Ayer, se cumplieron doscientos catorce años desde aquella gloriosa jornada en la que el pueblo de Madrid se levantó en armas contra el invasor francés que trataba de humillar nuestra dignidad como Nación, convirtiéndonos en vulgares súbditos de uno de los peores sátrapas que ha dado la historia de la humanidad: Napoleón Bonaparte.

Todavía, a día de hoy, sigo sin explicarme cómo es posible que, en una ciudad española -en este caso La Coruña-, una de sus calles esté bautizada con el nombre del sátrapa gabacho cuya ambición dejó a España arruinada, tras seis largos de años de guerra, y los campos de nuestra Patria regados con la generosa sangre de cientos de miles de españolitos que supieron entregar, con generosidad, su vida en holocausto a nuestra libertad. Otra gracia de esta izquierda enferma que auspició tal desafuero. ¿Alguien se imagina que los parisinos bautizasen a una de sus calles con el nombre de Hitler? Sobran comentarios, sin embargo, para esta izquierda perversa este atentado contra nuestra auténtica memoria histórica carece de importancia.

Volviendo a la fecha que celebramos y que debería estar presente en el recuerdo de todos los españoles, aquel memorable día de 1808, un puñado de madrileños, de todas las clases sociales, en especial las más desfavorecidas, capitaneados por los gloriosos Capitanes de Artillería Luis Daoíz y Pedro Velarde, así como por el Teniente de Infantería Jacinto Ruiz y un puñado de Soldados, frenaron en seco las ansias imperialistas de Napoleón, dando comienzo a lo que se conoce como la mal llamada “Guerra de la Independencia” cuya denominación no se ajusta a ninguno de los patrones tradicionales que encierra esta definición, toda vez que España era un país libre más allá del sometimiento al francés, impuesto por los intereses de los que nos gobernaban. Realmente, aquella gesta memorable debería haber pasado a la historia como la “Guerra por la libertad” o simplemente la “Guerra de liberación”.

Consecuencia de aquella llama que se prendió en Madrid aquel 2 de mayo, en todos los rincones de la Patria, al grito de libertad, se levantaron ciudades y pueblos y en unión del Ejército y la Armada, tras seis largos años de guerra, logramos expulsar al gabacho de nuestro suelo.

Hoy, los enemigos son otros. Ya no flamean al viento en nuestros campos las banderas tricolores francesas ni el águila imperial surca desafiante nuestros cielos, sin embargo, la Patria vuelve a estar en peligro. El marxismo cultural, el despiadado globalismo, el capitalismo internacional, el separatismo, el populismo, el feminazismo, el animalismo, el falso ecologismo, las leyes lgtbi y la amenaza china -los nuevos imperialistas-, están cercenando nuestras libertades. Lo han hecho durante los dos largos e interminables años en los que, amparados bajo el paraguas de una pandemia que todavía hoy desconocemos su origen, se han dictado normas arbitrarias que han limitado nuestros derechos y libertades, convirtiéndonos en esclavos de una ideología malvada y perversa.

Hoy, los otrora afrancesados ya no bailan el minueto palaciego ni empolvan sus pelucas, hoy se ocultan a la sombra de ese despiadado globalismo internacional que, desde oscuros ámbitos, deciden sobre nuestras vidas, sobre lo que podemos comer, cómo debemos de vestirnos, a que temperatura debe estar el agua de la ducha, cuántas vacunas debemos inocularnos, cómo debemos viajar, cuando debemos morir, quien puede nacer, cómo podemos tratar de subvertir el orden natural a nuestro antojo e, incluso, si el menú del día lo podemos o no acompañar de cerveza o vino.

Hoy, aquellas pelucas empolvadas y el elegante baile del minueto de los afrancesados, que anhelaban la venida del sátrapa corso para “rescatarnos del atraso”, han sido sustituidos por ese perverso “rosco” multicolor de los nuevos afrancesados -los globalitarios- que lucen con malsano orgullo en las solapas de sus trajes políticos de todas las ideologías.  

Los que nos gobiernan -socialistas, comunistas y perroflautas en general- han vendido nuestra dignidad nacional no solo a los globalistas de los que son fieles siervos como lo eran los afrancesados del malvado corso, sino también a los tradicionales enemigos de nuestra Patria -separatistas, golpistas, proetarras-, sin importarles que España pueda dejar de existir con tal de mantenerse ellos en el poder, cobrando cuantiosos sueldos, viviendo en lujosas mansiones y ostentando una representación que ni por formación, ni por valía personal e intelectual, les corresponde.

Nos han convertido en el hazmerreir del mundo, en un país insignificante sin peso específico alguno en el concierto de las naciones. Nos estamos convirtiendo en esclavos de ese malsano globalismo que, amparándose en una supuesta salud planetaria, nos está llevando a la ruina, sangrándonos a impuestos, limitando nuestra producción y cercenando nuestras libertades sin que nadie alce la voz ni levante un dedo para evitarlo.

Ya es hora de que surja un nuevo Dos de mayo y que los españoles acudamos a salvar a la Patria.

Con mi recuerdo emocionado para aquel puñado de hombres y mujeres, militares y paisanos que hace más de dos siglos murieron por defender la libertad de España.