Hay centenares de estudios sociológicos que han demostrado que las escuelas son como son porque reproducen los valores sociales que son hegemónicos en cada sociedad. La conclusión que se obtiene de esos estudios es que un cambio radical y estructural de las escuelas solo es posible cuando previamente se ha producido ese cambio en los valores más profundos de las sociedades en las que están enclavadas. De ahí, lo difícil que resulta cambiar su estructura organizativa y su modo de funcionar. Personalmente, no creo que esta terrible pandemia, que tanto daño ha hecho a la humanidad, vaya a modificar nuestros valores más profundos. A lo sumo, cambiaremos el modo de relacionarnos entre sí durante un tiempo, debido al miedo que tenemos a que este criminal virus nos arruine nuestra salud, nuestra economía y nos arrebate la vida. Después, cuando se haya descubierto algún tratamiento farmacológico eficaz o alguna vacuna, regresaremos al modo de vivir y de entender la vida que es consustancial a las sociedades de capitalismo avanzado e interconectado globalmente. Por ello, me parece muy difícil que se pueda producir un cambio radical del funcionamiento de nuestras escuelas.

Sin embargo, la historia de la educación ha demostrado que ha sido en las épocas de profundas crisis económicas, sociales y políticas, cuando se han producido los principales cambios de la educación institucional. Este incontrovertible dato histórico es el que me ha permitido sospechar que ahora, debido al terrible efecto que el COVID-19 ha tenido sobre la vida de millares de personas y la ruina que ha producido en una buena parte de la economía mundial, puede ser un momento propicio para introducir modificaciones importantes en la organización y en la didáctica de los centros escolares, para evitar que nos cuelen una “nueva normalidad escolar” que perjudique todavía más a los niños, adolescentes y jóvenes que el confinamiento en casa. El factor que más puede contribuir a que nos cuelen esa “nueva normalidad” es el miedo y la incertidumbre en que ha quedado sumida la humanidad como consecuencia de la letalidad del contagio, pero también contribuye poderosamente la tendencia del ser humano a vivir sin complicarse la vida demasiado. Esta tendencia la conocen muy bien los gurús que asesoran a los gobernantes y se aprovechan de ella sin ningún rubor.

No cabe la menor duda de que la escuela tradicional, basada en un sofisticado conjunto de mitos y en la que los alumnos son quienes tienen que adaptarse a las exigencias de ese modelo, en lugar de que sea la escuela la que se adapte a las necesidades de los alumnos, ha dejado de tener vigencia, no solo porque no responde a las nuevas necesidades y a las incertidumbres de la sociedad en el siglo XXI, sino también porque, debido a la rigidez de su estructura organizativa, tampoco está preparada para neutralizar los efectos de inesperadas catástrofes mundiales. Esa imposibilidad intrínseca de adaptación de la escuela tradicional a los nuevos retos derivados de las crisis a nivel planetario, se ha evidenciado con el coronavirus. El ejemplo más claro de esa enorme disfunción es que el único recurso que les cupo a todos los gobiernos fue cerrar las escuelas y confinar a los niños en sus domicilios. Como es lógico, los dirigentes gubernamentales y los profesionales de la educación menos críticos no interpretaron ese cierre y el confinamiento domiciliario de los niños, adolescentes y jóvenes como un fracaso del sistema escolar tradicional. Muy al contrario: mediante discursos engañosos y a través del uso indiscriminado de plataformas informáticas sin experimentación previa, pusieron en práctica un modelo híbrido que ni se corresponde en sentido estricto con la enseñanza a distancia ni con las exigencias del movimiento internacional en favor de la escuela en casa. Lo lógico hubiera sido que al finalizar este último año escolar se hubiera hecho una evaluación rigurosa de los aprendizajes académicos y de las actitudes de los escolares, y una comparación posterior de los resultados de este año escolar con los de años anteriores. En lugar de hacer ese estudio evaluativo, la práctica totalidad de los gobiernos decidieron pasar página, dando un aprobado general y promocionando de curso, ciclo, o etapa a todo el alumnado.

Al no haberse llevado a cabo ese estudio comparativo, nadie posee datos seguros sobre los efectos de ese sistema híbrido de escolarización en los niños. Sin embargo, la mayor parte de los expertos en educación aseguran que ese modelo es el que menos contribuye a un aprendizaje significativo y relevante por parte de los alumnos. A la vista del desencanto que ha producido en las familias ese inhumano confinamiento de los niños durante los meses de mayor virulencia de esta pandemia, la solución para la próxima escolarización de los alumnos (para adaptarse a eso que ahora se llama “la nueva normalidad”) tendrá peculiaridades diferentes, pero en lo sustancial no habrá grandes diferencias, tal y como lo demuestra el hecho de que la única alternativa que ofrecen los gobiernos para el próximo año escolar es la exigencia de que en cada aula haya un reducido número de alumnos para evitar el contagio vírico, despreciando otras soluciones más racionales y de mayor calidad pedagógica. Estoy seguro de que los políticos que nos gobiernan, en lugar de reconocer su fracaso, querrán hacernos creer que han conseguido cuadrar el círculo, ya que lo más probable es que pretendan respetar una ratio inflexible de 10-15 alumnos por aula sin aumentar el número de profesores, lo cual obligará a que, en el mejor de los casos, los alumnos asistan a las escuelas un día sí y otro no y que, en el peor de los casos, la mitad sigan confinados en sus domicilios un año más.

No cabe duda de que hay que hacer todo cuanto sea posible para evitar el contagio del alumnado y del profesorado a este virus. Sin embargo, la puesta en práctica de un modelo pedagógico tan rígido como es el agrupamiento encorsetado e inflexible de los alumnos que ahora se pretende, puede tener efectos tan negativos para los niños como los del confinamiento en casa, sobre todo para los pertenecientes a familias que no puedan ayudar a sus hijos en la realización de los deberes académicos, bien por carecer de suficientes recursos culturales, o bien por el hecho de tener que trabajar ambos cónyuges fuera del domicilio familiar. La escuela graduada, que nació hace más de cien años, resultó muy eficaz para resolver los problemas didácticos que conllevaba el hecho de que en cada aula hubiera sesenta o más alumnos. Sin embargo, todas las investigaciones demuestran que es muy perjudicial para el aprendizaje social y cooperativo. Por lo tanto, es absolutamente imprescindible que los alumnos se incorporen cuanto antes a los colegios en las mejores condiciones posibles para su desarrollo psicológico. Si por razones de prevención de la salud es necesario guardar una determinada distancia entre los escolares, lo que hay que hacer es contratar a un número de profesores semejante al actual. Obviamente, ese nuevo profesorado debería de trabajar el próximo año escolar tutelado por los docentes con suficiente experiencia profesional, poniendo en práctica la enseñanza en equipo entre el profesorado. Es decir, un modelo de enseñanza que permite un agrupamiento flexible del alumnado y el trabajo en equipo, sin necesidad de saltarse las recomendaciones ofrecidas por los expertos sanitarios para evitar el contagio vírico. Lo único que hace falta es que los políticos que nos gobiernan acepten ser asesorados por expertos psicopedagógicos críticos e independientes y que dupliquen el presupuesto dedicado a la educación, de igual modo que deberían hacer con la sanidad.

Santiago Molina García es catedrático de Pedagogía jubilado, Universidad de Zaragoza