1. RESPUESTA A MIS CRÍTICOS: Algunas de las contestaciones a mi artículo sobre la crisis actual de la Monarquía española demuestran lo complicado que resulta, al menos en España, mantener un debate mínimamente racional. Un crítico bajo el pseudónimo de “Beramendi” deduce mi desconocimiento de Galdós de haberle confundido con un historiador nacionalista gallego. ¡Menuda deducción! Precisamente estoy elaborando un estudio sobre la visión de las derechas del escritor canario. Además, mi galdosiano enemigo identifica mis críticas al anterior Jefe de Estado con el “franquismo” y la “reacción”. Nada más lejos de la realidad; pero creo que es preciso perder el miedo a las palabras. He conocido y he leído a franquistas muy inteligentes como Gonzalo Fernández de la Mora, Fernando Suárez, Jesús Fueyo o Francisco Javier Conde. Y tengo a Francisco Franco como el prototipo del político realista. Por otra parte, conspicuos intelectuales de izquierda, recuerdo un número memorable de la revista Archipiélago, han hecho referencia a la “inquietante lucidez del pensamiento reaccionario”. Ni Joseph de Maistre, ni Louis de Bonald, ni Juan Donoso Cortés o Nicolás Gómez Dávila fueron unos tontos; ni mucho menos. Mucho de lo que ahora ocurre lo profetizaron. Pero donde el galdosiano llega a la abyección es cuando denuncia que yo persigo el éxito y la fama como historiador y escritor. Se equivoca totalmente. Y no conoce mi trayectoria intelectual ni la mentalidad de la derecha española actual. Sólo contaré una anécdota. En marzo de 2014 fui invitado en La Gran Peña a un almuerzo, en el que, tras la comida, se exponía por parte del invitado su opinión sobre un tema de actualidad, que luego se sometía a discusión. El tema era si Juan Carlos, después de la crisis de Bostwana, debía abdicar por falta de ejemplaridad. Entre los asistentes al acto se encontraban Don Leandro de Borbón, Fernando Suárez, el general Armando Marchante, Ángel Maestro, Enrique de Aguinaga y algunos más que no recuerdo. Al fondo, una estatua de Alfonso XIII. Un auditorio monárquico, conservador y franquista. Pues bien; no sólo defendí la abdicación del monarca, sino la necesidad de plantear un debate sobre la viabilidad de una república presidencialista. Se me echaron encima. “Sin Monarquía iremos a la guerra civil”, gritaba Don Leandro de Borbón. Otros discutieron mis ideas de forma vehemente. El más elocuente fue Fernando Suárez, que defendió a Juan Carlos I y a la Monarquía. La mayoría se fue sin saludarme. Pocos meses después el monarca abdicaba. Ayer nos enteramos de su salida de España. Grave error histórico. Un monárquico convencido como Tom Burns Marañón predice, en Expansión, el próximo advenimiento de la III República. Todo ello demuestra la gran fragilidad de la institución. En cualquier caso, es más que evidente que la derecha, en su mayoría, tiene auténtico pavor a la república.

 

  Otro crítico se escandalizaba por lo que digo acerca de que Felipe VI no tiene nada que ofrecer a los separatistas. Pero hace unos años existió un plan para contentarles en el que la Monarquía tenía un papel de primer orden. Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, admirador, por cierto, en su juventud de Charles Maurras e hijo de un influyente colaborador de Acción Española, defendió una especie de neotradicionalismo monárquico, que recuerda no sólo a Maurras sino a Vázquez de Mella: España era históricamente lo que restaba de la separación del País Vasco, Cataluña y Galicia, auténticas naciones, “fragmentos de Estado” que poseen unos supuestos “derechos históricos”. En consecuencia, la unidad nacional dependía de la unión con la Monarquía.  La Monarquía ha de ser el vínculo político entre las naciones que componen el Estado español. Un retorno al Antiguo Régimen. Una auténtica traición a la tradición liberal española. Eso sí que era puro reaccionarismo. Sin embargo, los nacionalistas han rechazado esta alternativa.

  Más grave me parece que un historiador serio como Guillermo Gortázar se tome en serio el mito de Don Juan de Borbón, un hombre cuyo objetivo no fue otro que reinar como fuese. Una biografía seria del personaje, no los libros de José María Toquero, no digamos el de Luis María Ansón, sería demoledora de su trayectoria vital y política. No me extenderé más en ese tema. Lo de su abdicación careció de transcendencia. Tanto Adolfo Suárez como Torcuato Fernández Miranda se opusieron a ella, juzgándola innecesaria. En un principio, Don Juan pidió que se celebrara en el Palacio Real; pero nadie le hizo caso; incluso se dice que la reina Sofía le dijo que lo hiciera por carta. Finalmente, se hizo en el Palacio de la Zarzuela; y, según afirmó el propio Don Juan en el libro de Pedro Sainz Rodríguez Un reinado en la sombra, en una atmósfera glacial y sin apenas publicidad. Y es que en la actualidad, y casi siempre, la legitimidad de ejercicio ha eclipsado a la de origen. El propio Juan Carlos reconoció, en sus conversaciones con José Luis de Vilallonga, que pudo actuar porque era el heredero de Franco. ¿Hubiera obedecido el Ejército a Don Juan de Borbón? ¿Lo hubiera aceptado? Por otra parte, no entiendo esa especie de inocencia prebautismal que se atribuye a Juan Carlos I en el desarrollo del régimen político actual. ¿Cómo no va a tener responsabilidad en todo ello nada menos que el Jefe del Estado?.  Sencillamente, no lo entiendo. Sobre el carisma de Felipe VI, tampoco comparto la opinión de Gortázar. Su discurso del 3 de octubre pudo ser, sin duda, el fundamento de ese carisma; pero careció de apoyos reales y de continuidad en el tiempo. Pronto le cortaron las alas. Y fue mal recibido por un sector de las izquierdas. El atocinado Paul Preston, pésimo historiador, pero influyente histrión pagado por el separatismo catalán, afirmó que podía haber sido redactado por Mariano Rajoy. Los ulteriores discursos de Felipe VI han sido ya difusos, acomodaticios, paternalistas, sin contenido preciso. Y es que la institución carece de autonomía y no puede convertirse en “partido”. En sus viajes y comparecencias se le ve aislado, sin apoyos. El gobierno de Pedro Sánchez sigue un camino diametralmente opuesto al contenido del discurso real del 3 de octubre de 2017. La huida de su padre tampoco lo favorece a medio plazo. Y no debemos olvidar que su suerte depende de la opinión de las izquierdas. Una campaña de García Ferreras en La Sexta podía dar al traste con la institución en semanas. En febrero de 2014, se hizo público un manifiesto de intelectuales de izquierda pidiendo la III República, entre los firmantes se encontraban niños mimados del régimen actual como José Caballero Bonald, José Luis Abellán, Ángel Viñas, Josep Fontana, Juan Genovés o Nicolás Sánchez Albornoz.

 

  1. Posición: Desde luego, no pretendo que el conjunto de la derecha se convierta al republicanismo. Sería una petulancia, por mi parte, dado que carezco de influencia en esos sectores. Siempre he sido un conservador heterodoxo. Otra cosa es que las tendencias políticas, sociales y mentales de la sociedad española vayan en contra de la Monarquía. Somos un país de profundas desigualdades sociales y económicas, pero profundamente igualitario de mentalidad. “Nadie es más que nadie”. Quizás porque, como denunciaron Ortega y Gasset y Eugenio D´Ors, la aristocracia no supo o no quiso educar a las masas, se mezcló con ellas y se hizo plebeya de mentalidad. A la juventud nadie le ha enseñado a ser monárquica o, por lo menos, a respetar a la institución. Y lo más rebeldes expresan su disidencia enarbolando una bandera de la chabacana II República. En este contexto, creo que un sector de la derecha, necesariamente minoritario, debería defender, ante el vendaval que se nos viene encima, la alternativa de una república presidencialista, frente a la república federal o plurinacional de las izquierdas. Un modelo presidencialista, en el que la suprema magistratura del Estado procede de la elección popular. Su fuente de legitimidad democrática es relativamente directa. Por esa razón, aunque se trate de un candidato nominado por los partidos, una vez llegado al poder se libera de la disciplina partidista y puede esperarse de él cierta independencia. Además, por tener plena base territorial, podría anular los separatismos locales y mantener la unidad nacional. Este presidencialismo puede asegurar la independencia entre el legislativo y el ejecutivo; y, además, se ha demostrado históricamente capaz de limitar la intromisión de ambos en el poder judicial. También elimina la inestabilidad gubernamental y los débiles gabinetes de coalición, a veces subordinados a una exigua minoría. En una República presidencialista el Jefe del Estado puede desempeñar realmente una función arbitral entre los partidos, y posee la ventaja de que, al término de su mandato, el arbitraje retorna al censo electoral; lo que no puede ocurrir con la Monarquía. La gestión negativa del Jefe del Estado republicano no afecta generalmente a la institución misma, pues al término de su mandato desaparece también la condición misma que le unía a la jefatura del Estado. No ocurre lo mismo bajo el régimen monárquico, donde cualquier actuación discutida, y no sólo pública, del Rey o de su familia afecta negativamente a la institución. Moderar es, en definitiva, una forma de comprometerse, aunque sea levemente, y entraña un desgaste que, por lo general, los monarcas constitucionales suelen rehuir. En ese sentido, el caso español resulta arquetípico. El Rey no gobierna. Sus actuaciones legales no tienen validez si no están refrendadas por uno de sus ministros y ni siquiera está sujeto a responsabilidad. Sólo queda la función moderadora; pero no nos engañemos: el Monarca ni interviene ni modera. ¿Cuándo ha mediado en algún conflicto entre los tres poderes? No lo ha hecho nunca; no lo puede hacer; y el propio Monarca sabe que nunca lo hará. Este es el mensaje que, a mi juicio, habría que transmitir a los sectores más críticos, activos y concienciados de las derechas. Como dijo el gran Charles de Gaulle, una alternativa que abriría “el horizonte de una gran empresa”. Y no digo más.