Verano del 36: A la hora del ángelus el toque de campanas se extiende por toda la vega, invocando el honor del misterio. Muchos campesinos se detienen a orar, incluso con solemnidad mayor, arrodillados en la tierra como en los tiempos antiguos, pero otros, hacen caso omiso a la llamada celestial, cual si nada oyeran, y no interrumpen su labor de labranza.

-In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti...

Apenas que del campanario partiera la voz de la Encarnación, cantó el cuco en el monte.

-¡Maldito pajarraco... Se burla del toque santo!, protesta inquieta una mujer. Hace la señal de la cruz, oprime la boca reseca con rabia y sin percibir que tampoco ella se ha parado, sigue faenando bajo su sayón negro plagado de moscas. Es menuda, enjuta y concreta. Su resistencia parece ilimitada y su vida tan negra como su breve sombra que le sigue diligente a todas partes y forma una unidad indivisible con la prolongación de su cuerpo.

Aprieta el calor en el llano mientras atropan la hierba. El pájaro cantaba al ritmo de las campanas, justo después de cada tañido cual si fuera su eco. Al acabar el repique, aún siguió cucando.

-¡Oiga usted...! ¿Es que no ha escuchado el toque del ángelus?, grita el hombre en tono crítico a su convecino.

-No, señor. Yo sólo escuché el canto del cuco; le responde socarrón a lo lejos el interpelado.

El sonido del bronce ya se había apagado y se encendían aquí y allá las iras y las mofas:

-¡Qué poca vergüenza... y siempre son los mismos, esos rojos...!

-murmura increpante otra mujer con gesto desaprobatorio y odio en el temblor de sus labios-. Y el bribón del pájaro, también es bueno...Y dicen que trae mala suerte si ocurre eso. Para mí que es la última vez que tocan al ángelus. Nada más que vi a ese pícaro de pajarote burlarse, pensé: malo, alguna desgracia ha de pasar.

-¿Desgracias...? -advierte el hombre enrojecido y con extraña ironía-. Pasan pocas para las que debían... ¡Esto lo arreglaba yo por vía rápida...! En Asturias andan a tiro limpio, y por Madrid, saqueando conventos, quemando iglesias y matando sacerdotes. Por mal camino vamos en contra del de arriba. El que no le teme, no teme a nadie. Sólo pido que palo largo y mano dura, sin contemplaciones. Y que sean vengados como Dios manda los asesinatos que hubo.

El hombre prosiguió erre que erre. Se fue calentando al socaire exaltado de su monólogo. Cada vez que escupía acusador la fatídica palabra "rojos", la erre vibraba más fuerte y rígida, hasta que fue interrumpido por la primera mujer, que pareció encontrar la solución al exclamar endemoniada:

-¡Maldita República, mierda les daba yo; todo esto lo trae esa caterva de muertos de hambre que no saben lo que quieren!

-¿Que no saben lo que quieren...? -corta el hombre radical y encolerizado-. Pues ya está más que visto lo que quieren esos descamisados: acabar con las cosas buenas y destruir España.

Se impone un férreo silencio del que emana un olor pegajoso y vegetal. Un olor a ortigas machacadas de cementerio rural. Huele a sudor humano, a hierba seca, a fatalidad y desdicha, a muerte. La otra mujer, impresionada por las sentencias que oye, adivina en tan severas palabras la venganza que reclaman, comulga con la paz que predican, pero muestra una intensa preocupación, un miedo visceral y cruza sus ojos desorbitados por el cielo, cual si éste fuera a derrumbarse. Como si el cielo azul, denso y lleno de sol, se resquebrajara de pronto en témpanos de hielo, desprendidos en castigo divino sobre el estercolero del mundo.

El aura familiar de la hierba saluda con su última fragancia matinal al mediodía: la siega, el secado, y recogida del heno, para cebar los animales en invierno. El aura familiar de la hierba irradia mucha pena y sudor, hasta que se hace pastosa, repugnante y atraganta. La atmósfera, antes ligera y ágil, se torna pegadiza y gorda con la canícula; el aire caliente, compacto y difícil de respirar.

Desde que el orto produjera una brisa fría y repentina el frescor nocturno se ha ido desvaneciendo. La intensa luz amarga la boca. Arrecia el sol y deviene en fuego infernal al derramar su inclemencia desde el cenit...

Así empieza mi primera novela realista, Frente Norte... en donde se narra la guerra civil en el norte de León y Asturias. Así fue el último día que tocaron las campanas el Ángelus en el pueblo; al día siguiente ya estaba ocupado por los rojos. Muchos vecinos huyeron al monte, aterrorizados, mientras en el pueblo los rojos, casa por casa, requisaban las armas y escopetas de caza, e imponían su credo, asaltando la casa rectoral y la iglesia y tiroteando las campanas. Había aterrizado el monstruo del comunismo, como se nombra en el Manifiesto Comunista.

Vio la luz esta obra en su primera edición el 2004, por la editorial Parthenon. Ya había aterrizado el insigne Zapatero, que nadie sospechaba lo malo que nos traía y lo que daría de sí en su maldad. Desde sus acciones España dejó de ser lo que era, y todo se tornó tan negro como la noche, porque en ella nos metió con todo lo que vino después. Y no ha parado su carrera hacia el mal. Carrera que empieza con el gran atentado 11-M (2004) que llevó a la izquierda al poder, liderada por ZP. Desde entonces no soltó el poder. Ahora sólo le falta consumar el nuevo comunismo, para lo que urgen su maldita agenda 2030, año que sin tener nada, seremos felices... (Lo que da de sí la estupidez)

Escrita hoy esta obra, no sería la misma; se hubiera cambiado hasta el forro. Hoy podemos decir que no amanece. Pero hasta la llega de ZetaP al poder, se estaba consumando el mejor amanecer de España. Era la transición más admirada en el mundo entero. ZP dinamitó todo eso.

En 1936, todo era distinto: "...un odio que había ido subiendo como la niebla del invierno por el valle"

He escrito este libro con sangre. Se escribe la historia de los vencidos, pese a lo que creía Arcadio (un personaje anarquista) tras el ultimátum del enemigo. Mientras la desigualdad social siga creciendo, la burocracia equivaldrá a injusticia. Hay que recordar con dignidad y sin rencor la guerra para corregir errores; saber, y no olvidar para no repetir nuestra mayor tragedia como españoles.

De qué poco sirvió este consejo. ¿Cómo entonces un servidor, se iban a imaginar a lo que estamos llegando hoy? Cuántos lectores conocedores de la guerra me dijeron que había sido muy benevolente con los llamados "vencidos", que no eran tan buenos como parecían. Aún yo no había descubierto que ellos habían iniciado la guerra civil, y echado luego la culpa a los adversarios como es su natural modus operandi. Aún no conocía su miserable espíritu, al servicio de Satanás, como están hoy.

La posguerra fue una época de paz, solidaridad y progreso indescriptibles. Reinaba el amor y la mejor voluntad entre los hombres. Fue una época increíble la que llevó a España a levantarse entre sus cenizas, con la mejor voluntad. A edificar su futuro por los mejores constructores, y canteros que fueron de mi familia.

Perennes están en el recuerdo aquellos hombres antiguos, y esforzados trabajadores, que sentían el honor y la dignidad como unos de sus primeros valores, y únicas razones políticas. No puedo olvidar mis humildes orígenes entre ellos, ni a los que hablamos el mismo idioma, atravesando los valerosos y duros tiempos de trabajo imparable, sin medios, pero sin necesidades. Son mis ancestros; los seres humanos precursores que me dejaron su mejor herencia: el respeto y la admiración; el valor del trabajo; la verdad por bandera, y lo trascendental de nuestros misterios. De ellos he intentado aprender los principios y valores que nunca pude olvidar.