La mediocridad es la calidad media de lo insuficiente, cuando no, la expresión de un problema más profundo. Es fruto de varias causas que afectan a los individuos en cadena, desde la escuela hasta la clase dirigente. Cuando triunfa la mediocridad quedan derrotados, la justicia, la equidad y el sentido común. Compatible con la estupidez (compendio de todas las maldades), suele juntarse con la demagogia y el engaño. Y sobre todo con la picaresca y la envidia. La mediocridad con sus parientes afines, refleja una sociedad convulsa, enferma y perdida. Una sociedad en estado crítico.

Cuando alcanza tal dimensión, y se generaliza, es el mejor indicador de la descomposición social, de la ruptura del equilibrio, y se disfraza de populismo, de idiotez, de falsos profetas en las clases responsables, para esconder las bajas pasiones que la motivan. Fustiga hasta la destrucción a la excelencia. Y la excluye del escenario; el bueno es el mediocre y el que manda. El que le sobrepasa en la realidad es visto potencialmente peligroso, queda relegado del poder de toma de decisiones, y se le aparta como medida precautoria. La democracia es el reino de los mediocres, defienden muchos pensadores, desde Platón, al versar acerca de las formas de gobierno. Degenera en tiranía, sostienen muchos autores. Desde Aristóteles hasta Darwin y Spencer, ningún pensador político, filósofo o estudioso hubiera imaginado que una sociedad pudiera ser liderada por mediocres. Una nota muy ostensible de la mediocridad con el poder en sus manos, es la cobardía y el abuso continuado; la demagogia en el ofrecimiento de libertades para los demás y la tiranía interna de partido. Tal es el caso del exceso de libertad ofrecida, cuando tan mala administración termina eliminando la libertad. La libertad particular para el individuo es distinta. A un individuo que pasa hambre, le importa poco que le hablen de libertad o en otro lenguaje que no es el suyo. ¿Qué clase de gestores sociales son los que tiene? Otra nota evidente es la falta de resolución efectiva de los problemas. Pero esta información es fácilmente distorsionada cuando no eliminada. A quien está en el poder no le interesa que los demás piensen por sí mismos, y no les da los datos, ni dice la verdad. Y para que piensen de otra manera está la manipulación informativa. La aberración llega cuando la clase dirigente, con un medio tan poderoso como es la televisión bajo su control, consigue que en la sociedad se considere normal a lo que no lo es. Cuando a la mediocridad la vemos como el estado natural de las cosas. 

España ha pasado en pocos años a considerarse un país mediocre en la comunidad internacional. Mediocre al ser el mayor consumidor de telebasura. Mediocre por no haber dado ni al primer presidente que hable inglés o tuviera unos mínimos conocimientos sobre política internacional. Mediocre por ser el país más sectario, incentivar la división de sus regiones, de su sociedad hasta en la asociación de víctimas del terrorismo. Mediocre por reformar su sistema educativo varias veces en tres décadas, hasta situar a sus estudiantes en la cola del mundo desarrollado. Mediocre por no tener ni una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y forzar a sus investigadores a abandonar España. Mediocre por tener más de una cuarta parte de la población en paro. Un país mediocre por tantas cosas, que hasta ha entronizado la mediocridad en el altar oferente de sus propios desvaríos. Y así, con el triunfo de los mediocres y arrinconada la excelencia, nos va como nos va.

Si la unión hace la fuerza, poco se puede conseguir sin ella. Porque las cosas se hacen sumando, no restando o dividiendo, y la mediocridad no se supera a sí misma. Porque el mediocre no soporta la brillantez del otro. Y la creatividad es marginada, cuando los estudiantes ridiculizan al compañero que trabaja y se esfuerza. Y cuando los líderes sociales se rodean de los más ineptos para disimular su propia mediocridad. La mediocridad hace daño en la escuela, en el hospital, en el taller donde has dejado tu coche, en cualquier oficio como es en la literatura, o profesión, pero donde más daño hace es en la política, al ser la más responsable, la que rige nuestras vidas y nuestros intereses. Ahí tenemos las aberraciones incontables que arruinaron España. Véase ejemplos como la Memoria Histórica, los nacionalismos, o tantos inventos innecesarios, sectarios y tóxicos que lograron corromper, dividir y dañar de muerte la estructura y riqueza nacional, a la economía y su tejido productivo, etc., La injusticia de esos resultados abusivos está bajo el tamiz de la mediocridad; en lo que engañados y engañadores han conseguido con su propia equivocación. El abuso nunca está en las personas inteligentes y honestas.

El cambio de sociedades en el mundo trae estas consecuencias. En el mundo liderado por los mejores no tenían cabida ni la cobardía ni la demagogia, o la mentira y la corrupción, pecados mortales del liderazgo actual mediocrizado, en donde las partes prevalecen sobre el todo y lo destruyen. Los partidos políticos, cuya idea ya nos habla de división y no de suma, ideados como estructuras superiores de la sociedad, la han invertido; cambiado para peor. Supuestamente capaces de llevar la voz del pueblo hasta el Estado, han frustrado todas las esperanzas y traicionado los ideales del pueblo. Ávidos de poder individual, en cuanto consiguen sus votos, anteponen sus privilegios e intereses al bien común que dicen defender y nos dejan la mala imagen que cualquier persona normal puede ver. Una imagen real. En la evolución interna de los partidos se da ya lo más antidemocrático: no al debate ni al discernimiento, bases de la sabiduría y la formación humana; sumisión absoluta al líder, para lo que no es necesario ni ser inteligente o virtuoso, sino sumiso, y entender que la principal función es derribar al poder. No levantar al pueblo. La verdad es relativa, según convenga, porque el político se mueve siempre en la cuerda floja de las circunstancias. Su única verdad es la consecución y permanencia en el poder. A quien no interese esta filosofía se le aplica la ley de la alcantarilla, se le va empujando, hasta que cae y ya no se le vuelve a oír más. Por ahí debieran irse más de la mitad de los políticos. El maquiavelismo puro rige la esencia de los partidos: el fin justifica los medios.

Todo eso no estaría mal como teoría si en la práctica tuviera buenos resultados. Si los líderes estuvieran formados para la función más noble que debería ser la política. Pero la política que debiera estar liderada por los hombres más virtuosos y honestos, parte de la sociedad, es un reflejo de ella, y en ésta sobra fanatismo encubierto, meridiana estupidez, gusto patológico por lo mediocre, conformismo y desilusión. De esta última son máximos responsables quienes asumen las directrices de esa sociedad. En España, que probablemente según algunos autores, ejerce un liderazgo mundial en mediocridad difícil de desbancar, la sentencia está echada. Vamos por un camino de degradación que aún sabiendo que conduce al precipicio preferimos no mirar, para no verlo. Y seguimos adelante, intuyendo que vamos a revolcarnos al fango como los cerdos; a la disyuntiva de no saber si será mejor aventurar media a España a la voracidad de los lobos, antes que dejar que se la coman los cerdos. El resultado de la duda se materializa en una sociedad menos libre, más deshumanizada e injusta. En unos individuos indiferentes que pierden hasta la capacidad de respuesta. El problema que empezó con el atrevimiento de la izquierda, ahora sigue con la cobardía acomplejada de la derecha que no da un paso adelante. Entre unos y otros, la casa está por barrer, aunque cada vez esté más sucia. Entre todos la mataron y ella sola se murió.