Tiene algo de justicia poética que los separatistas,  con quienes tanto ha querido congraciarse el rey, lo traten con el mayor desprecio ahora.  Es obvio que Juan Carlos debía haber mantenido un equilibrio –difícil, debe reconocerse– entre sus defensores por así decir naturales, y unas izquierdas de tradición republicana y unos separatistas antiespañoles. Pero no ha sabido mantener ese equilibrio. Creyendo que la derecha iba a apoyarle en todo caso “por la cuenta que le trae”, que decía un Gil-Robles echado a perder (V. “Años de hierro”), se ha enajenado  en gran medida las simpatías de sus apoyos  tradicionales sin ganarse las de sus enemigos naturales.     El inmensamente adulado Juan Carlos, ficticio padre de la democracia, no pasará como un rey ejemplar ni mucho menos, no tanto por su vida privada como, sobre todo, por su vida política. Habrá reinado sobre un proceso de descomposición de España y de la democracia. Y la recomposición de esa crisis no podrá contar con él.