En España tenemos un grave problema sociológico: tan nefastas para la patria son nuestras izquierdas como nuestras derechas. Sobre todo, éstas, por su taimado y disolvente papel en la función, pues en ellas hay ojos engañados que a primera vista tan bien les parece el oropel como el oro; y nunca acaban por reconocer la diferencia que hay de lo auténtico a lo falso. Su gran hipocresía, sus intereses insolidarios y su sectarismo burgués y financiero son una gravísima lacra para la nación. Y el PP es el terrible ejemplo que, anunciando la moderación y el patriotismo, representa, por el contrario, en paralelo a las izquierdas, la parálisis y la destrucción de todo verdadero progreso. Lo acabamos de comprobar, por enésima vez en Andalucía.

De nada sirve que estemos siendo testigos de tiempos convulsos; que las agendas del Sistema prosigan su imparable avance en España, atacando a las libertades fundamentales. Que las leyes inicuas fomenten el mal y penalicen el bien; que haya más aborto y adoctrinamiento LGTBI que nunca. Que se escarnezca la moral y la economía de las familias con la excusa de pandemias y guerras exteriores. Que se menosprecien nuestras tradiciones, patrimonio y lengua. Ni que un paroxismo de perversión y odio esté dedicado a derribar los principios naturales de las personas o los símbolos de la Cruz por toda la geografía.

Pues bien, de todos esos códigos de valores, leyes naturales o recuerdos y símbolos de la fe innata o religiosa que nos han hecho prosperar como civilización, de todas las creencias que nos han hecho disfrutar de una sociedad libre, la derecha española siempre se ha jactado de defenderlas, algo que, si en el pasado pudo ser a veces así, no lo es ahora en absoluto. En la actualidad, tanto el PP como el PSOE y el resto de la casta política de nuestro país siguen el plan progre-laicista del NOM sin desviaciones.

El PP se haya perfectamente integrado en ese magma compuesto por los medios de comunicación y la industria de la perversión y del entretenimiento, y colabora al aborregamiento de la masa social, de acuerdo con el proyecto globalista. El PP ha traicionado no ya su supuesto ideario, sino el fundamento de la civilización occidental. Es decir, el PP es hoy un partido falaz, corrupto y corruptor, utilizado por las elites para la depredación del pueblo y su degradación.

No sólo, pues, las izquierdas, también el PP es hoy el enemigo para para todos aquellos que aman la vida y la libertad, y no están dispuestos a abandonarse al miedo. Si algo ha quedado bien claro en las últimas elecciones autonómicas celebradas el pasado día 19 es que el Sistema está bien arraigado también en Andalucía. Goza de tan excelente salud que puede intercambiar sin alteraciones la dirección del policía bueno y del policía malo con absoluta naturalidad, sin levantar la mínima sospecha, incluso otorgando una mayoría absoluta al poli bueno para que ni siquiera el dubitativo VOX tenga que interferir mínimamente en las agendas respectivas establecidas, algo que, aunque perfectamente remediable para el poder, no deja de resultar inconveniente para su desarrollo.

El caso es que, en España, el Sistema, asistido por el cansino -aunque eficaz e implacable- y permanente antifranquismo sociológico creado por las izquierdas, y asentado en su estrategia inercial lobotomizadora, ha conseguido instalar en la sociedad un mecanismo estabilizador auspiciado sobre la apatía, el desinterés y la despolitización de la gran masa ciudadana. Se trata de neutralizar -sin dejar de apelar a la democracia y al diálogo- todos los cauces de participación, y de conseguir una desmovilización de la sociedad, para que ésta se despreocupe de los asuntos públicos, aguante todo y acabe por olvidarse de cuantas corrupciones, irregularidades y atentados a la verdad, al sentido común y a la razón se cometan.

Esto está ocurriendo: son muchas y gravísimas las noticias que están en candelero durante un par de días y después nadie se acuerda de ellas, devoradas por nuevos acontecimientos que se suceden indefinidamente. En un país de veras justo y democrático serían suficientes para originar una cadena de dimisiones y condenas. ¿Acaso no vivimos en una permanente dilación, persuadidos de que alguien pagará nuestras deudas, tomará sobre sí todas nuestras pasividades y errores, y moderará la codicia y la furia de nuestros amigos nacionales e internacionales, encarnizados enemigos en la realidad?

 

Aquí, desde que las izquierdas, con el consentimiento de las derechas, han instalado sus métodos clientelares y de propaganda, todo pasa y se olvida; jamás se llega al fondo de un asunto que les afecta negativamente. Todo se cubre con el bienestar y la despolitización, confiando en que el dejar pasar los días es el mejor método para que desaparezcan los problemas, siempre que exista esa cierta credulidad familiar socioeconómica, es decir, consumista, aun a costa de conformarse las parejas con sendos trabajos precarios, tolerar toda índole de transgresiones legales y, sobre todo, corrupciones profesionales, empresariales y de la Administración pública.

Las prácticas empresariales y laborales cuasi gansteriles abundan a todos los niveles, los hechos consumados y las formas de aprovecharse al máximo de cualquier situación son habituales. Hay un malestar social subterráneo, hay quejas y acusaciones, pero la táctica es no desestabilizar tirando de la manta. Algunas huelgas, algunos hechos y denuncias saltan a la opinión pública para tener entretenido unas horas al gentío, pero finalmente nunca pasa nada. No hay que crear nuevos problemas. Lo que se prefiere es dejar campo libre a un individualismo salvaje que encuentre facilidades para su engorde, y no desequilibrar una situación que debe mantenerse estable.

Nadie podrá negar la eficacia de esta táctica. Se trata, en lo social, de proteger esa impostada capacidad consumista y, en lo político, de asegurar fidelidades, bien por el agradecimiento o bien por el temor. El fomento de los intereses creados a través de los inacabables lóbis, con sus correspondientes ostentaciones, dentro de la casta política, actúa como un aglutinante que suprime veleidades y escrúpulos ideológicos, y que acaba haciendo un solo cuerpo entre el policía bueno y el policía malo.

Ni que decir tiene que para que el Sistema (PP-PSOE y adláteres) funcione necesita ir acompañado de una descarada manipulación de la realidad social, aceptada sin escrúpulos ni remilgos por la ciudadanía. Y en este aspecto, los debates políticos, la función de los informadores, la incesante y afrentosa propaganda, resultan medios asombrosos, aportándose datos falsos con la mayor impunidad y desvergüenza.

Si un solo maestro de vicios basta para corromper a un gran pueblo, como leemos en La Celestina, qué no podrá descomponer una legión de pervertidos instalados en las instituciones del Estado y en la vida social. Gracias a ello, muchos españoles están adoctrinados y, otros muchos, igualándose a los primates, aunque les ofrezcan la libertad prefieren quedarse en la jaula.

Porque es el caso que la maldad, además de gozar de un indudable prestigio social, suele ser aliada del secretismo chantajista y de la buena dialéctica, y al ejercicio de ambas, por los luciferinos de turno, en las reuniones sociales y en las tertulias del Sistema, se le tiene más miedo que al demonio. Índice social inconfundible, y a todos los niveles, de la corrupción nacional.

Pero maldito sea -y entiéndame quien quisiere, si pudiere- aquel que abandona su voluntad en poder del malvado. Mientras tanto, España, vendida, saboteada y deshonrada por todos, se desgarra y desangra. Y eso es lo que hay entre lo más reciente: mayoría absoluta del PP en Andalucía, es decir, mayoría absoluta de Soros, de la OTAN, de Feijoo, de Sánchez, del orgullo gay, del capitalsocialismo, de las izquierdas resentidas, de la pederastia y del aborto... Etc.

Y, en consecuencia, minoría, también absoluta, y desesperanza, de quienes se saben creados para una vida de deberes sociales, y se sienten responsables de las influencias personales que emanan de nosotros, seres teóricamente humanos.