El pasado lunes, Pablo Casado se cepilló a Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados. No puede decirse que la noticia nos pillara desprevenidos, pues a nadie se le escapaba que la cabeza de la marquesa de Casa Fuerte tenía las horas contadas. Fundamentalmente, por dos circunstancias suicidas en que ha incurrido el propio PP: su enésima apuesta por el humo del centrismo, avalada por los feijoós de turno; y el mercadeo que lleva trayéndose entre manos con el PSOE para la aprobación de los presupuestos generales del Estado y la renovación del Poder Judicial.

De inmediato, la izquierda política y mediática se lanzó en tropel para celebrar esa decapitación. Ciertamente preocupante, pues nada constituye siempre un indicador más claro de que se ha actuado mal que ver al rojerío aplaudiendo una determinada jugada; salvando las distancias, sería como si la misma tarde de marras la afición del Madrid se hubiera enterado de que Quique Setién iba a continuar como entrenador del Barcelona la próxima temporada. Allá el PP: aunque jaleado por su mamporrero séquito de aduladores, no parece ésa la vía más urgente ni acertada para encarar el negro futuro que se le viene encima a España.

Dejando a un lado a los apóstoles del gallardo extremo centro, detengámonos en la protagonista involuntaria del suceso. A las pocas horas de conocerse su fulminante destitución, Cayetana congregó a los periodistas a las puertas del edificio de la Cámara Baja para no se sabe bien qué: si se trataba de salvar su honor, su mensaje debería haber durado justamente los segundos que se tardan en anunciar que dimitía como diputada y que abandonaba la política. ¡Ca!: flanqueada por Hipómenes y Atalanta (los dos leones que los madrileños rebautizaron como Daoíz y Velarde), Cayetana se explayó en disparar contra su jefe y toda la cohorte de lamelibranquios que le rodean; entre otras cosas, acusó a Casado de que “no le interesa dar la batalla cultural” en temas como el “feminismo radical” o la “memoria histórica”. Eso se llama morir matando, vale; pero le faltó rematar la faena con la estocada de la dignidad.

No obstante, que nadie se apiade por la supuesta traición de que ha sido objeto Cayetana: acaba de ver aplicada en sus propias carnes la misma medicina que ella no se ha cansado de prescribir contra VOX en cuanto ha tenido la menor oportunidad de pasar consulta. De la noche a la mañana, ocurre ahora que sus compinches la han dejado en una delicada situación: con el pompis expuesto a los cuatro vientos. Una visión que hay quien dice que se encuentra en las antípodas de los gustos de Marlaska, por lo que habrá que descartar que el PSOE le vaya a presentar una oferta formal para hacerse con sus servicios.

Quizá por ello, muchos habrán pensado en lo buen fichaje que Cayetana Álvarez de Toledo sería para VOX. Pero ¿qué Cayetana? ¿La Cayetana que ha insistido machaconamente una y otra vez en tildar de extremista a VOX por no comulgar con los postulados del feminismo chequista que pregona la izquierda (postulados a los que el partido al que ella todavía sigue representando desde su asiento del Congreso de los Diputados se pliega sumisamente en todas aquellas instituciones donde rasca bola)? ¿O la Cayetana obstinada día sí y día también en tachar de ultra a VOX por plantear sin ambages que detrás de las leyes de memoria histórica sólo se esconde la voluntad de la izquierda de retomar el proceso revolucionario que no logró concluir hace ochenta años (por cierto, una normativa dejada incólume por esa formación a la que ella continúa dando lustre desde su butaca en la Carrera de San Jerónimo)?

Para no pecar de una carente inquina personal, repasemos algunas de las hermosuras que Cayetana ha lanzado contra VOX desde la irrupción de los de Abascal en el panorama político nacional:

15/10/18 (El Mundo). En un artículo que firmara antes de ser parlamentaria, reprochaba a VOX que “sus 100 propuestas son un pastiche populista, votos para hoy y frustración para mañana. No hace falta que las lean”. Lo decía ella y punto, a ver quién es el guapo que se atreve a llevarle la contraria. Pero no se detenía ahí: “Los españoles que el domingo pasado llenaron Vistalegre son gente normal —faltaba más—, pero no tienen razón en jalear lo que jalearon”. Bueno, al menos les perdonaba la vida antes de remachar ex cátedra: “La inmigración ilegal es para España un grave desafío técnico, no una amenaza existencial”. Claro, claro: abramos la caverna mental que tenemos por azotea, y la próxima vez que reubiquen cerca de nuestros hogares a un grupo de menas descartemos que sean una amenaza para la seguridad del barrio, sino un enriquecedor reto demográfico.

 

26/3/19 (elplural.com). Ya en sus tiempos de candidata en las primeras elecciones generales celebradas en 2019, sentenció que “VOX es una nueva forma de nacionalismo español” cuyas propuestas sólo buscan “provocar ruido con una retórica inflamada típica de algunos movimientos”. ¡Qué pereza eso de estar siempre con la palabra España en la boca: fachas, fachas y más que fachas! A ver cuándo se nos mete a todos en la mollera que los que defendemos la unidad de España no somos españoles, sino constitucionalistas.

 

30/7/19 (cope.es). Para exponer sus críticas a medidas como expulsar a todos los inmigrantes irregulares, aseguró que “VOX tiene una marcada afición a la utopía, siempre distopía porque actúa contra la realidad". ¡Cáspitas!, resulta que es una utopía distópica pretender que se cumpla la ley. Pues nada, ya lo resume el sabio refranero español: pasen días y vengan pateras. ¡Ah!, y sus pasajeros que se empadronen nada más llegar, no se les vaya a ir el santo al cielo y luego no puedan cobrar la renta básica.

 

18/7/20 (elconfidencial.com). Ante la pregunta de si VOX es ultraderecha, respondía que “es un partido nacionalista. Y a mí el nacionalismo no me gusta en ninguna de sus vertientes”. Lo dejaba bien clarito: colocaba al mismo detestable nivel a quien ama la Nación española que a quien quiere destruirla. Idéntica equidistancia moral que la mostrada por quienes, después de un atentado de ETA, decían que estaban en contra de todas las violencias.

Podríamos seguir iluminando nuestro intelecto con más citas textuales de Cayetana Álvarez de Toledo, más la ignorancia supina en que vivimos instalados no iba a desaparecer en sólo cinco minutos de lectura apresurada. Aunque ello no es óbice para que agachemos humildemente las cabezas y nos descubramos ante sus doctas enseñanzas, ésas que desde el lunes pasado se han quedado en tierra de nadie. A unos les sonaban muy radicales y ayunas de la moderación que todo buen centrista ha de llevar instalada de serie, mientras que para otros siempre fueron una bacalá infumable. ¡Qué más da ya! Lo único cierto es que Cayetana, hoy por hoy, no supone más que un juguete roto dentro de ese Partido Popular que nunca decide arrancarse del todo.

¡Ay, Casado! ¡Cuán poco duró la alegría de creer que iba a mantener alejados a los sorayos de las tenidas de maitines! Para desgracia de los españoles (perdón, Cayetana, de los constitucionalistas), en su PP seguirá primando el discursito del sí, pero no aprendido de memorieta por esa legión de papagayos que se apresuran a pedir perdón por lo que pueda llegar a decir sobre ellos la progrez dominante; continuará prevaleciendo la reiterada atenuante esgrimida por esa caterva de pusilánimes que llevan cuarenta años arrepintiéndose espontáneamente del delito que no han cometido; y, en definitiva, persistirá enarbolándose la bandera de esa nada ideológica que tan gran parte alícuota de responsabilidad tiene de que España haya llegado a la situación que ha llegado.

Mientras tanto, que cada cual saque sus propias conclusiones. Ante este nuevo panorama que se abre, la más elemental de las cautelas aconseja ver, oír y callar. Ya se sabe que en política quien se aventura a ser zahorí corre el peligro de salir escaldado, al comprobar que la piscina que su perspicacia creía rebosante de agua en realidad estaba vacía. Así que, para los que no nos han dado vela en este entierro, nada mejor que olvidarnos del baño y permanecer en los siempre seguros chiringuitos (los que sirven cervezas y tintos de verano, no los que no se atreve a desmantelar el partido que a principios de semana dejó tirada en la cuneta a su portavoz parlamentaria).