Con él vino la patada a la puerta en domicilios particulares y el desprecio por los derechos elementales velando por la corrupción personal de Pedro Sánchez. Aunque se agarre con ventosas al sillón de la deshonra ministerial, debería estar acabado. Es un ser abyecto e ignoramos cuáles fueron las verdaderas causas que obligaron a una madre para aborrecer la condición de un hijo. Porque lo del pretexto de la homosexualidad no se sostiene siendo corregible la emoción o la decepción, no así esa reconocida faceta de ser retorcido que ha dejado impresa el ministro del Interior que quedará en los anales de la Historia de España como un traidor, cómplice necesario de genocidas, con ínfulas totalitarias, siendo representante de la más sucia radicalidad en favor de los enemigos de la Constitución. Un pecado de estúpida soberbia, de enajenada intransigencia no solo no es perdonable para quien sabe lo que crió, el ridículo monstruo con aires dictatoriales, sino también para la Justicia que el elemento no representa salvo para apearse de la dignidad con que engañó como juez, en tanto no tuvo oportunidad de sacar la carroñera vena sectaria que ahora le ha puesto contra las cuerdas, con una inequívoca sentencia a favor del coronel de la Guardia Civil Pérez de los Cobos, y al borde de una imputación por prevaricación impulsada por VOX. Del armario de la condición sexual puede olvidarse la madre que lo parió, no así del desempeño repugnante como comisario político apoyando y encubriendo las más viles estrategias golpistas en connivencia con la misma ETA que lo intentó asesinar; solapando acuerdos carroñeros, con servidumbre satánica, para escupir sobre las Víctimas del terrorismo y decenas de miles de nuestros seres queridos asesinados protocolariamente durante los efectos políticos de la pandemia. 
 
Seguramente el armario moral del que salió el cobarde Marlaska debe tener un desorden de dignidad no exento de conflicto mental, pues no se entiende que el otrora delicado defensor de la plena democracia se haya pasado al bando de los forajidos, sumando a la confusión personal el rastro de la vergüenza, singular y estrafalaria, de su destacada condición como miembro, por otra parte sabido a estas alturas, de un desgobierno criminal. 
 
Fernando Grande Marlaska es ínfimo, proporcionalmente reducido en la honra cuanto más ha demostrado carecer de ética en perjuicio de los propios postulados de la Ley que se ha pasado por el forro de su cobardía, como cuando imputó a un ertzaina por disparar al aire para defenderse de una numerosa agresión abertzale. De ahí el recelo contra Sánchez Corbí primero y De los Cobos después que con la cabeza bien alta recurrió ante la Justicia su revanchista cese por pérdida de confianza, cuando en realidad cumplía con impecable discreción su cometido de investigar el 8M de la impresentable Irene Montero. 
 
El Ministerio del Interior ha recurrido lo que a todas luces es irrevocable decisión, con un argumento jurídico que revienta la  autosuficiencia del impostado Marlaska dejando en evidencia su condición gregaria, siendo la sexual la menos importante y más respetable. 
 
Con razón una madre podía sentirse defraudada sabiendo lo que era en realidad su hijo. Y no hay que hacerle ascos al sufrimiento maternal tildando de homófoba a quien sus razones tendría para juzgar lo que aborreció en su momento. ¿Quién mejor que quien intentó educar a Marlaska puede conocerlo en sus más bajos instintos de rencor enfermo, tal y como ahora le conoce España y el criterio de los tribunales? 
 
Las andanzas de Marlaska pueden acabar en el banquillo asumiendo el coronel De los Cobos el cívico y militar deber de frenar la carrera gregaria de un despendolado radical, enfermo de despotismo, por el bien de España. Así ponga  orden en el armario de la conciencia quien debería ser cesado ya, aunque a estas alturas esa conciencia esté muy desviada o definitivamente extraviada.