Al margen de las connotaciones políticas que cada cuál quiera ver, la construcción del Hospital Zendal-aun siguiendo las erráticas premisas de pandemia cuyos tratamientos pueden estar tan equivocados como el diagnóstico de la Covid 19; por algo habrán prohibido las autopsias con tal de no descubrirse la artificiosa verdad de esta farsa sanitaria, aumentada con tratamientos erróneos-, es digna de alabanza al usar el dinero público para el bien de la ciudadanía, en vez de pertrechar a la manada carroñera que se alimenta de la dilapidación de los recursos del Estado, con inacabables chiringuitos del estafador social comunismo, ávido de acceso al poder para saquear las arcas. Ya dice el refrán que no hay peor tirano que el pobre convertido en amo. En este desgobierno criminal las antaño ratas de cloaca pretenden lucir pedigrí, aunque son tan apestosas como siempre. Dejan rastro inmundo aunque se viva mejor sin tener tiempo de ducharse por ser mujer, como dijo alguna de la que no quiero acordarme. 
 
Hoy en día las ratas abundan como las huestes de Satanás y cualquiera que no pertenece al circulo de malignos roedores se convierte en objetivo de depredación. Así actúan los parásitos para protegerse entre ellos. Como los infiltrados del Hospital Zendal de la Comunidad de Madrid cuyas instalaciones son saboteadas para que los inmundos parásitos de la protesta pública denuncien en los medios de comunicación y organismos las presuntas irregularidades, boicoteando rastreramente una buena labor sanitaria en la Comunidad de Madrid. Un hospital que dentro de lo peor de la situación, no deja de ser una buena intención al margen de las malas artes de los de siempre.
 
Sabotaje más denuncia apesta a podemismo, como menos. En realidad todo lo podemita con núcleo en Galapagar hiede a engaño, manipulación, malas artes y picaresca criminal, cuando no a puro genocidio que mató a nuestros seres queridos para sacar rédito político. No sería de extrañar que los hijos de satanás que se han dedicado a sabotear las instalaciones, jugando con la vida de los enfermos-igual da después de asesinar protocolariamente a decenas de miles de seres humanos-tuvieran la cara de malparidos que la plandemia permite ocultar tras mascarillas con reivindicaciones revolucionarias. Las mismas tras las que camuflan un instinto criminal que llevan en los genes.