Al parecer, ahora, va a resultar que los españoles tenemos que pedir perdón por nuestra historia, bajar la cabeza y suplicar, no se sabe bien a quién, para que nos perdonen por lo mal que lo hemos hecho a lo largo de los siglos.

Tenemos que pedir que nos perdonen por haber defendido a la cristiandad contra el turco en Lepanto; que nos perdonen por defender el catolicismo en Europa; que nos perdonen por haber exportado una lengua y una cultura a una buena parte de la tierra; que nos perdonen por haber creado universidades; que nos perdonen por haber fundado ciudades; que nos perdonen por nuestras epopeyas, nuestros descubrimientos, nuestros viajes… En suma, pedir perdón por todos y cada uno de los hechos que conforman nuestra gloriosa historia, desvirtuada, de forma interesada, por lo que llaman “leyenda negra”.  

Esa “leyenda negra”, que parece pesar como una losa sobre la conciencia de muchos españoles acomplejados y timoratos, debería hacernos reflexionar sobre aspectos importantes de nuestro devenir a lo largo de la Historia y así llegaríamos a la conclusión de que tal leyenda es una gran mentira, un burdo montaje tejido y alimentado, sabiamente, por nuestros eternos enemigos, los de antes y los de ahora.

El devenir de España por las sendas de la Historia universal es una gran lección de la que todos los españoles, incluso esos timoratos de los que he hablado, deberíamos sentirnos orgullosos hasta el punto de poder decir que, caso de volver a nacer, la petición que le haríamos a Dios nuestro Señor sería que nos permitiese volver a ser españoles, volver a nacer en esta tierra ya que ser español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo.

Desde hace mucho tiempo, los enemigos seculares de España han trabajado sin descanso para ofrecer ante el mundo una imagen distorsionada de la realidad de nuestra patria, trabajo que, en los últimos años, ha encontrado la complicidad necesaria de esa izquierda antiespañola que, oculta tras la careta de un fingido progresismo, ha venido dinamitando las bases de nuestra fe en esa empresa común que se llama España.

Si en otro tiempo fueron los ingleses y holandeses los encargados de crear lo que se conoce como la “leyenda negra”, un conjunto de falacias y mentiras históricas fácilmente desmontables -genocidios indígenas, cazas de brujas, etc.-, ahora es esa izquierda perversa -socialistas, comunistas, podemitas, golpistas, proetarras y separatistas- la que la alienta y alimenta con el único objetivo de destruir España y borrar lo que ella ha significado en la Historia del mundo.

El asalto de la izquierda a la enseñanza, en todos sus niveles, y a la cultura, en todas sus manifestaciones y expresiones, ha sido el peor cáncer que podría sufrir nuestra patria, un cáncer corrosivo que se ha tolerado que se extienda con la cooperación necesaria de una derechona cobarde y acomodaticia solo preocupada por sus intereses económicos.

En unos pocos años se ha ido perdiendo en las nuevas generaciones esa sensación de orgullo de ser y sentirse españoles. Se ha dado de lado al estudio de nuestra historia, de nuestra cultura y nuestros héroes y grandes gestas han sido reemplazadas por la creación de paradigmas localistas inventados, de figuras y hechos que jamás han existido salvo en la imaginación aldeana de los que les han dado vida, con el único fin de crear identidades falsas conducentes a potenciar lo superfluo en menoscabo de aquello que une a los hombres y a las tierras de España.

Por dejación, unas veces intencionada y otras por la pura inacción de los cobardes, hemos dejado de reivindicar lo nuestro, lo español, frente a lo extraño, y ese vacío, esa orfandad la han sabido aprovechar muy bien los movimientos separatistas y localistas para crear sus estereotipos propios y diferenciadores que, a falta de otra cosa, han sabido cautivar a importantes segmentos de la población, especialmente los más jóvenes.

Hemos dado de lado a nuestra cultura y a nuestras costumbres en beneficio de otras impostadas, incluso de otras importadas de más allá de nuestras fronteras y eso traerá graves consecuencias.

Muchas de nuestras señas identitarias propias se han perdido o están en fase de ello al haber sido perseguidas, con la anuencia de las autoridades de una u otra ideología, por los movimientos ecologistas, animalistas y demás bandas globalitarias y encima contando con el concurso del papanatismo general reinante, ese que se alarma y rasga las vestiduras porque se lancee un toro en Tordesillas, se lidie a otro en una plaza o se mate a un lobo en los bosques gallegos y sin embargo, mira para otro lado cuando se asesina vilmente a un no nacido ya que tal acción se verifica en nombre de la sacrosanta libertad.  

A través del mundo de la comunicación -prensa, televisión, cine, etc.- siempre cómplice necesario, se ha ido creando en la conciencia colectiva, especialmente en la de la juventud, la imagen estereotipada de dos conductas contrapuestas.

De un lado, todo aquel que se sienta español y lo manifieste sin complejos, todo aquel que luzca alguno de nuestros símbolos nacionales, todo aquel que se identifique con nuestras glorias pasadas, todo aquel que ame nuestra cultura, todo aquel amante de nuestras tradiciones de inmediato es tachado de “facha”, de retrógrado, incluso, como escuché en una serie televisiva de reciente emisión, de “acobardado ante el futuro”.

Por supuesto, del otro lado, en contraposición, está el “progresista”, mucho más abierto de mente, más moderno, más receptivo con la problemática social, más amante de la libertad y al que nuestra historia, nuestra cultura y nuestras tradiciones les importan una mierda, hablando en plata. Aunque, claro, evidentemente cuando lo conocemos en profundidad, cuando rascamos un poco, nos damos cuenta de que ese supuesto “progresismo” no deja de ser una máscara mediocre e inculta tras la que se ocultan otros oscuros intereses totalitarios, algo fácilmente comprobable en estos tristes tiempos que nos ha tocado vivir en España.

La “pijoprogresía”, estúpida y malsana -no son adjetivos, son epítetos-, ha desembarcado en la política, en nuestra cultura y en la educación de los jóvenes; el relativismo más feroz ha sentado cátedra en nuestras aulas, en las redes sociales y en la mayoría de las producciones a las que tiene acceso el gran público y si a eso añadimos la falta de formación política y democrática del pueblo español, como así se demuestra en las urnas y, en consecuencia, en el nivel intelectual y en la catadura moral de la inmensa mayoría de los tipos y tipas que ocupan cargo en el gobierno o escaño de representación en las Cámaras, el cóctel resultante es, sin duda, explosivo.

Entretanto, el pueblo sigue callado, aguantando estoicamente los ataques tanto exteriores como interiores de esos hispanófobos, tanto de fuera como de dentro de España. Aguantamos en silencio, encima con la aquiescencia de una buena parte de nuestros compatriotas, esa izquierda perversa, mediocre y malsana -siguen siendo epítetos- que unos individuos estultos y populistas, como el caso del presidente de Méjico o aquel peruano del ridículo sombrero de cowboy, que decía ser indígena sin serlo, se permitan insultarnos sin que eso tenga la mínima consecuencia. Tipos que llevan apellidos españoles y cuyo origen es el mismo que el nuestro y por cuya ineptitud, que no por la nuestra, sus países están como están, sumidos en la ruina y en la corrupta degradación.

A ese presidente mejicano se le debería caer la cara de vergüenza, al igual que al resto de sus compatriotas que secundan sus ideas, si realmente fuese verdad que, con poco más de un par de centenares de hombres, el gran Hernán Cortés acabó con el imperio azteca defendido por miles de individuos, ¿qué clase de hombres eran unos y otros?, ¿acaso unos superhombres los nuestros y un atajo de cobardes los que defendían aquel imperio? A veces, tratar de reescribir la historia a nuestro gusto puede producir el efecto contrario al que deseamos.

Pretender borrar la historia de un plumazo y ganar mediante el BOE o cualquier otro documento o trabajo lo que se perdió en los campos de batalla, además de una canallada propia de miserables, provoca que surjan muchas preguntas incómodas para las que no hay otra respuesta que la verdad y esa es, a la larga, fácil de encontrar.   

Y, por cierto, hablando de cosas más “banales”, ¿cuándo nos va a pedir excusas el moro por habernos invadido y tener que aguantarlo durante siete siglos?; y el inglés por habernos expoliado todo lo que pudo a lo largo del tiempo, incluyendo, claro está, Gibraltar, valiéndose de piratas, conculcando tratados, utilizando subterfugios de dudosa legalidad…, ¿cuándo va a pedir perdón? Y los franceses, ¿cuándo se van a excusar por habernos invadido, con el tan lado Napoleón a la cabeza, destrozando nuestra economía y llevándose por delante a medio millón de españolitos? ¿Es que todos estos no tienen que excusarse por nada? Yo diría que si y que deberían hacerlo públicamente.

Ya es hora de que despertemos, icemos nuestra gloriosa Bandera y nos sintamos orgullosos de ser españoles para hacer frente, sin miedo y sin complejos, a esta hispanofobia que nos está cercando tanto desde fuera como desde dentro.