesinadas por los «guerrilleros de la paz y la democracia» que ensalzan con tanta adoración. Pero pueden estar tranquilos, en el Ayuntamiento de Teruel seguirán teniendo cabida todos aquellos comentaristas que deseen la desaparición política de aquellos a quienes ellos mismos publican.